Los nuevos Breakers: un club remozado con alma Kiwi
Durante la primera temporada bajo su mando, casi nada cambió. Luego, Mody Mitchell pisó el acelerador. Nuevo logo, nueva camiseta, nuevo cuerpo técnico, nueva plantilla. Y el regreso de algo que en Auckland muchos daban por perdido: la academia de los Breakers.
El club ha vuelto a mirarse al espejo y ha decidido quién quiere ser.
Un club remozado de pies a cabeza
Atlas Place, la casa del equipo, ya no es el mismo lugar gris de hace unos años. Mitchell ha metido dinero donde duele: instalaciones modernizadas y una pista nueva, donada por Steven Adams, que se ha convertido en símbolo de este relanzamiento.
El ambiente es distinto. Se respira ilusión, pero también una idea clara de identidad. No se trata solo de colgar un quinto estandarte de campeón en el techo. Se trata de que los Breakers vuelvan a representar algo reconocible para Nueva Zelanda.
Mitchell lo resume con una palabra que repite una y otra vez: conexión. Con la gente, con la tierra, con la historia.
“Cuando compré el equipo, tuvimos que reiniciar todo”, explicó al Herald. El primer paso fue recuperar a Dillon Boucher, una figura ligada a casi toda la vida del club. Con él volvió una forma de entender el baloncesto: cómo ganar títulos y cómo estar presente en la comunidad.
Desde ahí, el proceso ha sido metódico. Paso a paso, un nuevo staff, nuevas estructuras, una base reconstruida. Nuevo equipo, nuevo entrenador, y la sensación interna de que este puede ser el inicio de algo grande.
Orgullosamente Kiwi en una liga australiana
Los Breakers siguen siendo el único equipo neozelandés en la NBL, una liga con corazón australiano pero cada vez más global. Mitchell quiere que, en medio de ese ecosistema, el club sea inequívocamente Kiwi.
Habla de un plan a dos años. No un eslogan, sino una hoja de ruta: colocar a la gente adecuada en los lugares clave, dentro y fuera de la pista, y construir una estructura que aguante más allá de una buena racha de resultados.
A su juicio, esa fase ya está cumplida. “Tenemos un gran grupo de personas trabajando cada día para hacer de esto una gran experiencia”, sostiene. Ahora, el foco se desplaza al parqué.
El domingo, en Spark Arena, arranca la temporada en casa ante Illawarra Hawks. Y con ella, una nueva tentativa de asaltar el título de la NBL.
Un núcleo sólido y fichajes con colmillo
La plantilla no se ha desmontado. El núcleo se mantiene alrededor de Parker Jackson-Cartwright y Sam Mennenga. A su lado, experiencia probada en la NBL con Kouat Noi y Dejan Vasiljevic, dos jugadores que saben lo que es pelear por campeonatos.
A esa base se suman apuestas internacionales: Charles Bediako, un pívot protector del aro, y Josiah-Jordan James, alero versátil, capaz de defender y abrir la pista con su tiro. James, eso sí, se perderá el arranque por una lesión de isquiotibiales.
Y luego está la pieza que más ruido ha generado.
Gordon Herbert, el golpe en el banquillo
El fichaje de Gordon Herbert es, probablemente, la contratación más ruidosa que han hecho los Breakers en un banquillo. El canadiense llega con un currículum que pocos en la NBL pueden enseñar: años en la élite europea, un paso por el staff de Toronto Raptors y, sobre todo, el título del Mundial FIBA 2023 al frente de Alemania.
Mitchell no esconde el orgullo: “Nadie pensaba que podríamos traerlo a Nueva Zelanda, pero lo hicimos. Está emocionado de estar aquí”.
Herbert no llega solo. Le rodea un grupo técnico con fuerte acento local: Matt Lacey, Quinn Clinton y Josiah Maama, junto al asistente principal Sebastian Gleim, conocido en el país por su etapa en Franklin Bulls en la NBL neozelandesa.
La mezcla es evidente: experiencia global, raíces locales. Y un mensaje al resto de la liga: Auckland ya no es una escala lejana, es un destino.
Una marca que ya suena en el mapa
Mitchell insiste en que el club se ha convertido en una opción real para jugadores que antes ni se planteaban cruzar medio mundo para jugar en los Breakers.
“Estamos bien representados alrededor del mundo”, apunta. La marca Breakers, según él, ya pesa. Y el objetivo es claro: ser competitivos año tras año.
Al otro lado del Tasman, sin embargo, los analistas no compran el discurso. Muchos pronósticos sitúan al equipo en la parte baja de la tabla. El argumento: son el único conjunto de la liga sin jugadores con experiencia en la NBA.
Mitchell se encoge de hombros. Lo ve como una rareza estadística, no como una condena. Recuerda que sus jugadores han pasado por la G League o por ligas de máximo nivel internacional, y que haber pisado la NBA no garantiza nada en la NBL.
Para él, lo importante es otra cosa: haber encontrado las piezas adecuadas y el encaje con los locales que ya estaban en el club. Y hacerlo mientras llevan el peso de ser el único representante de Nueva Zelanda en la competición. “Es un honor”, recalca.
Una liga en expansión y un ojo puesto en Asia
El crecimiento de la NBL no se detiene. Se habla de nuevas franquicias en Gold Coast, Canberra y de un regreso más decidido a Asia. La liga exige pabellones de entre 8.000 y 12.000 asientos, un listón que complica, por ahora, la entrada de un segundo equipo neozelandés.
Mitchell no cierra la puerta a nada, pero lee las señales: la prioridad de la NBL es ampliar su huella internacional. Asia aparece como el siguiente gran paso, con más partidos de pretemporada en la región y una presencia reforzada.
Para los Breakers, eso significa otra cosa: una oportunidad de expandir su nombre y de llevar su sello Kiwi a nuevas audiencias.
La academia, la fábrica que vuelve a encenderse
Mientras el primer equipo mira al título, el club ha reactivado una de sus herramientas más poderosas: la academia, que llevaba seis años parada.
El primer grupo lo forman 20 chicos de años escolares 11 a 13, procedentes de seis colegios de Auckland. No es un simple programa de tecnificación. En el pasado, por ahí salieron nombres como Sam Mennenga, Reuben Te Rangi y Anzac Rissetto, hoy integrantes del primer equipo.
Mitchell quiere que la academia sea un escaparate nacional. Un lugar donde se reúnan los mejores jóvenes del país, con una idea clara: algunos llegarán a los Breakers, otros no, pero todos tendrán una vía para competir a alto nivel, buscar becas universitarias y usar el baloncesto como trampolín.
Es una filosofía que atraviesa casi todo lo que dice cuando habla del club. Construir algo que vaya más allá de un ciclo ganador.
De Showtime a Auckland: la huella de Los Ángeles
Para entender a Mitchell hay que volver a Los Ángeles en los años 80. Creció en plena era Showtime, con los Lakers de Magic Johnson y Kareem Abdul-Jabbar y la figura omnipresente de Jerry Buss como dueño visionario.
Aún hoy mantiene su abono de temporada en el equipo angelino. Vio de cerca cómo un club puede transformar a una ciudad, cómo el éxito deportivo se convierte en tejido social. Y esa es la escala con la que mide lo que quiere para los Breakers.
Su vínculo con Nueva Zelanda no es superficial. Su esposa, Jessica, es Kiwi. La familia ha vivido en el país, incluyendo 18 meses durante la pandemia, con las fronteras cerradas. Mitchell lleva dos décadas viajando regularmente a estas tierras. No habla como un inversor de paso.
Sabe que su participación en el anterior grupo propietario generó recelo. Lo asume. Pero insiste en que esta etapa es distinta, y lo ejemplifica con la vuelta de figuras históricas como Dillon Boucher y del matrimonio Paul y Liz Blackwell, piezas centrales de la vieja guardia. “Mientras yo esté, ellos serán parte de esto”, asegura.
Fútbol, Swansea y un toque de Snoop Dogg
La pasión de Mitchell no se limita al baloncesto. En 2023 impulsó un proyecto para llevar un equipo de la A-League a Auckland. La plaza terminó en manos de un grupo liderado por Bill Foley, Ali Williams y Anna Mowbray, pero el tropiezo no le sacó del mapa deportivo.
Poco después se unió al grupo propietario de Swansea City, en la Championship inglesa, un consorcio que incluye a Martha Stewart, Luka Modric y Calvin Cordozar Broadus Jr., más conocido como Snoop Dogg. En el campo, el equipo cuenta con dos All Whites mundialistas: Elijah Just y Marko Stamenic.
Mitchell ya ha visitado Swansea con su familia, ha conocido al cuerpo técnico, a la directiva y a los jugadores. El club marchaba segundo en la tabla al cierre de la semana, una señal de que el proyecto también respira salud.
¿Y Snoop Dogg? Sí, lo ha conocido, aunque no en el contexto de Swansea. Espera coincidir con él y el resto de inversores “en breve”.
Golf, estrellas y más deporte Kiwi en el horizonte
Mitchell deja caer que podrían venir más movimientos en el deporte neozelandés, aunque por ahora guarda los detalles. Lo que sí está confirmado es el primer Celebrity Golf Invitational de los Breakers, previsto para enero.
La idea es sencilla y ambiciosa a la vez: atraer nombres internacionales, mostrar el país a través de sus campos de golf y destinar el evento a apoyar el desarrollo del baloncesto. La respuesta inicial ha sido fuerte, según el propio dueño.
El objetivo que no cambia: otro anillo
Entre rebrandings, academias, alianzas internacionales y torneos de golf, el norte deportivo sigue siendo el mismo: ganar. Los Breakers ya levantaron cuatro títulos en la década de 2010 y fueron el primer equipo neozelandés en coronarse en una competición profesional australiana.
El año pasado arrancaron con fuerza, ganaron el torneo de pretemporada y el in-season tournament. No bastó. “Eso no es por lo que juegas”, admite Mitchell. Son peldaños, no la cima.
Ahora, con un club remozado, un entrenador campeón del mundo en el banquillo y una plantilla construida a medida, el mensaje es claro: están tratando de importar las mejores prácticas del planeta, espolvorearlas con “polvo Kiwi” y ver hasta dónde puede llegar esta nueva versión de los Breakers.
La próxima bandera de campeón, si llega, no será solo un trofeo más. Será la confirmación de que todo este rediseño, desde la academia hasta el logo, ha valido la pena.




