Alan Shearer y el récord de goles en la Premier League
Alan Shearer sabe perfectamente qué tendría que ocurrir para que su récord sobreviva a la próxima década: que Erling Haaland haga las maletas y abandone la Premier League. Sin rodeos. Si el noruego se queda, la marca de 260 goles del mito del Newcastle y de la selección inglesa corre un serio peligro.
Shearer firmó esos 260 tantos a lo largo de 14 temporadas en la élite inglesa. Un volumen colosal, construido a base de constancia, jerarquía y una puntería que definió los años 90. Haaland, en cambio, va a otra velocidad: 120 goles en poco más de cuatro campañas con el Manchester City. Las cuentas son claras. Si el delantero del City permanece en el club —y el club, por supuesto, en la Premier— el récord es alcanzable.
Shearer lo asume con naturalidad, pero no sin una pizca de ironía. Antes del noruego, el gran perseguidor era Harry Kane. El capitán de Inglaterra llegó a 213 goles con el Tottenham Hotspur y se colocó en la rampa de lanzamiento… hasta que en 2023 decidió volar a Alemania para fichar por el Bayern Munich. La amenaza se desvaneció de un plumazo.
“Estoy seguro de que se batirá algún día, pero lo disfrutaré mientras dure”, confesó Shearer en una charla con Football Interview. Y dejó caer, medio en broma, medio en serio: “Si conseguimos sacar a Haaland al Real Madrid o a algún sitio así en los próximos años, todo irá bien”.
Dos décadas después de colgar las botas, Shearer repasa su vida en el fútbol con Kelly Somers: su devoción por el Newcastle, la tentación de seguir en los banquillos y el salto definitivo de la hierba al micrófono.
Dejar casa a los 15, volver como héroe
Shearer y Newcastle forman un binomio inseparable. Pero hubo un momento en el que el chico de la ciudad pensó que no regresaría jamás. Con 15 años se marchó a Southampton, a vivir en una casa de acogida, lejos de su familia y de St James’ Park.
“No cambiaría nada; una de las mejores decisiones que tomé fue irme de casa con 15 años”, recuerda. El tiempo, sin embargo, le hizo ver el otro lado. “Cuando mis hijos cumplieron 15 pensé: ‘¿Cómo demonios dejaron mis padres que me fuera a esa edad?’ No hay manera de que yo hubiera dejado a mis dos hijas y a mi hijo marcharse de casa con 15 años”.
La escena que se le quedó grabada es la de la despedida. “Recuerdo subirme al tren en la estación Central de Newcastle, mirar a mi madre y a mi padre y ver las lágrimas rodando por la cara de mi madre mientras el tren salía y yo pensaba: ‘¿Es esta la última vez que voy a vivir en casa?’”.
El fútbol, sin embargo, acabó llevándole de vuelta al norte. En 1992 fichó por el Blackburn Rovers para trabajar con Sir Kenny Dalglish. Allí conquistó la Premier League antes de cumplir el sueño definitivo: regresar a su Newcastle en 1996. Aquello no era una cuestión de “si”, sino de “cuándo”.
Lo que Shearer no imaginaba es que el título con Blackburn sería su último trofeo como jugador. Con el Newcastle disputó dos finales de FA Cup… y perdió ambas. Aquel equipo nunca llegó tan lejos como se había imaginado. Pero su decisión de volver al norte nunca estuvo en duda. El vínculo iba mucho más allá de las medallas.
Del Gallowgate End al césped… y al mito
De niño, Shearer se colocaba en el Gallowgate End de St James’ Park para ver a su ídolo, Kevin Keegan. Primero como aficionado anónimo entre miles. Años después, como fichaje estrella del hombre al que había idolatrado.
“Vi la adoración que él tenía. Era como el flautista de Hamelín en Newcastle, todos le seguían a todas partes”, cuenta. “Yo era uno de esos niños que iba a la ciudad deportiva, al estadio… y quería un trozo de eso”.
Lo consiguió. Shearer se transformó en leyenda del club: 10 años en el norte, 206 goles en 405 partidos oficiales. Un capitán que encarnó el orgullo de la ciudad y la frustración de una generación que rozó la gloria sin llegar a abrazarla.
Ese estatus, sin embargo, tiene un precio. Incluso cuando quiere hacer algo tan sencillo como tomar una pinta con amigos antes de un partido. “Mi amigo tiene un pub en Newcastle que se llama Harry’s y me dejan allí. Luego subo andando hasta el estadio”, explica. “Me pongo una gorra y casi nunca levanto la vista porque, si no, tardaría una eternidad en ir del pub al campo. Pero lo hago a menudo”.
Para él, ese paseo tiene algo de reparación. “Ellos —sus amigos— lo han hecho toda la vida y ahora yo puedo hacerlo. Me encanta”.
El banquillo, el descenso y un portazo al pasado
Retirado desde hace 20 años, Shearer rara vez disfruta de un fin de semana libre. Hoy es una de las voces más respetadas del análisis futbolístico en Inglaterra: pieza fija en Match of the Day, comentarista en partidos de la selección inglesa y compañero de Gary Lineker y Micah Richards en el podcast The Rest Is Football.
No siempre estuvo claro que su futuro iba a estar en los medios. Durante un tiempo, el banquillo le guiñó el ojo. En 2009 aceptó el reto de ser entrenador interino del Newcastle para los últimos ocho partidos de la temporada. El club estaba hundido en la tabla, peleando por la vida.
“Newcastle estaba en problemas desesperados y yo nunca podía decir que no; estábamos últimos, luchando por nuestras vidas”, rememora. El final fue cruel: descenso y un regreso frustrado al lugar donde había sido rey. “Debería haber sabido que, cuando firmé el contrato el Día de los Inocentes, aquello no iba a salir bien”, admite con una sonrisa amarga.
Shearer pensó que volvería a intentarlo. “Siempre sentí que iba a hacerlo de nuevo y quería hacerlo”, dice. Llegó a tener varias entrevistas y recibió una oferta del Cardiff. Pero algo cambió. “Entonces las cosas cambiaron… y pensé: ‘¿Qué estoy haciendo aquí?’”.
Ahí terminó su breve aventura como técnico. El resto del camino lo ha hecho con traje y micrófono, no con chándal y pizarra.
Del estudio a casa, con el récord en la cabeza
Su vida actual tampoco es sencilla. Los días de Match of the Day son maratonianos. “Es un día larguísimo. Viajando desde Newcastle, para mí son probablemente 19-20 horas”, detalla. La exigencia, además, no se mide en kilómetros, sino en energía. “La gente no se da cuenta de que se supone que tienes que estar en tu punto más brillante y más vivo cuando sales en directo a las 22:30, mientras que, si estás viendo fútbol todo el día en el sofá, a esa hora estás listo para quedarte dormido”.
Shearer no se duerme. Observa, analiza, comenta. Y, de paso, vigila. Cada fin de semana, cada jornada, cada gol que se marca en la Premier le recuerda que su récord sigue ahí… por ahora.
Haaland ya ha encendido la cuenta atrás. La pregunta no es si el noruego puede alcanzarle. La verdadera incógnita es cuánto tiempo más podrá disfrutar Alan Shearer de ver su nombre en lo más alto de la lista. Y si el fútbol inglés encontrará la forma de retener a su nuevo depredador… o de salvar, por un tiempo más, el trono del viejo rey.




