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Alexander Isak: De villano a estrella en Anfield

Durante meses, a Alexander Isak casi nadie le concedió el beneficio de la duda. Su mal inicio en el Liverpool no se explicó solo con datos físicos o tácticos: pesaba, y mucho, la huelga que forzó su salida del Newcastle y que dejó una sensación de traición difícil de borrar. Llegó sin una pretemporada real, sin ritmo, sin piernas. Y eso se notó.

El delantero que en St James’ Park había llegado a discutirle a Erling Haaland el trono de delantero más temido de Inglaterra se convirtió, de golpe, en una sombra. Más lento, más frágil, menos incisivo. La noche del 20 de diciembre, en el Tottenham Hotspur Stadium, pareció romper por fin ese hechizo: desmarque perfecto, pase filtrado de Florian Wirtz y definición fría, de nueve de élite. Era exactamente por eso que el Liverpool había pagado cifras de nueve dígitos por ambos.

Un segundo después, todo saltó por los aires. Una entrada tan temeraria como innecesaria de Micky van de Ven le partió el peroné izquierdo. Brutal. La temporada cambió de rumbo en una fracción de segundo.

Cuando regresó, algo más de tres meses más tarde, el cuerpo seguía pasando factura. Problemas musculares recurrentes, siempre ligados a la misma causa: la ausencia de una base física de verano. Isak necesitaba continuidad, minutos encadenados, repetir esfuerzos hasta que el cuerpo volviera a creer en sí mismo. No los tuvo. Hasta que apareció el Mundial.

Un Mundial a tiempo perfecto

Para él, la Copa del Mundo en Norteamérica llegó como un salvavidas. No tanto por las cifras —participó directamente en cuatro goles, uno de ellos propio— como por el volumen de juego: disputó todos los minutos de la carrera de Suecia hasta los octavos de final, salvo uno. Ritmo, repeticiones, confianza. Justo lo que le había faltado.

Ni así se disiparon las dudas al inicio del curso 2026-27. Se cuestionaba su estado físico, pero también su encaje en la idea agresiva y vertical de Andoni Iraola. Incluso después de estrenar su cuenta en la Premier League con un tanto en el 2-2 ante Nottingham Forest, el 29 de agosto, la crítica seguía siendo feroz.

Stephen Warnock, exdefensa del Liverpool y ahora analista, fue demoledor al hablar con GOAL tras aquel encuentro. Vio un delantero apático, ausente, que “aparte del gol, no hizo absolutamente nada”. Un futbolista que, a su juicio, no parecía ni físicamente preparado ni mentalmente dispuesto para soportar el peso de un fichaje carísimo. En resumen: un nueve incapaz de “llevar la camiseta”.

Un juicio duro. Y, visto con perspectiva, también prematuro.

La racha que lo cambia todo

Siete días después del tropiezo ante el Forest, el guion empezó a girar. En Ipswich, un viernes por la noche, Isak firmó un doblete que dio al Liverpool su primera victoria del curso: 2-0, tres puntos y, sobre todo, un respiro. A partir de ahí, el sueco dejó de aparecer solo a fogonazos.

Marcó también en las tres victorias siguientes, ante Bournemouth, Brentford y Brighton. Seis goles en siete jornadas de Premier, tras haber anotado solo tres en 14 partidos ligueros la temporada anterior. La diferencia es abismal.

Iraola lo explicó sin rodeos el pasado fin de semana: si el equipo consigue poner a Isak en las zonas adecuadas, con centros y situaciones favorables, el sueco marca. Es un finalizador. Pero el técnico vasco no se conforma con eso. Desde el primer día ha dejado claro que su ‘9’ debe ofrecer mucho más que remates.

Tras el doblete en Ipswich, lo subrayó: el delantero tiene que contribuir al juego colectivo, a la presión, a la estructura. Si el equipo funciona, las ocasiones llegarán solas para él. El mensaje es claro: goles sí, pero no solo goles.

Y ahí sigue pendiente una parte del examen.

El otro Isak que exige Iraola

Isak entiende la importancia de defender desde arriba en el modelo Iraola, pero su despliegue sin balón aún se queda corto. En algunas fases, su intensidad palidece al compararla con la de Lewis Koumas. Cody Gakpo, entre bromas, ya ha dejado caer que el sueco le debe unas cuantas asistencias tras haberle servido varios tantos. No es solo una broma: el sueco todavía participa menos de lo que debería en la elaboración.

Hay, sin embargo, señales alentadoras. La conexión con Bradley Barcola, fichaje de verano, empieza a tener forma de sociedad peligrosa. El francés asistió a Isak en los goles clave ante Brentford y Brighton, dos acciones que muestran un patrón: desmarque agresivo del sueco, lectura fina de Barcola y definición clínica.

No es todavía el delantero total que deslumbró en el Newcastle, ese atacante capaz de crear, asociarse y rematar con la misma naturalidad. Pero el instinto matador está de vuelta. Y eso, para el Liverpool, ya lo cambia casi todo.

El contraste que duele en el norte de Londres

En el otro lado del tablero, Mikel Arteta mira el panorama con cierta envidia. En el Arsenal, la figura del ‘9’ sigue bajo sospecha. Viktor Gyokeres, el hombre elegido como alternativa más económica a Isak, apenas marcó su primer gol de la temporada en la humillante eliminación de Carabao Cup ante Fleetwood Town. Una noche que volvió a exponer la irregularidad de Kai Havertz en el área.

Gyokeres ofrece potencia, trabajo, presencia física. Pero falla demasiado. Convierte menos de lo que genera, justo lo contrario que Isak. El sueco no necesita muchas ocasiones para castigar. Y en un equipo que vive instalado en campo rival como el Liverpool, esa precisión vale puntos, títulos, temporadas.

Con todos sus altibajos del último año, Isak no ha perdido esa cualidad tan Haaland: decidir un partido con un par de toques. Un desmarque, un control, un disparo. Nada más. Nada menos.

El domingo, en Anfield, Arteta no necesita que se lo recuerden. Bastará con que Isak reciba una sola vez donde duele para que el Arsenal comprenda, de nuevo, el precio real de no haber fichado al hombre adecuado para el ‘9’.