Chantelle Cameron derrota a Mikaela Mayer y se lleva los cinturones
Chantelle Cameron firmó una de esas noches que marcan una carrera. La británica se impuso por decisión unánime a Mikaela Mayer y añadió los títulos mundiales WBA y WBC del peso superwélter a su cinturón WBO, en una pelea intensa, cerrada y con aroma a revancha inmediata.
Las cartulinas reflejaron lo ajustado del combate: 97-93 en dos tarjetas y 96-94 en la tercera. Todas a favor de Cameron. Mayer, visiblemente molesta, no tardó en protestar el veredicto, asegurando que había “outboxed” a la campeona y desatando un cruce de palabras encendidas sobre la lona. Cameron respondió con frialdad: para ella, “talk is cheap”. Lo que cuenta son los golpes.
Una campeona que no cede terreno
Desde su segunda pelea con Katie Taylor en 2023, Cameron no conoce la derrota. Suma ya 23 victorias en 24 combates profesionales y la de esta noche entra de lleno en la lista de sus actuaciones más completas.
No fue una superioridad abrumadora en lo físico ni en lo estadístico. Al contrario: ambas boxeadoras llegaron prácticamente calcadas en números y condiciones. Ritmo de golpeo similar, estatura pareja, pesos casi idénticos. Incluso lucieron el mismo peinado, como si todo estuviera destinado a un duelo espejo.
La diferencia apareció donde duele: en la presión. Cameron decidió no dejar respirar a Mayer. La británica caminó hacia delante, cortó el ring, obligó a la estadounidense a pensar a toda velocidad… y a equivocarse.
Mayer empieza mandando, Cameron termina castigando
Mayer arrancó mejor. Más imponente de inicio, tomó el centro del ring y trató de marcar la distancia con su jab, la herramienta que tantas noches le ha dado control y autoridad. Cameron aceptó el papel de contragolpeadora, midió, esperó y eligió sus momentos.
El punto de inflexión llegó alrededor del cuarto asalto. Cameron, cada vez más confiada, empezó a empujar a Mayer contra las cuerdas. Lo repitió al inicio del quinto, ya con la grada de su lado, un público ruidoso pero menor de lo esperado en el BP Pulse Arena, que aun así rugía cada vez que la campeona daba un paso al frente.
La estadounidense, normalmente una boxeadora adaptable, no encontró la manera de recuperar su jab con continuidad. Se vio obligada a retroceder más de lo que quería y a trabajar incómoda. Para el sexto asalto, Mayer sangraba y respiraba con dificultad. La pelea se había convertido en el tipo de batalla que Cameron disfruta.
El golpe más llamativo llegó en el séptimo asalto: un derechazo seco al mentón de Mayer, que sacudió el ritmo del combate y consolidó la sensación de que la balanza empezaba a inclinarse de forma clara hacia la británica.
Sangre, orgullo y un cierre de alto voltaje
Los últimos asaltos fueron una prueba de carácter para las dos. Cameron sufrió un corte en la recta final, pero no dio un paso atrás. Siguió avanzando, empujando, obligando a Mayer a trabajar al límite. La estadounidense, tres veces campeona mundial en distintas divisiones, se negó a desmoronarse. Aguantó el intercambio, trató de encontrar ventanas para sus manos largas, pero la iniciativa ya pertenecía a la dueña de casa.
Cuando sonó la campana final, Cameron levantó los brazos entre la ovación de un público que, aunque escaso, la trató como lo que es: una campeona de élite. Su equipo la alzó en hombros antes de que se anunciara el resultado oficial, sabiendo que acababa de firmar su mayor triunfo desde aquella victoria sobre Katie Taylor en Dublín hace tres años.
Para Mayer, la noche deja una factura dolorosa. Tercera derrota en 25 peleas y adiós a los cinturones WBA y WBC, ahora en manos de Cameron, que los coloca junto a su título WBO para consolidarse como una de las grandes referencias del peso superwélter.
Un gran combate en un escenario a medio gas
El contexto no estuvo a la altura del combate. Cuando se anunció, esta pelea estaba llamada a ser el gran plato fuerte del fin de semana festivo de agosto en el boxeo británico. Sin embargo, la posterior elevación del duelo entre Moses Itauma y Filip Hrgovic a pelea por título mundial dejó este choque con un aire de telonero injusto.
Las gradas lo delataron: muchos asientos vacíos cuando comenzó la cartelera principal y, en el mejor de los casos, medio aforo ocupado en el BP Pulse Arena cuando Cameron y Mayer caminaron hacia el ring. El ambiente fue bueno, pero no el de una gran noche histórica.
Ellas, sin embargo, se encargaron de poner el resto. La tensión ya venía cocinada desde el pesaje del viernes, donde la cordialidad previa saltó por los aires. Cabeza con cabeza, empujones, insultos a centímetros de distancia. Nada de teatro: dos campeonas orgullosas disputándose territorio.
En la noche del combate, Mayer abrazó su papel de visitante. Entró al ring con “American Woman” de Lenny Kravitz sonando de fondo y un durag negro cubriendo su característica melena rubia. Al quitárselo, la sorpresa: llevaba trenzas apretadas, el mismo estilo que Cameron. Un mensaje visual claro. No venía a integrarse. Venía a desafiar.
Pero el desafío se estrelló contra la constancia de la británica. La moxie de Mayer, su descaro, su lenguaje corporal desafiante, se fueron desgastando asalto a asalto ante una rival que no le concedió tregua ni aire.
Al final, los cinturones cambiaron de manos, la polémica quedó flotando en el ambiente y la palabra “revancha” empezó a sonar con fuerza. Si la primera entrega fue así de igualada, de áspera y de intensa, la verdadera pregunta es sencilla: ¿quién se atreverá a apostar en contra de que la segunda sea todavía más grande?




