El ciclo maldito del Manchester United: la caída de Michael Carrick
El ciclo maldito que devora entrenadores en el Manchester United desde que Sir Alex Ferguson dejó el banquillo ya tiene una nueva víctima entre sus garras: Michael Carrick.
En Como, en la Champions League, se repitió la escena que se ha convertido en símbolo de la decadencia del club. Carrick, manos alzadas en señal de disculpa hacia la grada, tras un 4-1 humillante. El mismo marcador, el mismo gesto, el mismo aire de final de etapa que acompañó a Ole Gunnar Solskjaer en Watford en noviembre de 2021, el día que perdió el puesto.
La historia se repite. Solo cambian los nombres.
Siete entrenadores, un mismo final
Carrick es el séptimo técnico a tiempo completo desde que Ferguson se marchó en 2013 con 38 títulos en 26 años. Desde entonces, una secuencia que mezcla éxitos aislados, chispazos de esperanza y, al final, siempre el mismo veredicto: despido.
- David Moyes
- Louis van Gaal
- Jose Mourinho
- Solskjaer
- Erik ten Hag
- Ruben Amorim
- Michael Carrick
A ellos se suman los interinos: Ryan Giggs, Ralf Rangnick, Ruud van Nistelrooy, Darren Fletcher. Una rotación constante en el banquillo que no ha logrado domar a la bestia que hoy es el United.
Van Gaal levantó la FA Cup en 2016. Mourinho añadió la League Cup y la Europa League en 2017. Ten Hag firmó una FA Cup histórica en 2024 contra el Manchester City. Piezas sueltas de plata en una vitrina acostumbrada a los metales preciosos de otra época. Demasiado poco para un club que se autodefine como el “más grande del mundo”.
El problema ya no es solo el banquillo. Es la estructura. Es el modelo. Es la sensación de que el club se ha convertido en algo casi ingobernable.
Un vestuario en rebelión y un club en descomposición
El presente de Carrick es desolador. Los resultados son pobres y el vestuario, lejos de cerrar filas, apunta hacia arriba. Tras la derrota en el campo del Atletico Madrid, Lisandro Martínez señaló públicamente al director de fútbol, Jason Wilcox. En Como, el capitán Bruno Fernandes cuestionó la táctica.
No son filtraciones anónimas ni rumores de pasillo. Son señales claras de fractura interna.
La pregunta ya no es si el entrenador está superado. Es si el club, como institución, se ha vuelto intratable. Si la raíz del problema está mucho más arriba que la zona técnica.
¿De verdad deben ser siempre los técnicos quienes pidan perdón frente a los aficionados? ¿No debería mirarse con más dureza a quienes los eligen, marcan la dirección y luego los descartan?
De la sucesión de Ferguson al presente: un plan mal ejecutado
El declive no llegó de un día para otro. El punto de partida fue una sucesión mal planificada tras Ferguson. Nadie dijo que fuera fácil, pero el United la convirtió en un ejercicio de improvisación.
Los nombres hablan por sí solos. Moyes, señalado por el propio Ferguson, se vio desbordado tras salir del Everton. Van Gaal y Mourinho llegaban con currículos intachables y títulos en los grandes escenarios de Europa. Solskjaer era el antídoto emocional a Mourinho, un icono del club, pero sin trayectoria que avalara su elección más allá de una buena etapa como interino.
Ten Hag aterrizó impulsado por el recuerdo de aquel Ajax joven y vibrante que alcanzó las semifinales de Champions. Amorim llegó desde el Sporting de Lisboa como uno de los técnicos más codiciados del continente.
Todos cayeron. Todos descubrieron que el United actual es un gigante torpe, difícil de manejar, que engulle proyectos y agota paciencias.
En diciembre de 2019 se dio una imagen que hoy duele aún más. Carlo Ancelotti en el Everton, Pep Guardiola en el Manchester City, Jurgen Klopp en el Liverpool. Tres de los mejores entrenadores del mundo trabajando a menos de 60 kilómetros de Old Trafford. Y en el banquillo del United, Solskjaer, una apuesta sentimental que no resistió el paso del tiempo.
Hoy, con cada día que pasa, Carrick se parece más a una versión 2.0 de Solskjaer.
Carrick, el déjà vu perfecto
Carrick fue ídolo como jugador, gustó en su etapa como técnico interino y su perfil conectaba con la grada. Pero su experiencia previa como entrenador se reduce a un despido en el Middlesbrough, en Championship. El paralelismo con Solskjaer es evidente: otro exjugador querido, otro paso fallido por un club de menor rango, otra apuesta basada más en la emoción que en la lógica deportiva.
Su llegada fue un “abrazo conocido” tras devolver al equipo a la Champions. Un gesto de comodidad. Hoy ese abrazo se ha convertido en una soga apretada por los resultados.
Y, sin embargo, el foco no puede quedarse solo en él.
Ratcliffe, Glazer y un palco bajo sospecha
La lista de responsables se extiende mucho más allá del área técnica. Desde Ed Woodward hasta la familia Glazer, pasando ahora por Sir Jim Ratcliffe, el club ha probado todo tipo de fórmulas para recrear el “modelo Ferguson”. Ninguna ha funcionado.
Los aficionados llevan desde 2005 protestando contra los Glazer, cuya compra apalancada cargó al club con una deuda pesada. Pese a años de rechazo abierto, siguen como propietarios mayoritarios.
La entrada de Ratcliffe como copropietario no pacificó nada. Al contrario, muchos hinchas le ven como socio directo de una familia profundamente impopular. Y el propio Ratcliffe, exitoso en sus negocios, ha descubierto que el fútbol se rige por leyes muy distintas.
Él asegura delegar las grandes decisiones deportivas en figuras como Wilcox y el director ejecutivo Omar Berrada. Pero el resultado ha sido una cadena de inestabilidad y decisiones discutibles.
El caso de Ten Hag es paradigmático. El club estaba listo para despedirle antes de la final de la FA Cup contra el City. Ganó en Wembley, se quedó contra pronóstico, recibió una renovación y 200 millones de libras para fichajes. Seis meses después, destituido. El coste de las indemnizaciones para él y su cuerpo técnico superó los 10 millones.
Una decisión cara, errática y, en perspectiva, desastrosa.
El caos en los despachos: el caso Ashworth y el modelo deportivo
El desorden no se detiene ahí. El fichaje de Dan Ashworth como director deportivo en 2024 se vendió como un golpe maestro. Llegaba con fama de gestor brillante, una de las mentes más valoradas en los despachos del fútbol inglés.
Cinco meses después, fuera tras un desencuentro interno. Pasó tanto tiempo en “gardening leave” esperando salir del Newcastle United como trabajando en el propio Manchester United. Una imagen perfecta del caos.
Se llegó a apuntar que Ashworth había sido el gran defensor de mantener a Ten Hag. Otra versión indicaba que su idea era apostar por entrenadores ingleses como Graham Potter o Gareth Southgate en lugar de Amorim.
El club eligió a Amorim, enamorado de su 3-4-3, un sistema que ya había generado dudas en otros grandes, hasta el punto de que el Liverpool se inclinó por Arne Slot para suceder a Klopp. En el United, esa rigidez táctica terminó hundiendo su proyecto. Amorim se marchó a los 14 meses, dejando tras de sí una dura crítica a la cúpula y una reunión tensa con Wilcox.
Y a todo esto, el ambiente interno ya estaba envenenado incluso antes de la llegada de Carrick, con una política de recortes drástica impulsada por Ratcliffe que vació departamentos y desgastó al personal.
Afición enfadada, investigación de entradas y un club que se aleja de la élite
La relación con la grada tampoco ayuda. Este verano, la investigación del club sobre la reventa y el intercambio de abonos encendió todavía más los ánimos. La entidad reconoció haber infravalorado el número de aficionados que compartían sus cuentas y suavizó algunas amenazas sobre la retirada de abonos, pero defendió la investigación.
En un contexto de mal juego y malos resultados, el golpe fue percibido como otro gesto de desconexión entre el club y su base social.
Ratcliffe había prometido sanear las finanzas. Los últimos datos ofrecen una imagen ambigua. La deuda total sigue en torno a los 1.000 millones de libras, pese a los recortes. Al mismo tiempo, el club anunció ingresos récord de 678 millones y un beneficio operativo de 23 millones, incluso sin disputar competiciones europeas por primera vez en una década, un giro enorme respecto a las pérdidas de 113 millones en 2023-24.
El United también confirmó un desembolso de 64 millones en la compra de terrenos para un nuevo estadio, el gran proyecto que Ratcliffe quiere dejar como legado, un coloso de 100.000 asientos con un coste estimado superior a los 2.000 millones.
El papel, como casi siempre, lo aguanta todo. El césped, no.
Un banquillo tóxico y un futuro en duda
La consecuencia de años de decisiones erráticas es un cóctel envenenado: mala planificación deportiva, errores de gestión, ambiente enrarecido y resultados mediocres. El banquillo se ha convertido en una silla eléctrica.
El United seguirá encontrando entrenadores. El escudo aún pesa, el nombre todavía seduce. Pero ya no elige a quien quiere, sino a quien acepta entrar en un proyecto marcado por la sospecha de final abrupto.
Con la plantilla actual, ni siquiera un técnico de máximo nivel tiene garantizada una solución rápida. O alguna solución, si no llega acompañado de una inversión masiva y de una estructura deportiva coherente.
Carrick es hoy la cara visible del problema y, salvo giro inesperado, pagará con su puesto. Es la repetición del error cometido con Solskjaer: una elección cómoda, cercana a la grada, premiada por un regreso a la Champions, pero desnuda de proyecto sólido.
Detrás de él, sin embargo, permanecen los mismos nombres, las mismas manos en el timón. Ratcliffe al frente, los Glazer aún presentes, una dirección deportiva que cambia de rumbo con demasiada facilidad y una afición que ve cómo los rivales se alejan.
El United siempre se ha visto a sí mismo como referencia y destino final de los mejores. Hoy, mientras el ruido interno no cesa y el banquillo se convierte en un empleo de alto riesgo, la verdadera incógnita ya no es quién será el próximo entrenador.
La pregunta es otra: ¿quién, en su sano juicio, querría serlo ahora?




