Emmanuel Latte Lath: dos vidas y un mismo impulso en el fútbol
A los ocho años, Emmanuel Latte Lath se dio cuenta de que su vida cambiaba para siempre. No fue al hacer la maleta ni al despedirse de sus amigos en Costa de Marfil. Fue en el aire, dentro de un avión rumbo a Italia.
“Empecé a darme cuenta cuando estaba en el avión y vi gente diferente a mí, tenía un poco de miedo”, recuerda hoy el delantero de Union Berlin en una conversación con la BBC. Aquel niño que miraba por la ventanilla sin entender del todo lo que venía, ahora es un atacante hecho y derecho en el fútbol europeo.
Había sabido dos años antes que se marcharía a Europa. Tenía seis cuando le dijeron que su futuro estaba lejos de su país natal. El viaje se concretó a los ocho. Dejaba atrás amigos, familia, calles conocidas y una infancia marcada por la libertad del balón en los descampados de su barrio. Al otro lado del trayecto le esperaba algo igual de poderoso: la posibilidad de recuperar a su padre.
“Fue importante porque cuando nací no era una relación tan cercana”, admite el delantero de 27 años. “Él se fue a Italia para encontrar una vida mejor, así que no era fácil hablar con él todo el tiempo por teléfono. Me faltaba esa parte de mi padre”.
El reencuentro fue casi una segunda oportunidad vital. “Cuando lo vi fue como una nueva vida, una nueva motivación para estar cerca de mi padre, y entonces todo empezó de nuevo. Es como si hubiera tenido dos vidas”.
De las “reglas de la calle” a las botas de verdad
En Costa de Marfil, el fútbol de Latte Lath no tenía gradas ni árbitros. Tenía polvo, gritos y orgullo. Tenía “reglas de la calle”.
“Éramos yo y cinco amigos, formamos nuestro equipo y nos íbamos a jugar contra otra ciudad, no había presión, nada”, cuenta. “Eran momentos divertidos, disfrutando del fútbol, y era bastante competitivo porque casi siempre terminaba en peleas. Eran reglas de la calle. Yo era de los más competitivos”.
Aquello no era una simple anécdota de infancia. Era su escuela. Su carácter. “Lo echaba de menos. Estar siempre juntos, con mis amigos. Era realmente, realmente divertido”.
En Italia todo era distinto. Idioma nuevo, clima nuevo, costumbres nuevas. Hasta el fútbol olía diferente. Antes de llegar nunca había jugado con botas ni pertenecido a un equipo oficial. El salto fue brusco, pero también estimulante.
“Era emocionante aprender y mostrar mi potencial”, explica el atacante de Union Berlin. Al principio, el idioma fue un muro. “Fue difícil al principio porque no conocía la lengua, pero tuve una persona muy buena que me ayudó. Era importante porque no tenía muchos amigos allí. Yo estaba para jugar al fútbol y después irme a casa, sabía que con el tiempo todo llegaría”.
Llegó. Su talento empezó a encajar en el engranaje de un país que respira táctica. Su fútbol de calle se fue puliendo sin perder esa chispa competitiva que traía de África.
Atalanta, un gol para siempre y cinco años de maleta
En 2015, Atalanta llamó a su puerta. Entrar en una de las academias más prestigiosas de Italia fue un salto de categoría. Dos años más tarde, el sueño se condensó en un solo momento: su primer gol con el primer equipo, nada menos que contra Juventus, en la Coppa Italia, en su tercer partido con La Dea.
“Increíble, inolvidable. La emoción que tuve ese día sigue siendo la misma cuando lo pienso ahora”, confiesa. La escena tenía un prólogo familiar: “La semana antes estaba en casa con mi familia, nos reíamos y decían: ‘imagina si voy, imagina’. Y una semana después, pasó”.
Ese gol, sin embargo, fue también un punto final. Sería el único que marcaría con la camiseta de Atalanta y la última vez que la vestiría en partido oficial. Lo que vino a continuación fue la cara más dura del fútbol italiano para los jóvenes: cesiones encadenadas, ocho equipos en cinco años, un viaje casi permanente.
“Creo que el fútbol italiano siempre ha sido uno de los entornos más difíciles porque hay mucha táctica, muchas reglas también”, analiza. “No te deja expresarte porque tienes que jugar con demasiadas, o muchas reglas”.
El problema no era solo subir el primer escalón. Era mantenerse. “Fue difícil dar el paso, pero también fue difícil seguir con los pasos que había dado. Eso me dio fuerza para tomar una decisión diferente”.
Inglaterra, Michael Carrick y la versión más letal
La decisión distinta llegó después de un préstamo prolífico en el St. Gallen suizo. Desde allí se abrió una puerta inesperada: el Middlesbrough y el Championship.
En 2023 aterrizó en el noreste de Inglaterra y se encontró con un entrenador que marcaría su carrera: Michael Carrick. La conexión fue inmediata.
“Encontré un buen entrenador y una buena persona. Me dio confianza de inmediato”, reconoce. “Era una persona tranquila, un entrenador tranquilo, a veces quizá demasiado, pero era lo que necesitábamos. Siempre sabía cuándo y qué debía decirte en los momentos difíciles o en los buenos”.
Ese contexto, esa calma desde el banquillo, le encendió. La seguridad que le transmitió Carrick se tradujo en cifras: 29 goles en 67 partidos. De ser un delantero itinerante pasó a convertirse en uno de los atacantes más peligrosos de la segunda categoría inglesa.
“En ese momento de mi vida fue realmente importante”, resume. No es una frase hueca: de ese tramo nació su gran salto económico.
Su rendimiento en Middlesbrough le llevó a la MLS. Atlanta United apostó fuerte por él, hasta el punto de convertirlo en el fichaje más caro de la historia de la liga en ese momento. El cartel era enorme, las expectativas también.
Pero la historia no siguió el guion soñado. Su etapa en Estados Unidos no alcanzó el nivel esperado. Sin dramatismos, sin excusas, el delantero decidió regresar a Europa. En verano, Union Berlin le abrió la puerta con una cesión que le ha devuelto algo que siempre le alimentó: una grada ardiente y un entorno que le exige.
Union Berlin, músculo extra y una ciudad hecha a su medida
Llegar a la capital alemana le descubrió un mundo nuevo. No tanto en el campo, donde el fútbol sigue siendo once contra once, sino en la manera de vivirlo.
“Llegué aquí y me sorprendí porque la pasión de los aficionados es una locura. Es algo nuevo para mí. Me da un músculo extra, otra fuerza para hacerlo bien”, admite. En el estadio de Union Berlin, el ruido no solo acompaña: empuja.
Fuera del césped, la ciudad también le habla. “Berlín es enorme, me encantan las culturas diferentes, y aquí puedes encontrar culturas y personas diferentes. Creo que puedo encajar porque crecí con amigos y culturas distintas”.
Es casi un círculo que se cierra. Aquel niño que se asustó en un avión al ver “gente diferente” ahora elige vivir en una ciudad que se define precisamente por su mezcla. Aquel chico de fútbol de calle que nunca había usado botas se ha forjado en academias exigentes, ha sobrevivido a la selva de las cesiones, ha brillado en Inglaterra y ha probado el peso de un gran fichaje en Estados Unidos.
Hoy, en Union Berlin, juega con la sensación de quien ya ha vivido dos vidas y todavía tiene espacio para una tercera. Y mientras la grada ruge y la ciudad se despliega ante él, la pregunta ya no es de dónde viene Emmanuel Latte Lath, sino hasta dónde piensa llegar.




