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Estados Unidos conquista su quinto Mundial femenino tras remontar a Francia

La historia se repite, pero nunca suena a rutina cuando se trata de este equipo. Estados Unidos volvió a coronarse campeona del Mundial femenino tras derrotar a Francia por 97-79, en una final con aroma olímpico y guion de montaña rusa. Mismo rival que en la final de los Juegos de 2024, mismo desenlace: las estadounidenses en lo más alto y un nuevo capítulo de una hegemonía que ya se extiende dos décadas sin derrota en Juegos Olímpicos o Mundiales.

Final Score: Estados Unidos 97 - 79 Francia

Un inicio francés que heló la pista

El contexto invitaba a la duda. Esta vez, Estados Unidos llegaba tocada. No había sido la apisonadora de otras ediciones: había sufrido contra una Italia sin pedigree y volvió a tambalearse en semifinales frente a una España que la llevó al límite. Al otro lado, una Francia lanzada, que no sólo debutaba en una final mundialista, sino que había arrasado a todos sus rivales sin permitir que nadie se acercara siquiera a 20 puntos de diferencia.

Y la puesta en escena de las francesas fue acorde a su torneo.

Breanna Stewart, capitana y máxima anotadora con 22 puntos, marcó territorio de inicio. Su producción sostuvo a Estados Unidos y le dio una primera renta de cinco puntos que parecía el preludio de otro guion conocido. Pero Francia encendió la mecha de golpe.

Gabby Williams tomó el timón, el perímetro se abrió y llegó la avalancha: un parcial de 21-2 que cambió por completo el paisaje del partido. De ir a remolque, Francia pasó a mandar con 14 puntos de ventaja al comienzo del segundo cuarto. La defensa estadounidense hacía agua, el triple francés entraba limpio y la final empezaba a parecerse peligrosamente a una ruptura de la dinastía.

Clark despierta a la campeona

Estados Unidos necesitaba un ancla. No la encontró de golpe, sino a base de pico y pala. Posesión a posesión, las campeonas empezaron a limar la brecha. Ajustaron atrás, cerraron mejor el rebote, bajaron el ritmo del partido. No fue un giro espectacular, fue un desgaste constante.

La acción que cambió la sensación del encuentro llegó justo antes del descanso. Con Francia aún por delante y el pabellón volcado con la gesta gala, Caitlin Clark clavó un triple sobre la bocina que redujo la desventaja a sólo dos puntos al intermedio. Un tiro. Un detalle. Pero el tipo de detalle que separa a los equipos que compiten de los que ganan.

Francia se marchó al vestuario por delante. Estados Unidos se fue sabiendo que ya tenía la final en sus manos.

El tercer cuarto, territorio USA

La reanudación fue una declaración de principios. El tercer cuarto pertenece a los equipos que huelen la sangre, y Estados Unidos lo jugó como tal. Intensidad máxima atrás, ataques más fluidos, mejor circulación y, sobre todo, una selección de tiro mucho más limpia.

El parcial habla por sí solo: 30-12 para las estadounidenses. La energía que antes emanaba de Francia cambió de camiseta. La defensa de Estados Unidos se endureció hasta la extenuación, las líneas de pase se cerraron y las francesas comenzaron a perder el control que habían mostrado durante todo el torneo.

La remontada no fue sólo numérica, fue emocional. El conjunto europeo, que había llegado a la final sin conocer la presión de un final apretado, empezó a encadenar malas decisiones. El balón quemaba, las posesiones se acortaban y la ventaja se esfumó con la misma rapidez con la que había aparecido.

Triples como martillazos: Copper, Young y otra vez Clark

Cuando Francia buscaba aire, llegaron los golpes definitivos desde el perímetro. Dos triples consecutivos de Kahleah Copper y Jackie Young dispararon el marcador hasta un 58-51 que ya no tendría vuelta atrás. En apenas unos ataques, la final cambió de manos y de temperatura.

El resto fue un ejercicio de control. Estados Unidos olió la fragilidad rival y no aflojó. La defensa siguió siendo un muro, cada intento francés encontraba manos, ayudas y cuerpos. Y cuando Francia intentó su último arreón, Clark volvió a aparecer.

Otro triple suyo, ya en el arranque del último cuarto, estiró la diferencia hasta los 19 puntos. Demasiado para un equipo que llegaba por primera vez a este escenario y que, después de un torneo impecable, se encontró con la realidad más cruda: para destronar a una campeona así no basta con un gran arranque, hay que sostener 40 minutos perfectos.

Francia, que buscaba revancha tras aquella derrota por un solo punto en la final olímpica de París, terminó desbordada. Se queda con la plata y con el mejor resultado de su historia en un Mundial, pero también con la sensación amarga de haber tenido a la campeona contra las cuerdas.

España se sube al podio y se rehace

Horas antes, España había encontrado su propia redención. Después de rozar la sorpresa del torneo ante Estados Unidos en semifinales —llegó a empatar 58-58 en el tramo final del partido antes de ceder en el último arreón de las campeonas—, la selección española se levantó con una actuación sólida para asegurar el bronce.

El 81-58 ante Alemania no admitió discusión. Desde el salto inicial, España mandó en ritmo, en físico y en lectura del juego. Las anfitrionas, combativas pero limitadas, vivían su primera experiencia entre las cuatro mejores como país unificado y se toparon con un rival mucho más hecho para estas alturas.

Iyana Martin firmó una actuación de liderazgo silencioso pero demoledor: 20 puntos y nueve asistencias, a una sola de un doble-doble que habría redondeado una noche ya de por sí brillante. Fue la brújula ofensiva de un equipo que supo transformar la frustración de la semifinal en carácter competitivo.

Una pregunta que se repite: ¿quién puede con esta USA?

El Mundial se cierra con una imagen familiar: Estados Unidos en lo más alto, el resto mirando hacia arriba y preguntándose cuánto tiempo más durará esta era. Francia ha demostrado que puede golpear. España, que puede hacer dudar a la campeona. Pero el trofeo, una vez más, viaja en las mismas manos.

Veinte años sin caer en un gran torneo. Cinco Mundiales seguidos. La dinastía sigue intacta. La incógnita ya no es si alguien podrá frenarla, sino cuándo se atreverá alguien a hacerlo en un escenario como este.