La historia de Katie Taylor: desde Bray hacia el boxeo
A comienzos de los años 90 trabajaba para la revista The Big Issue, una empresa social que ofrecía a personas afectadas por la pobreza y la falta de vivienda la posibilidad de ganarse un ingreso estable vendiendo el ejemplar en la calle. El lema era claro: “A hand up, not a hand out”.
Un día me enviaron a Bray, en el condado de Wicklow, para fotografiar a una niña que, según me dijeron, vivía obsesionada con el boxeo. Al entrar en el Bray boxing club me recibió Pete Taylor. A su lado, su hija, una chica de 10 años llamada Katie.
Primero hizo algo de guanteo con su padre, descargando golpes secos y precisos sobre las manoplas. Pegaba fuerte, con una seriedad impropia de su edad. Pero el cambio llegó cuando empezó a hacer sparring con un chico. Ahí se le encendieron los ojos.
Lo persiguió por todo el cuadrilátero. Él retrocedía sin descanso, siempre a la defensiva, mientras la joven Katie lo acosaba sin tregua, acortando distancias, metiendo manos una y otra vez. No había miedo, solo hambre competitiva.
Cuando el sol empezaba a caer salimos al exterior para hacer unas fotos en aquella luz dorada tan limpia. En su mirada ya se adivinaban la determinación y la dureza que, con los años, la llevarían a convertirse en campeona olímpica y del mundo. Todo estaba ahí, en aquella niña de Bray que no dejaba de ir hacia adelante.




