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Jack Grealish: del Lamborghini blanco al castigo en Everton

Cuando Jack Grealish reapareció este verano en Finch Farm, deslizándose por la entrada en su Lamborghini blanco a una hora del cierre del mercado, Goodison volvió a sentir algo parecido a la ilusión. No era solo un fichaje. Era el regreso del futbolista que, cedido por Manchester City, había encendido la grada antes de que una grave lesión en el pie cortara en seco su primera aventura con Everton.

Aquella noche de final de mercado fue una especie de vuelta a casa. Grealish se marchó de madrugada, con el acuerdo cerrado, cada autógrafo firmado y cada selfie concedido. Un jugador de 31 años, exfutbolista récord de 100 millones de libras, tratado como uno de los suyos por una afición desesperada en medio de un verano de mercado deprimente y una plantilla reducida a 18 profesionales por la mala planificación.

Hoy, ese idilio está en su punto de ebullición.

Un castigo que lo cambia todo

La exclusión de Grealish de la convocatoria para el duelo de Carabao Cup en casa ante Newcastle no se escondió detrás de eufemismos. Everton habló de “quebrantamiento de la disciplina del club”. En concreto: no se presentó al entrenamiento del lunes.

En un vestuario corto de efectivos, con David Moyes obligado a exprimir cada recurso, el mensaje fue demoledor. El club decidió hacerlo público antes del partido, subrayando la gravedad del asunto y situando al delantero en un cruce de caminos que puede marcar el resto de su carrera en la élite.

No es la primera vez que se mencionan problemas de puntualidad en su trayectoria reciente, pero nunca de esta magnitud. Dentro del club le consideran un trabajador duro, un jugador que suele cuidarse. Precisamente por eso, el golpe ha dolido más.

Grealish ya se ha sentado con la cúpula de Everton. El aviso ha sido cristalino: no puede repetirse. Y menos bajo un técnico con el perfil disciplinario de Moyes. La sanción, decidida en los despachos con el apoyo total del entrenador, no lo expulsa del proyecto, pero sí lo coloca en una fina línea roja.

El problema para Grealish: Everton gana sin él

La herida se agranda por el contexto deportivo. Mientras Grealish se quedaba fuera, Everton firmaba, probablemente, su mejor actuación de la temporada: 3-1 a Newcastle United y billete a cuartos de final de la Carabao Cup, donde les espera Fleetwood Town, de League Two, verdugo del campeón de la Premier League, Arsenal, en la ronda anterior.

Y lo hizo con Tyrique George, 20 años, ocupando con descaro y energía el costado izquierdo que, sobre el papel, debía ser territorio natural de Grealish. Más ritmo, más verticalidad, más acorde con el plan habitual de Moyes.

El técnico no quiso alimentar el incendio tras el encuentro: “Sabéis que no voy a dar detalles. Es una decisión del club y la apoyo. Es algo de lo que no quiero hablar demasiado”, se limitó a decir. Y añadió una frase que, sin nombrarlo, apuntaba directo al caso: “Everton tiene valores muy buenos. Todos los jugadores los asumen y los aceptan, dentro y fuera del campo”.

En un equipo con tan pocos efectivos, la ira del entrenador es comprensible. Grealish ya se había perdido la derrota del sábado ante Arsenal por “enfermedad”. En una plantilla tan corta, Everton no puede permitirse ausencias evitables ni pasajeros.

De héroe del Treble a un presente gris

El contraste con el currículum de Grealish es brutal. Figura clave en el Treble de Manchester City en 2023 —Premier League, FA Cup y Champions League—, aterrizó en Everton la primera vez como un refuerzo de lujo. Su temporada se truncó en enero, en un 0-1 precisamente en casa de su exequipo, Aston Villa, cuando una fractura en el pie le obligó a parar.

Su vínculo con Everton se reforzó entonces. En lugar de regresar a Manchester para su recuperación, eligió seguir el proceso en Finch Farm, lejos del Etihad Stadium, una decisión que encendió todavía más la conexión con la grada. Este verano, con un año de contrato por delante en City y prácticamente desterrado de los planes de Pep Guardiola, volvió a dejar claro que solo quería Merseyside.

Everton, sin embargo, no dio el paso a ciegas. Lesión, coste, y también carácter entraron en la ecuación. Moyes, con un mercado atado de pies y manos y unos propietarios —The Friedkin Group— replegados ante la idea de vender el club, acabó apostando de nuevo por él.

La respuesta en el campo ha sido floja. Ocho apariciones esta temporada —dos con City antes de la cesión, el resto con Everton—, sin goles ni asistencias. Su tendencia a pausar el juego choca con el ritmo que exige Moyes. En un equipo que necesita correr, Grealish ha frenado demasiadas veces.

Un vestuario que lo quiere… y no lo entiende

Todo esto duele aún más dentro del club porque Grealish es muy querido en el día a día. Compañeros, técnicos, empleados: las referencias internas lo describen como “un chico con un corazón de oro, amable y encantador, que realmente disfruta estando aquí”.

Su lado humano no es un relato de marketing. Hace unas semanas donó 10.000 libras a una campaña para el aficionado de Everton Leon Skapars, de 36 años, padre de tres hijos, diagnosticado con cáncer. La familia busca opciones de tratamiento. Su esposa, Crystal, habló de “esperanza” y de un gesto que nunca olvidarán.

Su implicación social va más allá. Grealish presentó recientemente premios en el evento ‘Pride Of Britain’ y renovó en abril su papel como embajador principal de Special Olympics Great Britain, cargo que ocupa desde 2022. Para celebrarlo, invitó a cinco de los diez atletas de Special Olympics GB que completaron el Maratón de Londres al Hill Dickinson Stadium de Everton, con experiencia VIP, visita al estadio y tiempo compartido a pie de campo.

En Finch Farm es de los primeros en involucrarse en el programa comunitario del club y en actividades con el equipo Down Syndrome de Everton in the Community. A menudo cita la inspiración que le produce su hermana Hollie, que tiene parálisis cerebral.

Ese contraste entre la imagen del chico cercano y solidario y el profesional que falla en un entrenamiento clave es lo que más desconcierta a quienes lo defienden desde dentro.

Las sombras que nunca terminan de irse

La carrera de Grealish siempre ha convivido con imágenes incómodas. En abril fue fotografiado dormido en una azotea de un bar en Manchester, rodeado de bebidas. No cometía ningún delito, pero la escena resultaba, como mínimo, imprudente para un futbolista en plena rehabilitación y en una era de cámaras omnipresentes.

Su historial tampoco está limpio: en marzo de 2020, Aston Villa le multó y él se disculpó públicamente tras romper las normas de confinamiento durante la pandemia para visitar a un amigo. En noviembre de 2020 admitió dos cargos de conducción temeraria relacionados con incidentes en los que se dañaron una furgoneta Citroën y un Mercedes.

Y, pese a todo, quienes tratan con él insisten en la misma idea: un tipo extrovertido, generoso, que contagia buen ambiente. Justamente por eso, su último desliz se siente como una traición a la confianza de muchos.

El “ahora o nunca” de un talento que se agota

Moyes y Grealish construyeron una relación cercana casi desde el primer día, en agosto de 2025. “En cuanto hablé con el entrenador supe que solo quería ir a un sitio, y era Everton”, dijo entonces el jugador. Esa conexión, sumada a la entrega de la grada, había convertido Goodison en refugio y trampolín para un futbolista que buscaba relanzar su carrera lejos de la sombra de City.

Hoy, ese refugio se tambalea. Everton no habla de “última oportunidad” porque, sencillamente, no puede permitirse prescindir de un jugador con su talento en una plantilla tan corta. Pero el margen se ha reducido al mínimo.

La puerta sigue entreabierta. El equipo ha demostrado que puede ganar sin él, Wembley asoma en el horizonte de la Carabao Cup y Tyrique George reclama minutos con argumentos. Grealish, en cambio, se enfrenta a una realidad incómoda: cada paso en falso ya no es un tropiezo más, sino un escalón menos en su descenso desde la cima de la Premier League.

En un club que presume de valores y en una carrera que ya no admite prórrogas, la pregunta es simple y brutal: ¿cuántas veces más podrá pedir perdón Jack Grealish antes de que alguien decida que, esta vez sí, se ha quedado sin tiempo?