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Jack Grealish: De estrella a crisis en Everton

Jack Grealish, del Lamborghini blanco al punto de ruptura en Everton.

Una tarde de finales de verano, el rugido de un Lamborghini blanco atravesó el aire de Finch Farm y encendió algo que Everton llevaba meses sin sentir: ilusión. Jack Grealish volvía a casa. O al menos así lo sintieron muchos en el club y en la grada.

Su primera cesión desde Manchester City había terminado de forma cruel, con una grave lesión en el pie. Pero en ese breve tramo, el futbolista de 31 años dejó suficientes destellos para que su regreso, sellado en la última hora del mercado, se viviera como un pequeño triunfo en medio de un verano deprimente. Autógrafos, selfies, sonrisas. Cuando Grealish se marchó de las instalaciones de entrenamiento de madrugada, el acuerdo firmado y cada aficionado atendido, la sensación era la de un hijo pródigo que regresaba a un lugar donde se sentía querido.

Hoy, el paisaje es muy distinto.

De fichaje ilusionante a caso disciplinario

La apuesta por Grealish tenía mucho peso desde el primer día. Para David Moyes, obligado a trabajar con solo 18 jugadores sénior tras una ventana de fichajes fallida. Y para el propio jugador, apartado de City al inicio del último año de contrato, una señal inequívoca de que su etapa allí estaba agotada.

Ese frágil equilibrio se ha roto. La exclusión de Grealish de la convocatoria de Everton para el duelo de Carabao Cup en Goodison Park ante Newcastle no se escondió tras eufemismos. El club habló claro: “quebrantamiento de la disciplina interna”. La razón, directa y demoledora para un profesional de su nivel: no se presentó al entrenamiento del lunes.

Para el primer futbolista de 100 millones de libras en la historia del fútbol británico, fichado por City desde Aston Villa en 2021, el episodio abre otra reconstrucción forzada de su carrera. Y esta vez, con menos margen de error.

Everton decidió hacer público el motivo de la ausencia antes del partido. Un gesto que subraya la gravedad de la falta. No es una reprimenda menor ni un aviso en privado. Es una línea roja trazada a la vista de todos.

Un “ahora o nunca” en Goodison

La sensación en el entorno del club es clara: este episodio coloca a Grealish en un cruce de caminos definitivo. Si fracasa en Everton, el descenso desde la élite de la Premier League será difícil de frenar.

En el club no hablan todavía del tópico “última oportunidad”. Moyes no puede permitirse prescindir alegremente de un talento capaz de cambiar partidos en un vestuario tan corto. Pero cada paso en falso reduce el crédito. Y este ha sido un paso muy grande.

La presión ahora recae sobre un futbolista al que la grada adora por su forma de vivir el juego, por su carisma y por esos momentos de magia que ha demostrado poder ofrecer. Moyes confía en que la lección haya sido dura, pero útil. Sobre todo porque el contexto competitivo se ha encendido: Wembley aparece en el horizonte de la Carabao Cup.

Según información de BBC Sport, ya había habido pequeños problemas de puntualidad en el pasado, nada comparable a lo ocurrido esta semana. En Everton siempre le han considerado un jugador que entrena fuerte y cuida su estado físico. Precisamente por eso, el plantón al entrenamiento duele más.

Grealish ya se ha sentado a hablar con la cúpula del club. El mensaje, cristalino: no puede repetirse. Y menos bajo un técnico tan estricto como Moyes. A partir de ahora, solo le queda intentar reconstruir puentes y recuperar su lugar en el vestuario.

La decisión de sancionarle, tomada en los niveles más altos del club con el respaldo total del entrenador, le deja en un punto crítico. Más todavía porque el equipo respondió sin él.

Un Everton brillante sin su estrella mediática

Mientras Grealish veía el partido desde fuera, Everton firmó quizá su mejor actuación de la temporada. Victoria 3-1 ante Newcastle United, billete a cuartos de final y viaje marcado al campo de Fleetwood Town, equipo de League Two que viene de eliminar al vigente campeón de la Premier League, Arsenal.

El detalle que más escuece al atacante: ese costado izquierdo del ataque, su territorio natural, lo ocupó un Tyrique George de 20 años, dinámico, atrevido, exactamente el tipo de perfil que encaja con el ritmo que exige Moyes. Y funcionó.

Tras el encuentro, el técnico evitó alimentar el incendio. Se ciñó al guion de club.

“Ya sabéis que no voy a dar detalles. Es una decisión del club y la apoyo. Es algo de lo que no quiero hablar demasiado”, dijo. “Una cosa sobre Everton es que tiene valores muy firmes. Todos los jugadores los asumen, dentro y fuera del campo, y creo que hoy lo han demostrado. Es una plantilla pequeña, pero hacemos todo lo posible por seguir compitiendo. No aceptamos excusas y los jugadores están haciendo un gran trabajo. Hubo humildad en nuestro juego”.

Las palabras no mencionaban a Grealish, pero el destinatario era evidente. Un entrenador decepcionado, dolido, que ve cómo uno de sus futbolistas más importantes se autoexcluye en un momento crítico.

Un vínculo fuerte con Moyes… y una temporada gris

La relación entre Moyes y Grealish nació fuerte desde el primer contacto, en agosto de 2025. El propio jugador lo dejó claro entonces: “En cuanto hablé con el entrenador, supe que solo había un sitio al que quería ir, y era Everton”. No eran frases huecas. El ex de Aston Villa se implicó desde el primer día.

Grealish llegaba con el pedigrí de haber sido pieza clave en el City del triplete de 2023: Premier League, FA Cup y Champions League. En Everton también respondió… hasta que el pie dijo basta. Una fractura en la victoria 0-1 en Villa Park, precisamente ante su antiguo club, cortó en seco su temporada.

Su comodidad en Merseyside quedó patente cuando decidió no regresar a City para la rehabilitación. Eligió Finch Farm, su nuevo hábitat, por encima del Etihad Stadium. No es un gesto menor en la jerarquía emocional de un jugador.

Everton, por su parte, valoró con lupa el segundo préstamo. La lesión, el coste económico y, sí, también el carácter. Moyes asumió el riesgo, condicionado por un mercado en el que The Friedkin Group se alejaba de una inversión fuerte mientras preparaba la venta del club. Opciones limitadas, apuesta por un talento contrastado que insistía en que solo quería volver a Merseyside.

El rendimiento, sin embargo, no ha acompañado. Esta temporada, Grealish no ha marcado ni dado una asistencia en ocho apariciones oficiales, dos de ellas todavía con la camiseta de City. Su tendencia a pausar el juego choca con el ritmo alto que exige Moyes a sus equipos. Y ahí se ha abierto otra grieta.

La situación se agrava porque el técnico sabe que no puede permitirse lujos. Grealish ya se perdió la derrota ante Arsenal por “enfermedad”. En una plantilla tan corta, cada ausencia injustificada es un golpe. Y esta, por indisciplina, ha encendido todas las alarmas.

Un carácter querido… y una sombra que no desaparece

Lo que hace más complejo el caso es que, dentro del club, Grealish es enormemente querido. En el vestuario, en los despachos, en el personal de día a día. Le definen como “un chico con un corazón de oro, amable, encantador, que realmente adora estar aquí”.

No es solo una etiqueta. Hace unas semanas, el jugador realizó una donación de 10.000 libras a una campaña de GoFundMe para el aficionado de Everton Leon Skapars, de 36 años, padre de tres hijos y diagnosticado con cáncer. La familia recauda fondos para explorar opciones de tratamiento. Su esposa, Crystal, lo explicó con crudeza emocional: “En ese momento, Jack le dio a nuestra familia algo que necesitábamos desesperadamente: esperanza. Lo que ha hecho por nosotros es algo que nunca olvidaremos. Nos emociona profundamente”.

Grealish también participó recientemente en la gala ‘Pride Of Britain’ del Daily Mirror, entregando premios y lanzando un mensaje claro: “Los futbolistas son considerados héroes, pero los verdaderos héroes son ellos”. No era una pose aislada.

En abril renovó por tres años más su papel como embajador principal de Special Olympics Great Britain, cargo que asumió por primera vez en 2022. Para celebrarlo, invitó a cinco de los diez atletas de Special Olympics GB que completaron el maratón de Londres al estadio Hill Dickinson de Everton. Los recibió con un trato VIP, visita guiada y tiempo compartido a pie de césped.

En Finch Farm, cuentan que es de los primeros en involucrarse en el programa comunitario del club, incluyendo encuentros con el equipo de Everton in the Community para personas con síndrome de Down. Grealish suele hablar de la inspiración que le transmite su hermana Hollie, que tiene parálisis cerebral. Ese lado humano no es un eslogan: se ve, se toca, se palpa.

Pero la otra cara nunca ha desaparecido del todo.

En abril, fue fotografiado dormido en una azotea de un bar de Manchester, rodeado de bebidas. No cometía un delito, pero la imagen, en plena rehabilitación de una lesión y en la era de los móviles omnipresentes, resultaba como mínimo imprudente.

En marzo de 2020, Aston Villa le multó y él se disculpó públicamente tras saltarse las normas de confinamiento durante la pandemia para ir a casa de un amigo. En noviembre de ese mismo año, admitió dos cargos de conducción imprudente en incidentes en los que se dañaron una furgoneta Citroën y un Mercedes.

Pese a todo, si se pregunta en el fútbol inglés, y en particular en Everton, las referencias personales sobre Grealish son casi siempre elogiosas. Extrovertido, generoso, cercano. Por eso, su último desliz disciplinario golpea con más fuerza a quienes le han defendido a capa y espada.

Tiempo y crédito en caída libre

Grealish no es un recién llegado a la élite ni un joven que aún busca su sitio. Es un internacional inglés, un campeón de Europa con City, un jugador que ha vivido en la cima. Y precisamente por eso, cada tropiezo pesa el doble.

Everton le ha ofrecido un refugio competitivo y emocional cuando su rol en City se desvanecía. Moyes le ha dado confianza, minutos, un lugar central en el proyecto. La afición le ha adoptado como uno de los suyos. El club ha protegido su imagen, ha respaldado su regreso tras una lesión grave, ha apostado por él en un mercado en el que cada libra cuenta.

Ahora, tras no presentarse a un entrenamiento y ver cómo el equipo rinde a gran nivel sin él, el margen se estrecha dramáticamente. El siguiente paso ya no depende de los discursos ni de los recuerdos de su mejor versión. Depende de si está dispuesto a comportarse como el líder que muchos creen que todavía puede ser.

Porque las oportunidades en la élite no son infinitas. Y para Jack Grealish, en Everton, el reloj ha empezado a correr más rápido que nunca.