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Jack Grealish: De estrella en Manchester City a incertidumbre en Everton

En la noche más grande de la historia reciente de Manchester City, Jack Grealish estaba en el césped, no en el banquillo. Titular en la final de Champions League ante Inter, 90 minutos completos, la confianza absoluta de Pep Guardiola en un mediapunta al que veía como pieza clave del futuro. Tres años después, aquel hombre de 100 millones corre el riesgo de convertirse en un recuerdo incómodo.

De estandarte europeo a problema prestado

La caída no fue repentina, pero sí constante. Entre lesiones y decisiones técnicas, Grealish solo acumuló 17 titularidades en Premier League en las dos temporadas posteriores a aquella noche de gloria. En el verano de 2025, en el Etihad ya no hablaban de cómo construir el equipo a su alrededor, sino de cómo abrirle la puerta de salida.

Everton apareció como solución práctica: cesión primero, repetida este curso. Un club necesitado de talento, un jugador necesitado de minutos. Sobre el papel, encajaba. En la realidad, seis partidos después, el guion vuelve a torcerse.

El jueves, en la victoria en la Carabao Cup ante Newcastle, Grealish ni siquiera se sentó en el banquillo. Fuera de la convocatoria tras ausentarse del entrenamiento del lunes. Everton no escondió el motivo: “incumplimiento de la disciplina del club”. Un mensaje público, duro y deliberado.

Un veterano sin margen para más tropiezos

Grealish tiene 31 años y 39 internacionalidades con Inglaterra. Se supone que es un referente de vestuario. Su carrera cuenta otra cosa: demasiadas indiscreciones, demasiadas segundas oportunidades gastadas.

Saltarse normas de confinamiento, una retirada del carné de conducir, imágenes virales en estado de embriaguez. Una colección de episodios que han ido construyendo un retrato incómodo. Aprender de los errores forma parte de la madurez; en su caso, la indisciplina no se ha ido apagando con la edad.

Guardiola ya le había lanzado una advertencia seria en 2021, cuando le dejó fuera de un partido contra Newcastle después de que él y Phil Foden llegaran al entrenamiento en condiciones poco profesionales. La señal era clara: el talento no lo justifica todo.

Grealish no se engaña sobre sus debilidades, al menos en el discurso. “La gente dice: ‘Le gusta salir, le gusta la fiesta’, y es verdad”, reconocía en Sky Sports el año pasado. “Quiero poder vivir mi vida y disfrutar, pero obviamente hay un momento y un lugar para eso. A veces, siendo sincero, probablemente no he elegido bien esos momentos”. La autocrítica está ahí. La corrección de hábitos, bastante menos.

Everton, oportunidad y advertencia

En Goodison Park, al principio, pareció que la historia podía escribirse de otra forma. Grealish arrancó su etapa en Everton con impacto: goles decisivos ante Crystal Palace y Bournemouth antes de que terminara diciembre, seis asistencias en 20 partidos de Premier League hasta que una lesión en el pie, en enero, cortó su temporada.

Había destellos, pero también una constante: la irregularidad. No disputa más de 28 partidos de liga en una misma campaña desde 2019-20, en Aston Villa. Un dato que debería preocuparle tanto como cualquier reprimenda pública.

Este verano, en los despachos de Everton existían dudas sobre volver a apostar por él. El traspaso de Iliman Ndiaye a City inclinó la balanza: hacía falta un reemplazo, y el regreso de Grealish ofrecía una solución rápida. En Manchester, Enzo Maresca le había dado cuerda en pretemporada, con minutos en la Community Shield y en el debut liguero ante Bournemouth. El italiano le abrió una puerta que muchos daban por cerrada. El intento de redención en City duró poco.

Maresca, aun así, no le ha dado la espalda en lo personal. El viernes, el técnico le dedicó palabras de afecto: “Sigo pensando que es un buen chico, con un gran corazón”. El problema, a estas alturas, ya no es el corazón. Es la fiabilidad.

Un talento que aparece a ráfagas

En su mejor versión, Grealish es un futbolista que cambia partidos. Con las medias por los tobillos, ese estilo desgarbado y desafiante, conduce, rompe líneas, obliga a los rivales a hacer faltas donde más duele. Levanta a la grada, fabrica ocasiones y las termina. Todo eso sigue ahí, pero aparece a ráfagas, cada vez más espaciadas.

Los próximos siete meses marcarán el resto de su carrera. Está en una edad en la que aún podría competir varios años al máximo nivel, pero su estatus se desploma. Sí, es un fichaje de 100 millones, un campeón de Europa y un ganador de un triplete histórico. Todo eso pertenece ya al archivo. Hoy lo que cuenta es si puede demostrar respeto por su profesión, por sí mismo y por el club que ha apostado por él.

Su contrato con Manchester City termina al final de esta temporada. El incentivo es evidente: rendir en la Premier League, liderar a Everton hacia ese título de copa que la afición ansía, presentarse de nuevo como jugador de élite. La realidad, de momento, habla de un futbolista atrapado en un limbo.

Un hombre querido que se aleja del campo

David Moyes, preguntado el jueves por el caso Grealish, fue escueto. Frío. Nada sugiere que hoy esté pensando en pedir que el club lo retenga más allá de la cesión. Y eso, en un equipo con una plantilla corta, donde perder a un jugador importante por motivos evitables solo puede generar frustración.

Fuera del césped, la historia es distinta. En una industria blindada, Grealish destaca por su cercanía. Firma autógrafos más tiempo que la mayoría, se implica en actos benéficos, cuida el trato personal donde otros se parapetan detrás de discursos estándar. En Hill Dickinson Stadium, cada vez que entra o sale, la gente le rodea. Él responde con sonrisas, selfies, gestos de cariño. Proyecta energía positiva hacia todo el mundo, menos hacia sí mismo.

“Soy un jugador que vive mucho de la confianza, quiero sentirme querido”, confesó una vez. Ese cariño, hoy, no parece venir desde el banquillo de Moyes. Para recuperarlo, ya no le bastan las palabras ni los recuerdos de Estambul. Solo le queda lo que haga, o deje de hacer, desde ahora hasta mayo. Y el margen para otro tropiezo se ha reducido prácticamente a cero.