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Jonathan Kuminga firma con Timberwolves: ¿qué salió mal?

Jonathan Kuminga firmó el miércoles por dos años y 12,4 millones de dólares con Minnesota Timberwolves. Una cifra modesta, casi discreta, para un jugador que hace apenas un año rechazó 75,2 millones de Golden State Warriors. En la Bahía, las reacciones no tardaron: sorpresa, resignación, y una pregunta incómoda flotando en el aire.

¿En qué momento se torció todo?

Un mercado que dictó sentencia

El nuevo acuerdo de Kuminga con los Timberwolves llega vía taxpayer mid-level exception: 6,1 millones el primer año. Para un número 7 del draft que fue presentado como el relevo generacional de la dinastía, el contraste es brutal. Más aún cuando se recuerda la oferta que tuvo sobre la mesa en 2023: tres años y 75,2 millones de dólares de los Warriors.

Ese contrato que nunca se firmó es hoy el eje de toda la historia. No solo porque Kuminga dejó pasar más de 20 millones garantizados, sino porque expone, con luz cruda, cómo gestionó Golden State un activo que consideraba clave para su futuro.

La realidad del mercado ha sido implacable: la NBA no ve a Kuminga como un jugador de 25 millones anuales. Ni cerca. Y eso convierte aquella propuesta de 75,2 millones en algo más que un simple error de cálculo. Fue temeraria.

La negociación que lo cambió todo

El relato de cómo se desarrollaron las conversaciones entre Kuminga y la franquicia el verano pasado, desvelado por ESPN a través de Shams Charania y Anthony Slater, dibuja un tira y afloja que hoy suena casi surrealista.

Los pasos fueron estos:

  • Mike Dunleavy Jr. abrió con una oferta de dos años y 45 millones, con opción de equipo en el segundo.
  • Kuminga la rechazó. No quería una opción de equipo; pedía más dinero anual o una opción de jugador.
  • Dunleavy subió la apuesta: tres años y 75,2 millones, con opción de equipo en el tercero.
  • Kuminga volvió a decir que no, otra vez por la opción de equipo.
  • Joe Lacob se negó a un contrato “globo” de un año, temeroso de perderlo gratis en la siguiente agencia libre.
  • Finalmente, ambas partes cerraron un acuerdo de dos años y hasta 48,5 millones, de nuevo con opción de equipo en la segunda temporada.

Visto desde hoy, el desenlace roza lo absurdo. Kuminga terminó aceptando un contrato con opción de equipo igualmente, con un valor medio similar, pero con más de 20 millones menos garantizados que la oferta de 75,2 millones. El jugador perdió dinero. La franquicia, en cambio, se salvó de un compromiso que hoy sería un lastre.

Lo que entonces parecía una apuesta agresiva por un potencial estrella ahora se ve como un disparo al aire sin red de seguridad.

El escenario alternativo: si hubiera aceptado

Imposible saber con exactitud qué habría pasado si Kuminga hubiera firmado esos 75,2 millones. Pero hay elementos que permiten imaginar un cuadro bastante nítido.

La relación con Steve Kerr ya mostraba grietas. El choque entre las expectativas del jugador —más balón, más minutos, más protagonismo— y la realidad de un equipo que seguía orbitando alrededor de Stephen Curry apuntaba a un conflicto casi inevitable. Con un contrato alto y garantizado, ese conflicto habría sido mucho más caro de gestionar.

Parte de la razón por la que Atlanta Hawks se lanzó a por Kuminga fue precisamente contractual: a efectos prácticos, llegaba como un expiring. Y así lo trataron. Rechazaron la opción de equipo y lo dejaron salir a la agencia libre.

Cuesta imaginar a los Hawks entregando a Kristaps Porzingis si el salario de Kuminga para 2026-27 hubiera estado totalmente garantizado. Ese tipo de cifra, para un jugador que aún no ha demostrado ser una estrella fiable, cambia la ecuación de cualquier traspaso.

En otro universo, Kuminga podría seguir hoy en Golden State, exigiendo salir, mientras la franquicia se enreda en un mercado que no quiere absorber un contrato inflado. Un escenario incómodo, caro y limitante para unos Warriors ya apretados por el impuesto de lujo.

Una apuesta mal gestionada

Que Kuminga rechazara la oferta grande terminó siendo un alivio para la franquicia. Pero que Golden State llegara siquiera a plantearla es un síntoma preocupante de cómo se gestionó toda su etapa.

La organización invirtió años, paciencia y capital simbólico en vender a Kuminga como “el siguiente”. El siguiente físico dominante, el siguiente dos vías de élite, el siguiente puente entre la era Curry y lo que viniera después. Mientras tanto, se hablaba de traspasos rechazados, de oportunidades perdidas, de paquetes que lo incluían y que nunca se concretaron.

Hoy, ese supuesto heredero entra en su sexta temporada con un contrato de 12,4 millones por dos años. Muy lejos del estatus que Golden State imaginó para él.

Para ser justos, no todo recae sobre Mike Dunleavy Jr. Bob Myers era el general manager cuando se eligió a Kuminga en el draft. Desde que Dunleavy tomó el relevo, el balance en ese terreno ha sido bastante sólido: Brandin Podziemski, Quinten Post, Will Richard y un primer vistazo prometedor de Yaxel Lendeborg en la Summer League apuntan a un ojo afinado para el talento joven.

Pero el legado de la “era Kuminga” en los Warriors es otro. Un proceso caótico, lleno de giros, con un contrato de 75,2 millones ofrecido y nunca firmado como recordatorio permanente de lo cerca que estuvo la franquicia de encadenarse a una apuesta que no estaba lista para sostener ese peso.

Golden State se libró por decisión del jugador, no por lucidez propia. Y esa diferencia, en una liga tan implacable como la NBA, marca la frontera entre una dinastía que se reinventa y una que se queda atrapada en sus propios errores.