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Katie Taylor y su futuro tras el retiro: ¿qué hará ahora?

Katie Taylor mira ahora hacia un lugar que ningún rival pudo mostrarle: el vacío del después. Ese espacio extraño que tantos deportistas describen como su “primera muerte”. Ahí donde las cifras y los títulos ya no sirven de escudo, donde las historias de bancarrotas, divorcios y soledades se acumulan como advertencia.

Eddie Arcaro, mito del turf estadounidense y único jinete en ganar dos veces la Triple Corona —Kentucky Derby, Preakness Stakes y Belmont Stakes— lo resumió con una crudeza inolvidable: “Cuando un jockey se retira se convierte en otro hombrecito más”. Ray “Boom Boom” Mancini, excampeón mundial ligero de la WBA, pensaba algo parecido: “Desde que me retiré como boxeador como menos, peso menos, entreno menos y me importa menos”. A ambos les fue bien en su segunda vida. Pero el combate fue duro.

El rival más feroz, al final, suele ser el retiro.

Una despedida casi perfecta

La pregunta flota ahora en el aire: ¿qué hará Katie Taylor después de esto?

Alan Minter, campeón indiscutido del peso medio a inicios de los 80, solía bromear con que solo había dos motivos para que un boxeador volviera: estar arruinado o necesitar dinero. Taylor no encaja en ninguno de esos supuestos.

Su bolsa en Croke Park ronda los 3 millones de euros. Solo en la última de sus tres peleas contra Amanda Serrano ingresó más de 7 millones. Y ni siquiera se trata solo de cifras. Es el conjunto. El modo en que se cerró el círculo.

Como despedida de una leyenda del deporte irlandés, lo del sábado roza lo inmejorable. En el imaginario colectivo ya ha desplazado incluso la larga y emotiva retirada de Brian O’Driscoll en 2014, coronada con un título del Seis Naciones, a un discreto segundo plano.

El plan del promotor Brian Peters apunta ahora en otra dirección. Su idea es que la próxima vez que el público vea a Taylor no sea con guantes, sino sobre un escenario, quizá en un salón parroquial de Inisbofin o en cualquier rincón improbable del país. Allí, junto al periodista Steve Bunce, daría vida a una obra teatral itinerante titulada “Her Story”.

“Va a ser algo bastante mágico”, promete Peters.

Cuesta encajar la imagen de Taylor recorriendo Irlanda para hablar de sí misma con la figura reservada que el público conoció durante años. Pero los segundos actos rara vez siguen un guion previsible. ¿Quién imaginó alguna vez a Roy Keane convertido en estrella mediática y rostro recurrente de anuncios televisivos? ¿Quién anticipó el deterioro público de la figura de Bill Belichick tras su salida de los Patriots?

Una voz que empieza a asomar

En la última semana, Taylor habló más que nunca. Tanto, que Eddie Hearn bromeó sobre lo mucho que se extendió con el micrófono en la mano justo después de su elegante victoria sobre Flora Pili.

Tiene voz. Falta saber qué hará con ella.

“Desde muy, muy temprano en mi carrera decidí no hablar, sino mostrar mis habilidades boxísticas y dejar que mi excelencia hablara, que mi talento hablara”, explicó el domingo por la mañana. “Y me he mantenido fiel a eso durante toda mi carrera”.

Esas habilidades todavía pueden tener utilidad. Todo apunta a que Taylor seguirá ligada al boxeo de alguna forma, aunque ese simple hecho abre tantas puertas como las que cierra. El camino más evidente es el de los guantes ajenos: entrenar, guiar, formar.

Su influencia sobre una generación de púgiles irlandeses, hombres y mujeres, es profunda. No hace falta interpretarla: legiones de boxeadores lo han dicho abiertamente. La imagen de Taylor haciendo guantes con Clodagh Keating, una niña de diez años, la semana pasada, retrata bien el alcance que ya tiene sobre la siguiente camada.

Le preguntaron de forma directa si veía posible un papel formal en el boxeo irlandés. Respondió entre risas, recordando que sus intentos de convencer a su marido para mudarse desde Connecticut quizá no “habían caído demasiado bien”. Hay seis hijos que también cuentan en esa ecuación.

Fe, familia y un futuro en construcción

Si el boxeo seguirá siendo una constante, no será la única. Está la familia. Y está esa fe religiosa firme, visible y audible el fin de semana cuando caminó hacia el ring al son de “All Hail King Jesus”.

Tras la pelea, le preguntaron por sus creencias. Contestó que aferrarse a su fe y a lo que considera la palabra de Dios la sostuvo en los momentos bajos, como el golpe emocional de los Juegos de Río 2016.

“Mirad lo que Dios ha hecho. Ha hecho lo imposible en mi vida y ha respondido una y otra vez. Eso es lo que estaba diciendo en el ring después, dándole a Él toda la gloria y el honor por todo lo que he logrado”.

Queda por ver si esa fe seguirá marcando su vida pública. Incluso si tendrá, de hecho, una vida pública más allá de esa obra teatral de la que, en las horas posteriores a su última pelea, parecía saber muy poco. Es uno de los muchos interrogantes abiertos.

Su declaración abierta de fe encaja con naturalidad en el tejido deportivo de Estados Unidos, el país que ahora llama hogar, donde religión y deporte suelen caminar de la mano. En Irlanda el vínculo es más frágil, más discutido, más cambiante.

Que ese aspecto nunca haya sido un argumento en su contra dice mucho de su peso social. Su popularidad desbordó las gradas en forma de herradura de Croke Park y se extendió bien entrada la noche de septiembre. No es solo una estrella del deporte. Es una figura incrustada en la conciencia colectiva irlandesa.

El misterio de un vínculo único

Su estatus no tiene equivalente claro. Ni en el deporte irlandés ni en la vida pública del país. Y quizá resulte aún más poderoso precisamente porque nadie ha logrado explicar del todo por qué.

Ni siquiera ella.

“No lo sé, para ser totalmente honesta. Creo que la gente, todo el país, me ha visto en mis buenos momentos y también durante mis devastaciones. Creo que la gente conecta con tus vulnerabilidades tanto como con tus éxitos.

“Me vieron lidiar con el desgarro de Río. Me vieron lidiar con el desgarro de la sombra de la derrota. Me vieron también en dificultades personales. Así que sí, creo que mi historia es la historia de todo el país”.

Su historia no ha terminado. Simplemente ha cambiado de escenario. Y ahora, sin campana ni jueces, llega el asalto más incierto de todos.