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Kevin De Bruyne brilla en su regreso, pero Odegaard decide para Arsenal

Kevin De Bruyne necesitó solo un partido como titular para recordar a Europa quién es. Primera aparición de inicio en la temporada con Napoli, apenas tres ratos saliendo desde el banquillo en Serie A, y de pronto el belga volvió a mandar. Sin rastro de óxido. Sin miedo al ritmo. Tomó el balón y empezó a dictar.

Frente a él, un viejo conocido. Declan Rice, ahora jefe del centro del campo de Arsenal, volvió a encontrarse con el futbolista que tantas veces sufrió en Inglaterra. Y lo reconoció sin rodeos ante Prime Video: incluso en una noche de victoria, De Bruyne le complicó la vida.

Rice habló de un jugador “tan inteligente”, que se mueve “en espacios realmente buenos” y que sigue generando problemas aunque el marcador no le sonría. No era cortesía de vestuario. Era la constatación de que el cerebro de aquel Manchester City campeón sigue intacto, ahora vestido de Napoli.

En la banda, otro reencuentro cargado de historia. Mikel Arteta, que compartió casi cuatro años de trabajo diario con De Bruyne en Manchester, no escondió su admiración. Al término del choque, se vio un intercambio cálido entre ambos, casi de viejo maestro y alumno privilegiado, aunque en realidad el talento descomunal siempre fue del belga.

Luego, ante los micrófonos, Arteta fue directo: si hay un jugador en Napoli que figura entre sus favoritos de siempre, ése es Kevin De Bruyne. Recordó el “lujo” de haberlo entrenado y convivido con él, y fue un paso más allá: para el técnico de Arsenal, el belga es “uno de los mejores centrocampistas de la historia” y sigue siendo un placer verlo jugar. Palabras mayores, pronunciadas después de que su equipo ganara. Eso dice mucho.

El respeto viajó en las dos direcciones. De Bruyne, lejos de refugiarse en excusas por la derrota, elogió a Arsenal y llegó a afirmar que quizá sean “el mejor equipo del mundo” en este momento. Un guiño que suena a advertencia para el resto de la Champions League.

Pero en una noche dominada por la figura magnética del belga, el golpe definitivo lo dio otro director de orquesta. Martin Odegaard, capitán de Arsenal, decidió el partido con un latigazo tardío. Una aparición letal, cuando el duelo parecía condenado a resolverse en detalles mínimos. El noruego encontró el hueco, armó el disparo y silenció el estadio. Esa fue la diferencia entre un punto y un triunfo con acento de gran candidato.

El plan de Arteta, en el fondo, se sostuvo sobre una paradoja: dejar brillar a De Bruyne lo justo… pero no permitir que esa luz se tradujera en goles. Napoli encontró en su estrella el foco creativo habitual, pero se estrelló una y otra vez contra un Arsenal compacto, maduro, con oficio de equipo que ha aprendido a sufrir en Europa.

Para los ingleses, el resultado pesa más que cualquier matiz estético. Estreno perfecto en su nueva aventura europea, y un mensaje claro tras la desilusión de la pasada temporada, cuando se quedaron a un paso ante PSG en la final. Esta vez quieren ir un peldaño más arriba. Y ganar en Italia, manteniendo la portería a cero ante un ataque dirigido por De Bruyne, suena a declaración seria.

El calendario no da tregua. Arsenal, vigente campeón de la Premier League, ya mira al domingo y a su visita a Sunderland, con la confianza disparada por una victoria que refuerza tanto el ánimo como el discurso de Arteta: este equipo ya no solo juega bien, también sabe cerrar partidos grandes fuera de casa.

Para De Bruyne, la noche deja otra lectura. No fue el héroe del marcador, pero sí el protagonista del aviso. Su actuación, tras semanas de dosificación, envía un mensaje nítido al continente: todavía no ha terminado. Ni mucho menos.

Napoli, mientras tanto, tendrá que reaccionar. La derrota prolonga una racha negativa que empieza a pesar, y el próximo compromiso ante Bologna se convierte en una cita incómoda pero imprescindible para cortar la caída. Porque si algo quedó claro en esta velada es que, con De Bruyne a este nivel, el club italiano no puede permitirse malgastar demasiadas noches como ésta.