Kurtis Campbell: De niño tímido a campeón de Muay Thai y UFC
Kurtis Campbell tenía solo siete años cuando sus padres decidieron que algo tenía que cambiar de raíz.
En el colegio de primaria, en Liverpool, los días se le hacían largos. Demasiado largos. Las burlas y los abusos de otros niños empezaban a dejar marca. Jay y Michelle, sus padres, veían cómo su hijo se encogía un poco más cada semana. Y tomaron una decisión que le iba a cambiar la vida: apuntarle a clases de Muay Thai.
Lo que empezó como un escudo se convirtió en un mundo nuevo.
«Desde entonces, nunca he mirado atrás», contó el británico Campbell a BBC Sport. «Estoy enamorado de este deporte desde entonces». Sin esa apuesta de sus padres, sin ese empujón y sin ese respaldo constante, el chico tímido de Liverpool no estaría hoy persiguiendo el sueño de ser campeón de UFC.
Diecisiete años después de aquel primer día en el gimnasio, Campbell se prepara para su segunda pelea en la élite, ante el estadounidense Trevor Peek, en UFC Paris este sábado. Otro escenario, otra ciudad, pero la misma motivación de siempre.
«No voy a parar hasta que mi madre y mi padre estén en una playa, tomando cócteles y sin hacer nada más el resto de sus vidas», afirma. «Que lo disfruten, sabiendo que ellos han creado a este monstruo. Ese es mi plan».
Del niño “blando” al campeón de Muay Thai
Al principio, todo estaba pensado para ser temporal. Un par de años de clases, aprender a defenderse antes de entrar en secundaria y poco más. Nada de carreras deportivas ni sueños de cinturones dorados. Simplemente, sobrevivir al colegio.
Pero el tatami empezó a tirar de él.
Llegaron las primeras competiciones amateur. Los nervios, la adrenalina, el ruido de la grada. Y, poco a poco, el chico que odiaba la violencia encontró en el combate un refugio.
«Era un niño bastante blando, en el sentido de que no me gustaba mucho la violencia ni las peleas», recuerda Campbell. «Sentía que, cuando peleaba de verdad y me metía de lleno, todo cambiaba y nunca volví a mirar atrás».
A los 15 años levantó su primer título internacional de Muay Thai. A esa edad, otros piensan en exámenes o en su primer trabajo de verano. Él empezaba a entender que aquello podía ser algo más que una vía de escape. Siempre con el permiso, y la preocupación, de sus padres.
Sin plan B
En clase, la historia era otra. Campbell no se veía en los libros ni en los exámenes.
«Nunca fui el niño más listo. Siempre estaba en los grupos de abajo en el colegio, así que no estaba muy centrado», admite. Los profesores insistían: «Tienes que hacer otra cosa. Necesitas un plan B».
Pero él ya había elegido. Y no pensaba negociar.
Mientras su nombre empezaba a sonar por todo Merseyside, Campbell se aferró al deporte con una determinación que desmentía su edad. No quería un plan B. Solo quería pelear mejor, entrenar más, ir más lejos.
Corría casi ocho kilómetros para ir y volver del colegio de forma habitual. Lluvia, frío, daba igual. Hubo incluso un día en que se saltó las clases, en plena preparación de los exámenes de GCSE, para asistir a un seminario de entrenadores en Liverpool impartido por John Kavanagh, el técnico que llevó a Conor McGregor a ser campeón de dos divisiones en UFC. Para muchos habría sido una locura. Para él, era simplemente el camino lógico.
El fútbol como coartada
A los 16, tras terminar los GCSE, se apuntó a un curso de formación profesional que combinaba estudios deportivos con fútbol. Sobre el papel, sonaba a programa estándar para un adolescente británico. Pero Campbell ya tenía otros planes.
Pactó con los responsables del curso una especie de trato a medida: acudiría a las clases teóricas y, cuando sus compañeros salieran al campo de fútbol, él se marcharía a entrenar deportes de combate. Mientras unos practicaban centros y disparos, él afinaba golpes y rodillazos.
«Siempre evitaba cualquier cosa que no fuera pelear», reconoce. «De verdad que no me gustaba el colegio. No era lo mío. Pero hice unos cuantos buenos amigos allí, así que hay que quedarse también con lo positivo».
Hoy, con 24 años y un contrato en UFC, ese niño que huía del aula y de los abusones se planta en París con una idea fija: seguir ganando hasta poder sentar a Jay y Michelle frente al mar, lejos de Liverpool, lejos de los problemas del pasado, viendo cómo el “monstruo” que ellos crearon pelea por un cinturón mundial.




