logo

Marc Guéhi: La contradicción entre fe y el poder de un club

Marc Guéhi camina sobre una cuerda floja que va mucho más allá de la línea defensiva. No es solo un central de élite en el corazón de la zaga de Manchester City. Es, le guste o no, el rostro de una contradicción que ya no se puede esconder detrás de un buen primer toque o de una salida limpia desde atrás.

En las últimas semanas se le ha visto extraño. Para un defensa tan ágil y pulcro con el balón, ha parecido frágil, desconectado, vulnerable a la presión rival. Como si algo le tirara de la camiseta desde un lugar que no está en el césped.

El fútbol como refugio… hasta que deja de serlo

Durante años, el fútbol ha funcionado para muchos jugadores como ese lugar donde todo se ordena. Un campo de juego con reglas claras, rituales casi militares, consignas simples: abrocharse, encogerse, correr con abandono absoluto. Una ilusión de orden en mitad del caos del mundo.

Pero esa ilusión se resquebraja cuando la realidad se cuela por las rendijas. Cuando, en plena vorágine competitiva, el club para el que juegas es declarado culpable de hacer trampas y mentir. Cuando lo que parecía solo un proyecto deportivo se revela como un engranaje más de un poder político que opera muy lejos del vestuario.

Guéhi, en público, es un hombre de principios firmes. Ha defendido su fe de forma abierta, ha personalizado el brazalete arcoíris escribiendo mensajes sobre Jesús, ha elegido vivir y exhibir sus valores. No se esconde. No se pliega a la corriente dominante. Traza su propio mapa moral.

Y, sin embargo, juega para un club condenado por vulnerar las normas. Se puede discutir si las reglas son justas o no. Pero mientras otros las cumplen, el incumplimiento se llama engaño. Se llama fraude. Se llama gloria robada. Y la Biblia, a la que Guéhi otorga un valor absoluto, no deja espacio a la ambigüedad: “Nadie debe transgredir ni defraudar a su hermano”. “El pan ganado con engaño es dulce al hombre, pero después su boca se llenará de grava”.

¿Cómo se digiere eso cuando tu fe no es un adorno, sino el centro de tu vida? ¿Cómo suena ese crujido de grava entre los dientes cuando el éxito deportivo se construye sobre una estructura que los tribunales han tachado de tramposa?

La filtración que cambia el tablero

Desde que se filtró la base de la apelación de Manchester City, el debate ha dado un giro decisivo. En medio del ruido legal, de los tecnicismos y de las interpretaciones interesadas, hay un punto que ya no admite discusión.

El dinero extra que apuntaló las cuentas del club, casi mil millones, no habría llegado directamente de los propietarios formales, el Abu Dhabi United Group, propiedad de Sheikh Mansour bin Zayed al-Nahyan, que a su vez es dueño del City. Eso vulneraría las normas. La defensa filtrada sostiene que los fondos proceden del gobierno de Abu Dabi. Es decir, de la familia real de Abu Dabi. El mismo círculo de poder del que forma parte Sheikh Mansour, pero “con otro sombrero”, en otra sala, bajo otra etiqueta institucional.

El argumento es claro: entidades distintas, roles distintos, compartimentos estancos. Un juego de puertas y nombres propio de la alta ingeniería financiera. Si el tribunal acepta esa separación, City podría encontrar una salida jurídica. Si se admite que el mismo hombre puede ser, sin conflicto, propietario privado en un despacho y brazo de gobierno en otro.

Pero el detalle esencial está en lo que se admite por el camino. Al construir esta defensa, el club asume sin rodeos que su financiación procede del gobierno de Abu Dabi. Lo que durante años algunos aficionados han negado con vehemencia —esa idea de un club convertido en proyecto de Estado— aparece ahora como pieza central de la estrategia legal. No es una sospecha. Es una afirmación.

La consecuencia es demoledora: el club que ha marcado una era en la Premier League se reconoce como criatura alimentada por un gobierno extranjero. Cada título, cada fichaje, cada escalón en esta hegemonía lleva el sello de un Estado. Guéhi, en la práctica, es un funcionario del ecosistema de Abu Dabi con botas y espinilleras.

Fe, propaganda y delito

Ahí se abre el segundo frente, el más incómodo para un jugador como Guéhi. No se trata solo de dinero. Se trata de lo que representa.

Guéhi no vive su fe en silencio. Pertenece a Ballers in God, un movimiento que busca despertar la fe cristiana en los vestuarios. Su presencia en el campo es también un mensaje. Sus botas, sus cintas, sus brazaletes, sus palabras apuntan a un objetivo: que quien le vea se plantee seguir el mismo camino espiritual.

Ese impulso misionero no es accesorio; es parte esencial de su compromiso religioso. Su iglesia le pide salir, hablar, convencer, extender el evangelio. No es un gesto privado. Es una campaña pública.

Y aquí choca de frente con la realidad del poder que sostiene a su club. En Abu Dabi, ese mismo acto es un delito. Bajo el código penal de Emiratos Árabes Unidos, repartir folletos cristianos es motivo de arresto. Un pastor fue condenado a un año de cárcel por entregar una Biblia a un musulmán. Un grupo de estadounidenses fue deportado por distribuir literatura cristiana en una zona comercial de Dubái.

Lo que Guéhi entiende como mandato moral —propagar su fe— es ilegal en el territorio que financia a su empleador directo. Su mensaje, aplaudido en los estadios ingleses como expresión de identidad y convicción, sería perseguido en el origen del dinero que sostiene su salario.

¿Hasta qué punto un futbolista puede seguir viéndose como un simple empleado, un avatar sin responsabilidad, cuando su imagen y sus valores se entrelazan con los de un Estado que criminaliza lo que él predica?

Un Estado en el corazón de la Premier

El regulador del fútbol inglés también tiene ahora esa información en la mesa. No es solo que Abu Dabi financiara el fichaje de Nolito o inflara acuerdos de patrocinio. Es que el mismo bolsillo que ha moldeado el mapa financiero del fútbol inglés participa, a distancia, en conflictos y decisiones de poder de enorme gravedad.

Ese dinero se vincula a la guerra civil en Sudán, a hospitales arrasados, a montones de cadáveres visibles desde imágenes por satélite. Procede de un sistema que criminaliza la homosexualidad, que aplasta la disidencia, que actúa con la lógica implacable de cualquier gobierno autoritario: proteger sus intereses por encima de todo.

¿Es esa una influencia aceptable en el corazón de una liga que se vende como el producto deportivo más brillante y global del planeta?

El caso de Newcastle ya obligó a un malabarismo semántico con el Public Investment Fund de Arabia Saudí, empeñado en presentarse como entidad separada del Estado. En el caso de City, la propia defensa rompe ese velo y abraza el vínculo gubernamental como salvavidas jurídico. El club, al intentar ganar en un frente, se expone en otro.

La figura de Guéhi, con su discurso de valores innegociables, queda atrapada en medio. El central que escribe sobre Jesús en su brazalete forma parte de un proyecto que se sostiene sobre el poder de un gobierno que castigaría con cárcel el mismo impulso evangelizador que él reivindica. El contraste es brutal.

¿Hasta dónde se puede mirar hacia otro lado?

Durante años, el relato dominante ha intentado blindar a los jugadores: son trabajadores, no responsables de la estructura que los contrata. No se les puede exigir que cuestionen a sus jefes. No se les puede pedir que opinen sobre la procedencia del dinero que les paga. Como si no tuvieran acceso a información, como si fueran figuras vacías movidas por otros.

Ese escudo empieza a agrietarse. No porque los futbolistas se hayan convertido de repente en expertos en derecho deportivo o geopolítica, sino porque sus propias decisiones morales chocan de frente con la realidad de sus clubes.

Guéhi, con su fe militante, es el ejemplo más claro. Pero no es el único. Cualquier jugador que construya su imagen sobre valores, causas, mensajes éticos, se ve arrastrado por la misma corriente. Cuando el club admite abiertamente que es un proyecto de Estado, la neutralidad se evapora.

La pregunta ya no es solo qué dictará el próximo fallo judicial. Ni cuántos puntos, cuántos títulos, cuántos millones están en juego. La pregunta apunta más hondo: ¿cómo se mira a los ojos a un club financiado por un gobierno autoritario y se le aplaude como si nada?

Para algunos, la respuesta será simple: el fútbol es fútbol, el resto no importa. Para otros, el choque entre fe, principios y poder político resultará imposible de ignorar.

En algún punto de ese trayecto, entre el rugido del estadio y el eco de los versículos que Guéhi dice seguir al pie de la letra, alguien tendrá que decidir qué pesa más: el próximo título o la conciencia. Y quizá, para más de uno, la única salida honesta sea la más incómoda de todas: dejar el campo atrás y preguntarse, en serio, qué sentido tiene seguir jugando este juego.