Mourinho regresa al Camp Nou: el clásico eterno
Treinta años después, José Mourinho vuelve al lugar donde empezó todo. Entonces era el joven traductor brillante de Bobby Robson; hoy regresa al Camp Nou convertido de nuevo en el hombre al que el Real Madrid ha entregado las llaves de la guerra eterna. No ha dirigido todavía un clásico en esta segunda etapa y, sin embargo, ya ha hecho el por qué?, ya ha sacado el papelito, ya ha plantado la rueda de prensa. Ha interpretado todos sus viejos papeles antes incluso de que caiga el primer balón sobre el césped del Barça–Madrid.
El escenario no puede ser más cargado de memoria. El técnico que un día proclamó “hoy, mañana y siempre, Barcelona en mi corazón” y que juró que solo iría al Real Madrid para destruirlo, regresa precisamente para intentar liderar la destrucción deportiva del Barcelona. Nostalgia, sí. Pero envuelta, como siempre en su caso, en rivalidad, heridas abiertas y una colección de cuentas pendientes.
El clásico que nunca es “un partido más”
Mourinho lo dejó claro el miércoles: “El clásico es solo otro partido del campeonato pero decir que es un partido como cualquier otro sería mentir, totalmente irreal”. Lo sabe mejor que nadie. Al otro lado, la nueva joya azulgrana espera el reencuentro. Lamine Yamal lo confesó sin rodeos: le gusta la tensión, le gusta el show. “Me encanta la aguja. La era Mourinho–Guardiola, me encantaba todo aquello. Eso es fútbol. El deporte es serio pero yo quiero espectáculo y nos divertimos más”.
Y esta vez el espectáculo llega en un momento en el que, por mucho que exista vida más allá de Barcelona y Madrid, nada parece más grande. Ni siquiera la Champions. Los partidos de esta semana en Europa se han leído como prólogo de lo que realmente importa, aunque el Barça visite París. La rivalidad está siempre ahí; en el caso de Mourinho, es el núcleo de su relato.
El día que firmó por el Madrid en 2010 fue también el día que levantó la Champions con el Inter, pero el origen emocional estaba en la semifinal previa, cuando cruzó el césped del Camp Nou con el dedo alzado, celebrando la eliminación azulgrana. En el Bernabéu respiraron aliviados: se libraban de ver al Barça levantar la Copa de Europa en su estadio y, de paso, encontraban la hoja de ruta para frenar a un equipo que parecía invencible. De regreso al Santiago Bernabéu, en el coche de Florentino Pérez mientras sus jugadores volvían a Milán, ya le estaban pidiendo que repitiera la hazaña vestido de blanco.
El presidente, el guerrero y la guerra
Florentino, que había presidido el fracaso de los galácticos y se había marchado, había vuelto en 2009 sin levantar un solo título. El dominio era azulgrana. El Barça articulaba el esqueleto de la España campeona del mundo en 2010: seis titulares en la final. El Madrid necesitaba algo más que fichajes; necesitaba una sacudida cultural, alguien que mandara en el vestuario y estuviera dispuesto a ir a la guerra. “El galáctico de este año es José Mourinho”, proclamó el presidente.
Aquella etapa terminó envenenada, con enemigos dentro y fuera. “Tres años intensos, casi violentos”, los describió después el propio Mourinho. Y, sin embargo, Pérez nunca dejó de sentirse atraído por el único entrenador al que ha apreciado de verdad. Incluso cuando se mostraba beligerante; sobre todo cuando se mostraba beligerante. A ojos del presidente, Mourinho había devuelto al Madrid a su lugar “natural”. Tras cada Champions posterior, Florentino llamaba para recordarle que él había encendido la mecha.
Los números cuentan otra cosa y la misma a la vez. El primer clásico de Mourinho fue un 5-0 que pasó a la historia, con un Barça que acabó ganando Liga y Champions. Su última temporada fue en blanco. Guardiola levantó el doble de trofeos. Pero de las cuatro competiciones que el técnico catalán no consiguió conquistar en el Barça, tres se le escaparon precisamente ante equipos de Mourinho. El portugués perdió muchas batallas, pero dejó cicatrices.
Desde entonces, la historia europea ha seguido sin el Barça como coprotagonista. Desde que Mourinho se marchó, el Madrid ha tejido un registro de Champions casi irrepetible: la ansiada décima, que se resistió 12 años, y después la undécima, duodécima, decimotercera, decimocuarta y decimoquinta en apenas una década. Todo eso sin un solo clásico europeo desde aquella semifinal de 2011, la del por qué?, la de las acusaciones de favoritismo arbitral hacia el Barça y las insinuaciones contra la UEFA.
Un viejo remedio para un nuevo problema
El tiempo ha pasado, pero las similitudes con aquel 2010 son demasiado evidentes para ignorarlas. El Madrid suma dos temporadas sin títulos. En la primera, el Barça se llevó la Liga con dos jornadas de margen, cerrando un triplete doméstico y ganando cuatro veces al Madrid, con 16 goles a favor. En la siguiente, volvió a sentenciar el campeonato con semanas de antelación, otra vez con un clásico incontestable que certificó su superioridad en un curso en el que las grietas del Madrid se vieron a plena luz.
España ganó el Mundial con ocho jugadores del Barça en la convocatoria. El único representante madridista, Marc Cucurella, fichó por el club blanco con el torneo ya empezado. Para muchos en Chamartín, aquello olía a crisis estructural. Y cuando en el Madrid huele a crisis, el nombre de Mourinho vuelve inevitablemente a la mesa.
La nostalgia hizo el resto. Sus defectos se difuminaron con el tiempo. Pesó más la idea de un hombre con autoridad, y sobre todo con autoridad concedida, para imponerse en el vestuario. Alguien con personalidad para pelear, para volver a la guerra. Con casi todos. Y, muy en especial, con el Barcelona.
La arenga pública de Florentino en mayo, repleta de campañas, conspiraciones, política y paranoia, encajaba a la perfección con el perfil del portugués. El caso Negreira, con el Barça investigado por los pagos de más de siete millones de euros entre 2001 y 2018 al entonces vicepresidente del Comité Técnico de Árbitros, José María Enríquez Negreira, se ha convertido en el eje del discurso madridista. El Barça niega la corrupción y sostiene que Negreira actuó como asesor, pero el relato del Madrid ya tiene columna vertebral. No ayuda que el presidente de LaLiga compare el canal de televisión del club blanco con la propaganda de Joseph Goebbels.
Otra cosa es si las quejas actuales tienen base o si el salto a la conspiración permanente tiene sentido. Cada error arbitral, e incluso decisiones que ni siquiera lo son, se enmarca ahora como parte de un plan maquiavélico. Las insinuaciones son constantes, cuando no directamente explícitas. El ecosistema perfecto para que Mourinho se sienta en casa.
El viejo Mourinho reaparece
A su llegada, el técnico aseguró estar más mayor, más calmado. La teoría duró poco. La derrota ante el Betis trajo el primer por qué? (la respuesta era sencilla: así está escrito en el reglamento, la decisión fue correcta). La caída frente al Atlético llegó con el ya famoso papel impreso bajo el brazo. Y la última escena fue aún más elocuente: no se presentó a la rueda de prensa después de invadir el campo para abrazar a Vinícius Júnior tras un gol anulado ante el Villarreal, acción que terminó con el brasileño expulsado por tirar del pelo a Nathan Saliba. Cuatro partidos de sanción. Vinícius, fuera del clásico.
El propio Mourinho explicó después la ausencia: no quería decir nada que le costara una sanción para el gran partido. Se mordió la lengua para estar en el banquillo en el Camp Nou. Y, mientras tanto, algo ha empezado a moverse en el campo.
El sábado pasado, cuando el Barça firmó su undécima victoria en once jornadas, con una media de más de cuatro goles por encuentro, el veredicto parecía unánime: el clásico era suyo, la Liga quedaría prácticamente sentenciada en octubre. El equipo de Hansi Flick volaba, con Lamine Yamal como estandarte, mientras el Madrid llegaba con dos derrotas y un juego plano. Problemas viejos, pocas soluciones, escaso fútbol.
Pero el Madrid, fiel a su costumbre, volvió a escribir un final improbable en Roma: de 3-1 a 3-4 en siete minutos. Otra remontada “inexplicable”. Esta vez, sin embargo, había algo más que mística. En esos minutos jugaron Arda Güler, Yan Diomande, Fede Valverde como lateral derecho… y no jugó Vinícius.
La pista era demasiado evidente como para ignorarla. Mourinho repitió la fórmula. Ante el Sevilla, el Madrid marcó cuatro, tres de ellos de una belleza rotunda. Días después, otros cuatro al Leipzig, con Diomande firmando una volea magnífica ya sin Vinícius en el campo. La noche anterior, el Barça había encajado cuatro en el Parc des Princes.
Flick calcula, Mourinho protesta
Hansi Flick no lo ocultó: priorizó el clásico por delante del duelo ante el PSG. Dejó fuera a Rodri, retiró pronto a Pedri y Raphinha para dosificarlos con vistas a un partido que puede marcar una temporada y que, históricamente, suele hacerlo. El problema para el alemán está atrás. Las lesiones le obligan a improvisar y los números no engañan: 15 goles encajados son demasiados para un equipo que quiere mandar en España y en Europa.
Mourinho, fiel a su personaje, no dejó pasar la ocasión para quejarse del calendario: un día menos de descanso para el Madrid antes del clásico. Un argumento que se matiza solo al mirar el mapa: su equipo jugó en casa ante el Leipzig; el Barça viajó a París para enfrentarse al PSG. Da igual. La queja ya está lanzada, una pieza más en el relato de que “ellos” siempre van contra el Madrid.
En el vestuario, el discurso es algo distinto. “Necesitamos recortar la distancia y solo podemos hacerlo ganando”, advirtió Thibaut Courtois sobre los seis puntos que separan a ambos equipos. “Vamos con confianza”. Y, por primera vez en semanas, la sensación en el entorno blanco acompaña. La derrota ya no se percibe como inevitable. El título vuelve a aparecer en el horizonte. Y, sobre todo, empieza a intuirse algo parecido a un equipo.
Mourinho lo resumió el miércoles por la noche con una frase que sonó a aviso y a excusa preventiva a la vez: “Tenía que conocerles. Solo llevo aquí 105 días; no es mucho tiempo”. El clásico dirá si ese tiempo basta para reescribir otra vez la historia o si el Camp Nou le recuerda, con crueldad, por qué aquel 5-0 nunca se borra del todo.




