Alexander Zverev: De promesa a campeón del US Open
Las compuertas del Grand Slam se han abierto por fin para Alexander Zverev. El alemán, durante años atrapado entre la etiqueta de eterna promesa, las lesiones y la controversia, ya pisa con fuerza el territorio reservado a los elegidos: campeón del US Open, su segundo grande en menos de cuatro meses, tras más de una década de desgaste.
En junio, en Roland Garros, había encontrado por fin su “final feliz”. El título en París cerraba una vieja herida. En Nueva York, la cicatriz se convirtió en marca de campeón.
El domingo disputó su tercera final de Grand Slam consecutiva. Venía de ser subcampeón en Wimbledon y, esta vez, sí remató: victoria ante la nueva gran esperanza estadounidense, Ben Shelton, para coronarse en Flushing Meadows y consolidarse entre los hombres que mandan en el circuito.
De niño predestinado a adulto golpeado
Con 1,98 metros y un tenis diseñado para dominar, Zverev parecía destinado a la cima desde muy joven. Nacido en el seno de una familia de tenis —su padre y su madre jugaron a alto nivel en la antigua Unión Soviética— creció con la raqueta como idioma materno.
“Para mí, mi familia lo es todo y les debo mucho por ayudarme a convertirme en el tenista que soy hoy”, ha dicho en más de una ocasión. La frase suena a tópico, pero en su caso es literal: sin ese núcleo, su carrera quizá no habría sobrevivido a los golpes que llegaron después.
Porque el camino, pese a las expectativas, nunca fue recto. Zverev convive con la diabetes y en 2022 sufrió en Roland Garros una lesión de tobillo que amenazó con cambiarlo todo: rotura de ligamentos en plena semifinal contra Rafael Nadal, quirófano y una larga rehabilitación cuando parecía estar a un paso del gran salto definitivo.
A ese escenario deportivo se sumó una sombra que le ha acompañado en los últimos años. Dos exparejas, Olga Sharypova y Brenda Patea, le acusaron de violencia doméstica, acusaciones que él ha negado con firmeza. El circuito ATP investigó una de las denuncias y concluyó que no había pruebas suficientes para sancionarle. El caso con Patea, madre de su hija, derivó en 2023 en una orden penal y una multa de un tribunal alemán. Zverev recurrió y, en junio de 2024, alcanzaron un acuerdo, horas antes de que el jugador saltara a la pista para disputar las semifinales de Roland Garros.
La dualidad ha marcado su carrera: grandes noches de tenis, grandes titulares fuera de la pista.
El fantasma de Nueva York y la reconstrucción
Su primera gran cita con la historia llegó también en el US Open, en 2020. Aquella vez, el desenlace fue devastador: final perdida ante Dominic Thiem después de ir ganando por dos sets a cero. Un derrumbe que dejó cicatriz.
“Ese fue exactamente el momento en el que tenía problemas reales con mi saque y con mi segundo saque”, recordó al hablar de aquel partido. “Sabía que mi saque podía venirse abajo en cualquier momento. Esa es una diferencia que sí siento ahora, por suerte para mí”.
Su ascenso, que parecía imparable, se frenó en seco con la lesión de tobillo en París dos años más tarde. El cuerpo dijo basta justo cuando el juego pedía paso. Zverev pasó por el quirófano y tuvo que empezar de nuevo.
Regresó en enero de 2023. No lo hizo con fuegos artificiales, pero sí con una determinación distinta. Ese mismo año levantó su vigésimo título profesional en Hamburgo. El 2024 terminó de cambiar el relato: final en Roland Garros, escalada hasta el número dos del mundo y una sensación clara de que la vieja duda —¿es mentalmente frágil?— empezaba a desvanecerse.
“In la vida de un deportista profesional tendrás los puntos más altos y los más bajos”, reflexiona. “Quedarte atrapado en los momentos bajos es el mayor error que puedes cometer. No deberías intentar evaluarlo todo cuando los tiempos son duros; deberías buscar formas de mejorar cuando estás arriba”.
No siempre lo logró. En el Abierto de Australia 2025, en su tercera final de Grand Slam, Jannik Sinner le pasó por encima en tres sets. Otro golpe, otra pregunta sobre si su gran techo en los majors era la derrota honrosa.
Oro olímpico, dudas y por fin la ruptura del muro
En medio de ese vaivén, hubo un punto de luz que nunca se apagó: el oro olímpico en Tokio 2021. Allí, Zverev firmó una de las victorias más resonantes de su carrera al tumbar a Novak Djokovic y, después, rematar la faena frente a Karen Khachanov en la final. Ese torneo mostró de qué era capaz en los escenarios más grandes.
Sin embargo, el tiempo pasaba y el tenis masculino encontraba nuevos dueños. Jannik Sinner y Carlos Alcaraz se repartieron nueve Grand Slams consecutivos, un dominio que convirtió a Zverev en una figura extraña: siempre presente, siempre peligroso, pero sin ese gran título que cambia una biografía.
Las dudas regresaron con fuerza. ¿Rompería alguna vez su maldición en los grandes? ¿O quedaría atrapado en el territorio de los “casi”?
Él asegura que nunca dejó de creer. En Nueva York, ya con el trofeo en la mano, lo explicó con una sonrisa que mezclaba alivio y reivindicación: “Yo creía en ello. Creía que era posible”, dijo ante la prensa. Y añadió, entre risas: “Creo que muchos de ustedes no”.
Ahora, con Roland Garros y US Open en el bolsillo en menos de cuatro meses, la pregunta ha cambiado de bando. Durante años se discutió si Alexander Zverev sería capaz de ganar un Grand Slam. Hoy, la incógnita es otra: ¿cuántos más está dispuesto a arrebatarle a esta nueva generación?




