Canelo Álvarez recupera el título mundial del peso supermedio en Riad
En Riad, bajo los focos y entre dudas sobre su vigencia, Saúl “Canelo” Álvarez volvió a poner las cosas en su sitio. El mexicano, cuestionado tras su derrota ante Terence Crawford, viajó a Arabia Saudí para recuperar algo más que un cinturón: su lugar en la cima del peso supermedio. Y lo hizo a su manera, con control, paciencia y una lectura de combate que Christian Mbilli jamás consiguió descifrar.
Álvarez se impuso por decisión unánime al francés, arrebatándole el título mundial WBC del peso supermedio con tarjetas claras: 115-112, 116-111 y 117-110. Con ello, se convierte en campeón mundial del peso supermedio por tercera vez y devuelve su nombre al centro del tablero de los 168 libras.
Al sonar el veredicto, Canelo explotó de emoción. En el ring, con Oleksandr Usyk y Turki Alalshikh acercándose para felicitarle, el mexicano resumió lo que significaba esta noche: era el sueño de volver a coronarse hecho realidad. Agradeció a su equipo y, en especial, a Eddy Reynoso, al que señaló como el arquitecto del campeón que sigue siendo. Después, anunció lo que viene: descanso de un par de semanas… y vuelta al trabajo.
Un combate de ajedrez en el desierto
La pelea arrancó con la tensión propia de una gran cita. Himnos de Arabia Saudí, Francia y México. Mbilli entrando primero, con la bandera francesa a la espalda, sabiendo que tenía delante la oportunidad de su vida: defender por primera vez su cinturón WBC y tumbar a una leyenda. Luego, el espectáculo habitual: la caminata de Canelo, bandera de México en alto y una comitiva a la altura de su nombre.
Desde el primer asalto quedó claro el guion. Canelo plantado en el centro, firme, jab afilado, esperando el primer avance agresivo del campeón. Mbilli intentó acorralarlo contra las cuerdas, pero se topó con una defensa cerrada y muy pocas grietas. El mexicano marcó el ritmo con el jab y la precisión; el francés, con volumen y presión.
En el segundo asalto, Mbilli empezó a encontrar algo de espacio. Un recto por el centro llamó la atención de Canelo, que respondió con un latigazo de izquierda al cuerpo. El ritmo subió. El campeón acortó distancias, el retador castigó abajo. El combate se fue calentando golpe a golpe.
El tercer episodio tuvo algo de juego psicológico. Canelo se cubría bien ante las manos pesadas de Mbilli y, en un gesto de confianza total, llegó a invitar al campeón a seguir atacando, a “venir más”. El francés creyó que mandaba; el mexicano estaba midiendo, anotando cada reacción.
Mbilli empuja, Canelo afina
Al llegar al cuarto asalto, la pelea era complicada de puntuar. Mbilli tiraba mucho, buscaba impresionar a los jueces con su iniciativa, avanzaba siempre en modo ofensivo. Canelo, más selectivo, conectaba los golpes más limpios. El francés cerró bien el round, desatando combinaciones que empujaron al mexicano hacia la esquina.
En el quinto, los dos decidieron invertir más al cuerpo. Intercambios limpios, trabajo de ida y vuelta. Canelo parecía conectar lo más nítido, pero Mbilli no dejaba de lanzar. El mexicano se quejó de un golpe a la nuca, señal de que la batalla en corta distancia empezaba a rozar el límite del reglamento.
El sexto asalto mantuvo el tono de ajedrez tenso. Mbilli insistía con golpes rectos, intentando abrir la guardia. Canelo respondió con una combinación que arrancó un murmullo del público. Subió su ritmo, se soltó un poco más y se llevó los aplausos. El combate seguía igualado, pero la sensación era que el mexicano empezaba a leer mejor cada movimiento del campeón.
El séptimo marcó un punto de inflexión en lo boxístico. Canelo, ya pasado el ecuador, encontró por fin una cadencia cómoda. Retrocedía, invitaba a Mbilli a entrar, lo recibía con rectos y, sobre todo, con un uppercut de manual que arrancó una sonrisa irónica del francés. Fue el mejor asalto del mexicano hasta ese momento, con muchas manos claras al final del periodo.
El punto que cambió la pendiente
El octavo asalto trajo la acción más polémica de la noche. Canelo trabajaba bien a la contra, aprovechando los ataques cada vez más predecibles de Mbilli, cuando llegaron una serie de golpes a la parte trasera de la cabeza del mexicano. Álvarez protestó, señalando que eran ya tres. El árbitro escuchó… y castigó.
Un punto menos para Mbilli. El campeón negó con la cabeza, visiblemente molesto. La sanción puede parecer dura, pero en un combate tan cerrado en algunos tramos, la decisión podía convertirse en un giro clave. Desde ese instante, la cuesta para el francés se hizo más empinada.
En el noveno, con ese punto ya en contra, Mbilli se vio obligado a acelerar. Sin embargo, fue Canelo quien mostró una cadencia de trabajo más sólida, cazando al francés cada vez que este entraba en su radio. El campeón necesitaba pisar a fondo, pero se iba chocando una y otra vez con la guardia y los contragolpes del mexicano.
El décimo asalto dejó una imagen clara: Mbilli empezaba a pagar el desgaste. Menos convicción al avanzar, menos chispa en sus combinaciones. Canelo, cómodo, entraba y salía de la distancia, manejando el tiempo del combate. El francés intentó subir el ritmo al final, pero la mayoría de sus golpes se estrellaron en los guantes y antebrazos del retador.
Canelo cierra con autoridad
Undécimo asalto. Las matemáticas eran crueles con Mbilli: necesitaba un nocaut. Y no había mostrado aún la mano que cambiara la noche. Canelo, fiel a su estilo, siguió boxeando con limpieza, contragolpeando cada entrada desordenada del francés. El dato que pesa sobre cualquier rival del mexicano volvió a aparecer: jamás ha sido derribado en su carrera profesional. Esta noche, ni siquiera estuvo cerca de eso.
Llegó el duodécimo, el asalto de campeonato. Canelo ya había hecho el trabajo, había impuesto su plan, pero no se limitó a sobrevivir. Siguió resolviendo el rompecabezas hasta el último segundo. Mbilli, con el depósito casi vacío, conectó un gran golpe que arrancó un suspiro general en la arena. El mexicano, lejos de amarrarse, lo llamó a intercambiar, agitó las manos y le pidió más.
Los dos se enfrascaron en los últimos cruces de la noche. El francés vació lo que le quedaba, pero ya era demasiado tarde. La sensación era inequívoca: Canelo había hecho de la pelea el combate que él quería, no el que Mbilli necesitaba.
La decisión de los jueces solo confirmó lo que se había visto sobre el ring. Tarjetas amplias a favor de Álvarez, nuevo campeón WBC del peso supermedio y, de nuevo, figura central de una división que parecía empezar a pasar página sin él.
Mbilli, por su parte, se marchó sin estridencias, algo apagado para lo que prometía su pegada. Tendrá que rehacer el camino si quiere volver a la conversación grande.
México manda también con Munguia
La noche en Riad tuvo otro capítulo importante para el boxeo mexicano. Jaime Munguia defendió su título mundial WBA del peso supermedio con una victoria por decisión unánime sobre Nikita Zon: 116-112, 116-112 y 117-111 en las tarjetas.
Las cifras engañan. El combate fue una montaña rusa. El sexto asalto se convirtió en candidato a episodio del año: Zon desató una tormenta que pareció a punto de terminar con Munguia, pero el campeón aguantó de pie, resistiendo una andanada que habría derribado a muchos. No lo detuvieron, y ese fue el punto que sostuvo toda su defensa.
Desde ese susto monumental, Munguia recompuso el plan. Con más calma, más oficio y el empuje de la experiencia, fue apagando poco a poco al retador. En los asaltos finales, el mexicano mandó con claridad. En el décimo llegó incluso a ir al suelo, pero el árbitro lo consideró empujón, decisión que no gustó al público. Aun así, la tendencia ya estaba clara: Zon necesitaba algo grande en los últimos episodios y nunca lo encontró.
En el duodécimo, Eddy Reynoso envió a Munguia con una orden precisa: ganar el asalto. El campeón cumplió, controló los intercambios y cerró una defensa exitosa que no borra el susto, pero sí refuerza su carácter.
Una velada que recoloca el mapa
El resto del cartel en Riad dejó también victorias importantes: Rafael Espinoza defendió con éxito su cinturón mundial WBO del peso pluma al vencer por TKO en el tercer asalto a Ricardo Blandon; Reito Tsutsumi se impuso por TKO en el segundo a Raymundo Rojas Garcia en superpluma; Carl Jammes Martin derrotó por decisión dividida a David Picasso en peso pluma; Sultan Almohammed ganó por decisión unánime a Erick Jahir Urvina Villegas en superpluma; Bek Nurmaganbet noqueó en el primer asalto a Marcos Vazquez Rodriguez en supermedio; Brayan Leon Salgado se llevó la decisión unánime ante Hector Octavio Aguirre Martinez en supermedio; y Carlos Emilio Rojo Vazquez cerró con un TKO en el cuarto asalto frente a Flavius Biea en peso medio.
Pero la noche giró, sobre todo, alrededor de una sola imagen: Canelo Álvarez, otra vez con un cinturón del peso supermedio en la cintura, celebrando en el centro del ring. En un deporte que no perdona las dudas ni el paso del tiempo, el mexicano respondió donde siempre ha sabido hacerlo: bajo las luces, con guantes puestos y el mundo mirando.
Descanso corto, prometió. Luego, volver al gimnasio. Porque, después de Riad, la pregunta ya no es si Canelo sigue siendo campeón. La verdadera cuestión es: ¿quién se atreve ahora a ir a por su trono en las 168 libras?




