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Everton supera a Coventry en medio de polémicas arbitrales

En una noche espesa en Hill Dickinson, con más dudas que brillo y con el VAR en el centro de todo, Everton se agarró a lo único que hoy parece innegociable en este equipo: los goles de Thierno Barry. El 3-1 ante Coventry deja tres puntos, alguna mueca en el banquillo y un rival con la sensación de haber sido golpeado tanto por el marcador como por las decisiones arbitrales.

Barry, del verano silencioso al rugido de Hill Dickinson

Thierno Barry salió del césped sonriendo. No era para menos. Otro doblete, diez goles ya en la temporada y solo Erling Haaland por delante en el registro total. El delantero francés lo resumió con naturalidad, casi como si no estuviera reescribiendo su propia carrera: trabajó todo el verano, ahora se ven los frutos, y su única obsesión es seguir empujando al equipo.

En Hill Dickinson se siente en casa. Lo dijo sin rodeos: jugar ahí es un placer, marcar ahí es un privilegio. Los aficionados lo acompañan desde el primer minuto hasta el último, y ese ruido se ha convertido en el telón de fondo de su explosión. Antes fallaba, dudaba, se nublaba la mente cuando las ocasiones se escapaban. Ahora, cada balón cerca del área parece una amenaza.

Su segundo gol, el que desató la tormenta, llegó con una sombra: el balón pareció tocarle la mano antes de entrar. Barry lo celebró con un baile sacado de un vídeo de la NFL visto la noche anterior en TikTok, un plan que debía compartir con Tyrique George… aunque el compañero se quedó corto de valor y el delantero terminó ejecutando la coreografía en solitario. La alegría, eso sí, contrastó con la indignación visitante.

Un Everton eficaz, un Coventry incómodo

David Moyes no salió del todo convencido con el rendimiento, pero sí con el resultado. Lo dijo claro: fue una buena reacción, no necesariamente una gran actuación. Everton regaló un gol pobre, uno de esos tantos que irritan a cualquier entrenador, pero a partir de ahí el equipo respondió. El tramo final fue suyo, los goles cayeron del lado azul y, en una Premier League que no perdona, eso es lo que cuenta.

Coventry, sin embargo, no fue un simple invitado. Compitió, incomodó, se plantó en Hill Dickinson con personalidad y con el aval de sus recientes victorias ante Forest y Sunderland. Frank Lampard salió del partido con una mezcla de orgullo por el juego y rabia por las decisiones. Su lectura fue directa: los grandes momentos arbitrales cayeron todos del mismo lado.

La noche del VAR: tirón de pelo, línea del área y una mano fantasma

El choque quedó marcado por tres acciones que, una a una, fueron encendiendo a Coventry.

  • Primero, el tirón de pelo de James Tarkowski sobre Caleb Yirenkyi dentro del área. El contacto existió, las repeticiones lo mostraron, y la sensación es que el VAR se centró más en un posible mano del defensor dentro de la misma jugada que en la infracción sobre el delantero. Las nuevas interpretaciones sobre el tirón de pelo rebajan la sanción disciplinaria, pero para penalti basta con que sea falta. Muchos vieron ahí una pena máxima ignorada.
  • Después llegó el derribo a Taiwo Awoniyi por parte de Vitalii Mykolenko, en una acción milimétrica sobre la línea del área. La cámara situada a la altura de la frontal sugirió que el contacto podía estar justo en el límite. El VAR entendió que no había base suficiente para conceder penalti ni para transformar la acción en simple falta. Otra decisión gris, otra vez en contra de Coventry.
  • La tercera jugada, la más inflamable, fue el segundo tanto de Barry. El balón parece cambiar de trayectoria tras un leve toque en la mano del delantero antes de entrar. El criterio reciente en la competición ha llevado a anular goles por acciones similares, pero esta vez el VAR concluyó que no había prueba concluyente. Lampard habló de un ángulo definitivo que, para él, demostraba el contacto. Desde la cabina de vídeo, en cambio, se optó por sostener el gol.

Dale Johnson, analista arbitral, lo resumió con frialdad: tres decisiones grandes, dos de ellas con motivos serios para que Coventry se sienta perjudicado. Jamie Redknapp fue más directo: los penaltis sobre Yirenkyi y Awoniyi debieron señalarse. En un partido tan apretado, ese tipo de detalles cambian historias.

Dewsbury-Hall, carácter en medio del ruido

Mientras las cámaras perseguían las repeticiones, Kiernan Dewsbury-Hall ponía voz al otro gran hilo narrativo de Everton: la mentalidad. El centrocampista habló de una semana perfecta, tres partidos, tres victorias, y de un equipo que ya no se rinde cuando va por detrás. Los goles en el tramo final de los encuentros no son casualidad, forman parte de una identidad que se ha ido forjando a golpes.

Frente a Coventry, el tanto visitante actuó como despertador. No debería ser así, admitió, pero lo fue: a partir del 0-1, Everton subió una marcha. En la última media hora, el rival ya no supo cómo frenar esa ola.

Dewsbury-Hall disfruta, además, de su rol híbrido en el sistema de Moyes, con libertad para aparecer por todo el campo y una conexión cada vez más evidente con Barry. No dudó en señalar al delantero como la chispa que encendió la remontada. Sin sus goles, dijo, probablemente el partido no se gana.

El mediocampista también arrastraba su propia batalla: se quedó fuera de la última lista de Inglaterra. Lo calificó como una mañana dura, un golpe a un sueño enorme. Pero su respuesta ha sido futbolística, no discursiva. Seguir rindiendo, seguir empujando, hasta que llegue la llamada. O hasta que ya no puedan ignorarle.

Moyes se apoya en Barry y mira al futuro con cautela

Moyes, pragmático como siempre, se aferra a lo tangible: Barry ya suma diez goles, se está convirtiendo en pieza clave y, como bromeó el propio técnico, ahora tiene margen para acercarse y decirle “te lo dije”. Everton siempre confió en su potencial, aunque el delantero haya desperdiciado ocasiones en el camino. Hoy, cada tanto pesa. Y mucho.

Sobre las jugadas polémicas, el escocés fue más cauto. Aseguró no haber visto el tirón de pelo de Tarkowski y negó mano en el segundo gol de Barry según las imágenes que manejaba. Se permitió incluso una ironía: hoy, un tirón de pelo parece solo tarjeta amarilla, si es que llega. Pero dejó claro que revisaría todo con calma.

La otra gran incógnita de la noche, Jack Grealish, sigue sin novedades. Moyes no ofreció detalles ni plazos. Silencio, espera y un equipo que, mientras tanto, encuentra soluciones en otros protagonistas.

Coventry, por su parte, se marcha con la sensación de haber competido bien y de haber sido castigado por algo más que sus errores. Lampard insistió en que ve progresión, espíritu y trabajo. Pero la tabla no entiende de matices ni de explicaciones arbitrales.

Everton suma, se aferra a la racha y se acostumbra a ganar incluso en noches discutidas. Coventry se queda con la rabia y la tarea de transformar ese enfado en combustible. La pregunta es simple y brutal: ¿quién sabrá gestionar mejor lo que pasó en Hill Dickinson cuando la temporada entre en su tramo decisivo?

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