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George Chuvalo: el peso pesado indestructible que nunca cayó

George Chuvalo solía resumirse en una frase sencilla y feroz: su actitud. No presumía de técnica fina ni de pies ligeros. Presumía de no rendirse. “Seré el último tipo en abandonar a alguien”, decía. Lo vivió en el ring. Lo sufrió fuera de él.

Murió el 12 de septiembre, el mismo día en que cumplía 89 años. El World Boxing Council confirmó su fallecimiento y lo despidió como lo conoció todo el mundo del boxeo: un hombre de coraje inagotable y mentón de hierro, condecorado con la Orden de Canadá tanto por su carrera como por su cruzada antidrogas.

Un récord forjado a golpes

Su hoja de servicio impresiona incluso en una era de gigantes: 73 victorias, 18 derrotas y 2 empates, con 64 triunfos por nocaut. Un pegador puro. Un peso pesado de los de antes, de los que avanzaban sin dar un paso atrás.

Entre todos esos combates, Chuvalo guardaba un orgullo especial: la noche de 1968 en la que fulminó en cinco asaltos al mexicano Manuel Ramos, campeón de los pesos pesados de su país. “Creo que estaba clasificado número 4 del mundo”, recordaría años después en la revista canadiense Maclean’s. “Noqueé a todos los número 4”. El problema, admitía con su crudeza habitual, llegaba “con los unos, los doses y los treses”.

Y ahí entra en escena el más grande de todos.

Dos noches con Ali

Chuvalo tuvo apenas 17 días para prepararse para su primera cita con el número 1 indiscutible del planeta: Muhammad Ali. Era 1966. Ali, en plena tormenta política por su oposición a la guerra de Vietnam y al servicio militar, se había quedado sin combate ante Ernie Terrell en Chicago. El escenario cambió. El rival también. El campeón viajó a Canadá para medirse con un desconocido para muchos apostadores, que vieron en el canadiense un simple saco de golpes con corazón: las casas de apuestas lo colocaron como víctima segura, 7 a 1 en contra.

Un titular de The New York Times fue implacable y, a la vez, certero con el sentir general: “A Big Bum With a Lot of Heart”. Un bulto grande con mucho corazón.

Ali ganó por decisión unánime. El resultado no dejó dudas. Pero la pelea cambió la percepción de Chuvalo. No besó la lona. No se quebró. Aguantó castigo hasta el final, con un rostro tan deformado que el cronista del Toronto Star, Milt Dunnell, lo comparó con “un cubo de bolas en un campo de prácticas de golf”. Volvieron a verse las caras en 1972, en Vancouver. Otro triunfo claro para Ali. Otra demostración de resistencia salvaje de Chuvalo.

Él mismo se definía como un boxeador “duro y rudo”, un fajador de 1,83 metros que se había entrenado no solo para pegar, sino para soportar. Su estilo lo resumió de manera brillante Rocky Marciano, excampeón del mundo, con una frase que se convirtió en leyenda: si todos los combates duraran cien asaltos, George Chuvalo estaría invicto en cualquier época.

En sus memorias, el canadiense atribuía parte de su mentón de granito a algo tan prosaico como “haber nacido con el cuello corto”. También aseguraba que mascar chicle de burbujas le había fortalecido la mandíbula. Y añadía un ingrediente más, mucho menos romántico: la pobreza extrema. “El hambre es combustible para cualquiera que quiera ser boxeador profesional”, sostenía.

De Macaroni Field al título de Canadá

George Louis Chuvalo nació en Toronto el 12 de septiembre de 1937, hijo de inmigrantes croatas procedentes de lo que hoy es Bosnia. Su padre despellejaba reses en el suelo de un matadero. Su madre trabajaba en una planta avícola, arrancando plumas a dos centavos y medio por pollo.

Fue ella quien, cuando él tenía unos nueve años, le consiguió su primer par de guantes. El chico llevaba dos años suplicando. Todo empezó con unas fotos de boxeadores musculosos en un estanco del barrio. Se quedó hipnotizado por la imagen de un hombre de pie, brazos en alto, sobre un rival desplomado. “El poder de noquear a un tipo, de quedarte de pie sobre él, de levantar los brazos en el aire, eso era lo que me atraía del boxeo”, explicaría en 2013 al National Post. “Un hombre de las cavernas puede entender el boxeo. Puede que no entienda el cricket, pero puede entender el boxeo”.

Sus primeras peleas se dieron en un descampado junto a una fábrica de pasta, un lugar conocido como Macaroni Field. A los 18 años ya era profesional. En 1958 se proclamó campeón de los pesos pesados de Canadá. Casi cuatro décadas más tarde seguía presumiendo de banca: levantaba 400 libras y no abandonaba el gimnasio ni retirado.

El combate más duro, fuera del ring

La vida le reservó una tragedia que ningún rival pudo infligirle. El derrumbe comenzó en 1984. Su hijo menor, Jesse, se destrozó la rótula en un accidente con una moto de cross. En una fiesta, alguien le ofreció heroína como supuesto alivio para el dolor. Probó. Y empezó a inyectarse. Poco después, dos de sus hermanos, George Jr —Georgie Lee— y Steven, siguieron el mismo camino.

Menos de un año más tarde, en 1985, Jesse se quitó la vida con solo 20 años. Las adicciones de sus hermanos se agravaron. En 1987 ambos fueron encarcelados por atracar una farmacia. Tras salir de prisión, Georgie Lee murió de una sobredosis de heroína en 1993. Dos días después de su funeral, la esposa de Chuvalo, Lynne Sheppard, también se suicidó.

“Esto nunca se acaba”, llegó a decir el exboxeador. “Debí de ser un mal tipo en una vida anterior. No lo sé”.

En medio de ese naufragio encontró un apoyo inesperado en Joanne O’Hara, enfermera y antigua compañera de trabajo de su esposa. Él le atribuyó el mérito de haberle sujetado cuando las ideas de suicidio le rondaban la cabeza. Se fugaron y se casaron en 1994. Pero la pesadilla no se detuvo. Steven siguió atrapado por la heroína y regresó a la cárcel por otro atraco a una farmacia.

En 1996, menos de dos semanas después de salir de prisión, murió de sobredosis a los 35 años.

Chuvalo hablaba de su “holocausto personal” y se señalaba a sí mismo. Contaba que, muchas veces, mientras sus hijos se inyectaban en el sótano, él caminaba por la casa “como si fuera sordo, mudo y ciego”. También denunciaba la falta de servicios sociales y apoyo institucional, desde la ausencia de programas de duelo hasta la carencia de atención psicológica para su hijo George Jr en prisión. “Tienen psiquiatras para delincuentes sexuales, pero no para lo que él necesitaba”, lamentó en The New York Times. “Es como si yo hubiera hecho guantes con pesos ligeros antes de pelear con George Foreman. No era la preparación adecuada”.

De campeón a voz contra las drogas

Convertido en símbolo de resistencia, Chuvalo transformó su dolor en una misión. Recorrió escuelas y centros comunitarios hablando con jóvenes que apenas sabían que aquel hombre robusto y envejecido había sido uno de los pesos pesados más temidos del mundo. Allí, sin guantes ni focos, se jugaba sus últimos asaltos.

Confesaba que las noches eran su enemigo. Cuando se quedaba solo con sus recuerdos, el peso de la tragedia volvía a caerle encima. “Es el único momento en el que siento lástima de mí mismo”, dijo a Maclean’s en 1999. “Pienso: ‘¿Cómo puedes siquiera vivir después de eso, cómo demonios pasó todo eso?’”. Remataba con una frase tan brutal como honesta: “No querrías ser yo después de medianoche”.

Fuera del cuadrilátero, también probó otras facetas. Trabajó en el sector inmobiliario y apareció en el cine. Su cameo más llamativo llegó en “The Fly”, donde interpretó a un hombre que acaba con un hueso roto en un pulso contra el personaje de Jeff Goldblum. Incluso en la ficción, su imagen seguía ligada al choque físico, al desafío.

El último asalto

Ya en sus últimos años, cuando su salud cognitiva empezó a deteriorarse, su vida se vio envuelta en un conflicto amargo. Su segunda esposa y sus hijos supervivientes, Mitchell y Vanessa, se enfrentaron en los tribunales por un proceso de divorcio que, aseguraban ellos, respondía a los deseos del propio Chuvalo. El Toronto Star informó en 2018 de que, a medida que el caso se alargaba y su demencia avanzaba, amigos y familiares se organizaron para garantizar que estuviera bien atendido.

Mucho antes, cuando se plantaba ante adolescentes para hablarles de drogas, siempre acababa en el mismo punto: el amor. “Cuando hablo con los jóvenes sobre las drogas o sobre mantenerse alejados de ellas, siempre hablo del amor en tu vida”, explicó a un periodista. “Y a veces la gente dice: ‘Oh, sí, el amor, no me vas a aburrir con eso, ¿verdad?’”.

Hacía una pausa. Y remataba con una pregunta que era, en realidad, una respuesta definitiva: “¿Pero qué otra cosa hay en la vida? ¿Para qué estamos aquí si no podemos amar a la gente?”.