Hridoy y su récord histórico en cricket: ¿Bangladesh listo para el Test?
El escenario no podía ser más simbólico: Potchefstroom, Sudáfrica. El mismo lugar donde Towhid Hridoy levantó la ICC Under-19 World Cup en 2020. Cuatro años después, el bateador volvió al mismo escenario y lo convirtió en su propio territorio con una entrada que ya forma parte de la historia del cricket bangladesí: un 350* que pulveriza registros y reabre un debate que la selección llevaba demasiado tiempo esquivando.
No estaba previsto que él fuese el protagonista. Ni mucho menos.
Hridoy viajó con Bangladesh A casi como solución de emergencia. Varias lesiones, algunos problemas de visado, y de repente el tablero se movió: el board decidió enviarle junto a Nurul Hasan, Rishad Hossain y Mohammad Saifuddin para completar la gira. Un parche logístico, en teoría. Nada que hiciera pensar en una de las mayores exhibiciones de red-ball jamás firmadas por un bateador del país.
“Voy a preparar el Mundial”, dijo. Y rompió el red-ball
En el aeropuerto de Daca, antes de embarcar rumbo a Sudáfrica, su discurso fue claro. No hablaba de Test cricket. Ni de ganarse un sitio inmediato en el equipo rojo. Su mente estaba en otra parte.
“La preparación es muy importante y como tenemos una gira con la selección y el World Cup (ODI), intentaré prepararme para eso”, comentó ante los periodistas antes de cruzar la puerta de embarque.
Para él, esta serie con Bangladesh A era una oportunidad para adaptarse a las condiciones sudafricanas de cara a la gira de noviembre y a la siguiente Copa del Mundo de 50 overs. El plan era afinar su rol como estrella de white-ball. Nada más. Nada menos.
Lo que llegó después fue un giro brusco en el guion.
Con esos 350* frente a South Africa A, Hridoy se convirtió en apenas el tercer bangladesí en firmar un triple siglo en first-class. Y no se quedó ahí: superó el 334* de Tamim Iqbal y el 313* de Raqibul Hasan para adueñarse del récord absoluto de anotación en first-class por un bateador de Bangladesh. Una marca que no se consigue por accidente.
De debut fugaz a examen pendiente
Su historia con el Test cricket nunca fue lineal. Más bien, todo lo contrario.
Tras irrumpir en el equipo nacional en el white-ball, el salto al Test llegó rápido. Demasiado rápido, según muchos. Tres días en Harare, un único partido de blanco ante Zimbabwe, una actuación discreta en el segundo Test de la gira… y la puerta se cerró de golpe.
Desde entonces, el relato alrededor de Hridoy se polarizó. Unos defendían que se le había subido demasiado pronto al escenario largo. Otros apuntaban a su técnica, más asociada al ritmo y a la agresividad del white-ball. Muy pocos le veían como pieza fija en un futuro equipo de Test.
La teoría oficial del panel de selección siempre fue otra: entrar en la selección es difícil, pero una vez dentro, quien logre colarse en cualquier formato tendrá oportunidades para demostrar su valía. En el caso de Hridoy, esa promesa nunca se cumplió. Lo probaron, falló una vez y lo soltaron. Sin red, sin paciencia, sin recorrido.
Tal vez por eso, antes de viajar a Sudáfrica, él mismo evitaba hablar de ambiciones en el Test. No quería mirar demasiado lejos en el red-ball. No después de aquella experiencia.
Un récord… y la misma cautela
Su 350* cambia el tono de la conversación, pero no su discurso. Tras la hazaña, lejos de exigir nada, se mantuvo en la misma línea prudente.
“Esto no depende del todo de mí, como jugador profesional siempre quiero hacerlo bien. Lo he dicho muchas veces: cuántos partidos jugaré para la selección dependerá de los selectores. Si tengo la oportunidad, intentaré hacerlo bien”, explicó tras el encuentro, cuando le preguntaron directamente por sus planes con la bola roja.
No hubo desafío, ni reproche, ni reclamación pública. Solo una realidad: él cumple en el campo; el resto es decisión ajena.
El debate que los selectores ya no pueden aplazar
Bangladesh afrontará su próxima serie de Test con un nombre inevitable sobre la mesa. Hridoy ya no es solo una promesa de white-ball. Su maratón en Potchefstroom ante South Africa A obliga a mirar sus credenciales de red-ball con otros ojos.
La cuestión, sin embargo, va más allá de meterlo o no en la lista. El verdadero reto para los responsables de la selección será otro: convencerle de que, si vuelve a vestir el blanco, no será para otro examen relámpago. Que tendrá margen, errores tolerados, tiempo para asentarse. Lo que no tuvo en su primer intento.
Porque el talento está ahí. El récord también. Lo que falta es un proyecto claro alrededor de un bateador que, a base de runs, se ha ganado el derecho a algo más que una prueba de tres días.
Curiosamente, su mayor golpe en el red-ball llegó cuando menos parecía preocuparse por su futuro en ese formato. Esa falta de presión le dio libertad. En el medio, ante South Africa A, se permitió jugar sin cadenas, sin pensar en el siguiente corte, y dejó al descubierto un potencial que el cricket bangladesí no puede seguir relegando al banquillo de los “especialistas de white-ball”.
La próxima vez que Bangladesh anuncie una lista de Test, la pregunta ya no será si Hridoy está listo para el formato. La pregunta será si la selección está lista, por fin, para darle el tiempo que un bateador de 350* merece.




