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Inglaterra barre a Pakistán 3-0 pero surgen dudas

En Edgbaston, el cuarto día amaneció con aroma a trámite y acabó oliendo a susto. Inglaterra ganó por ocho wickets, sí, selló un 3-0 rotundo ante Pakistán, también. Pero el camino hacia esos 130 runs que necesitaban en la segunda entrada rozó el colapso antes de convertirse en celebración.

Un inicio de pesadilla

El escenario parecía sencillo: 130 para ganar, pista conocida, un público relajado. El problema fue que Muhammad Abbas no se presentó a Edgbaston para un paseo dominical.

Primera bola del día: Ben Duckett, fuera. Un envío perfecto, línea implacable, ligera salida hacia afuera, borde y captura detrás. Golden duck. De inmediato, el murmullo en las gradas se transformó en un silencio tenso.

Siguiente víctima: Emilio Gay. Abbas volvió a clavar el punto de impacto. Pleno en la pierna, lbw claro. Gay, frustrado, agitó el bate hacia los stumps y malgastó una revisión que nunca tuvo opciones. De 0-0 a 2-2. De partido controlado a nervios a flor de piel.

En ese momento, la serie perfecta de Inglaterra estuvo más cerca de la ruina que del paseo triunfal.

El respiro que cambió todo

El drama casi se multiplicó cuando Joe Root, en un error impropio de su jerarquía, arrastró la bola sobre sus propios stumps ante Mohammad Ali cuando apenas llevaba 23. Un golpe devastador… hasta que llegó el brazo salvador del árbitro: no-ball. Ali había sobrepasado la línea. Root, indultado.

Ese detalle técnico cambió el relato. No sólo porque devolvió a la vida al capitán, sino porque desinfló a un Pakistán que empezaba a saborear una de las grandes remontadas en la historia del Test cricket.

A partir de ahí, el partido dejó de ser un examen de técnica y se convirtió en una prueba de carácter. Y quien la superó con nota fue Jordan Cox.

Cox se gana el sitio, Root remata la faena

Mientras Root sorteaba el peligro con más fortuna que autoridad —edge entre slips estáticos con 34, resoplo general en Edgbaston— Cox jugaba como si llevara una década en el XI. Sereno, compacto, sin alardes pero sin temblores.

Su 59* fue mucho más que una cifra. Fue un argumento sólido para estar en el once del primer Test contra Sudáfrica en diciembre. En un contexto de colapso potencial, Cox leyó el momento, absorbió la presión y fue el bateador más seguro en el crease, por encima incluso de su capitán.

Root terminó invicto en 62, Cox en 59, y juntos firmaron una asociación inquebrantable de 128 que cerró el partido justo antes del almuerzo. De 2-2 a 130-2. Del miedo a la rutina. Inglaterra había sobrevivido al susto y completado la barrida.

Para Root, el triunfo cierra con brillo su regreso a la capitanía tras la retirada de Ben Stokes en junio. Para el vestuario inglés, supone poner un broche luminoso a uno de los veranos más turbulentos que se recuerdan.

Un verano caótico, un final luminoso

Cuesta creerlo viendo el marcador global, pero hace menos de dos meses Inglaterra no tenía ni capitán ni seleccionador. El equipo ha pasado de ese vacío de liderazgo a encadenar tres victorias consecutivas en Test, después de una racha previa de sólo dos triunfos en diez partidos.

El contexto, eso sí, importa. Durante buena parte de la serie, Pakistán apenas compitió. Desde la primera bola del primer Test en Headingley, cuando Ollie Robinson atrapó lbw a Azan Awais, los visitantes han ido a remolque.

La crisis fue tan profunda que llegaron a amenazar con abandonar el segundo Test por una entrevista televisiva con los hijos de Imran Khan. Tras la derrota en Lord's, destituyeron a Sarfaraz Ahmed, nombraron a Mike Hesson como nuevo seleccionador y expulsaron a siete jugadores del grupo. Un terremoto cuyas réplicas seguirán sintiéndose en casa.

En Birmingham, durante dos días, el riesgo de humillación en tiempo récord fue real. Ahí hizo su entrada la figura inesperada que cambió el tono del relato: Razaullah.

Razaullah, la chispa en la oscuridad de Pakistán

Llamado a última hora como uno de esos siete cambios, Razaullah ya había dejado huella con la bola, eliminando a Root en su primer over en Test cricket. El viernes por la tarde, tomó el bate y encendió la serie.

Su 81 en la segunda entrada fue un asalto a la lógica y al ataque inglés. Golpeó sin complejos, forzó errores tácticos, rompió el plan de campo de Root y, sobre todo, devolvió a Pakistán a un partido que parecía perdido desde el primer día, cuando se desplomaron a 133.

Con el apoyo de Shan Masood (95), Babar Azam (76) y Azan Awais (59), Pakistán firmó 449 y, por primera vez en semanas, obligó a Inglaterra a pensar, a dudar, a recalcular. El asalto de Razaullah desnudó la rigidez del plan inglés en el campo y dejó claro que, con otro tipo de resistencia desde el inicio de la serie, la historia podría haber sido distinta.

En una gira desastrosa, Pakistán al menos puede marcharse con una pequeña luz encendida: quizá haya encontrado una estrella en construcción.

La preocupación en la parte alta del orden

El triunfo no tapa todo. Stephen Fleming, nuevo seleccionador, aterrizará en el Reino Unido con un dossier cargado de temas urgentes, y uno de los primeros será la pareja de apertura.

Duckett, autor de la única centuria inglesa del verano, no ha pasado de 20 en cinco entradas ante Pakistán y promedia 23 desde el inicio de los Ashes. Gay, con tres medias centurias en su primera campaña como jugador de Test, se marcha de Edgbaston con una media por debajo de 25 tras ese lbw de Abbas y una revisión desperdiciada que no le ayudará en las discusiones de selección.

Con el marcador en 2-2, la presión sobre los dos abridores fue tan intensa como el silencio en las gradas. Esa fragilidad en la parte alta del orden es un problema real, no un detalle estadístico. La actuación de Cox, sólido y resolutivo, aumenta la sensación de que, cuando Jacob Bethell vuelva de su lesión, uno de los nombres en la parte alta —probablemente Gay— podría pagar el precio.

Un 3-0 que no engaña, pero tampoco se discute

Más allá de los temblores finales y de la reacción tardía de Pakistán, el dato es inapelable: Inglaterra ganó los tres Tests. Lo hizo después de que Razaullah castigara sus errores de campo, después de un inicio de cuarta mañana que olía a catástrofe, y tras una serie en la que, durante dos partidos y medio, apenas tuvo oposición real.

La cuestión ya no es si este equipo puede ganar cuando todo le sale de cara. La pregunta se traslada al invierno: ¿qué ocurrirá en Sudáfrica, Bangladesh y Australia, cuando el rival no regale dos días de ventaja y la presión llegue desde la primera bola, no desde la última?