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Inglaterra domina a Pakistán en Edgbaston: un 3-0 contundente

La mañana se abre con sol en Edgbaston y una sensación inequívoca: esto ya no es un partido, es un trámite. Inglaterra está a ocho wickets de completar un 3-0 que dice tanto de su propia contundencia como del derrumbe de Pakistán en esta serie.

El marcador no engaña: Pakistán reanuda en 52-2, todavía 268 carreras por detrás para obligar a Inglaterra a batear de nuevo. Dos opciones: remota y ninguna. Y la remota ya se fue del estadio.

El dominio inglés y una oportunidad desperdiciada

Todo quedó encarrilado el segundo día. Inglaterra convirtió un delicado 156-4 en un imponente 453 all out antes del té, una entrada que combinó autoridad con cierto regusto amargo.

Tres bateadores se marcharon con la sensación de haber dejado una centena sobre la mesa. Harry Brook se suicidó al correr en 75, Dan Lawrence se jugó el corte ancho y acabó arrastrando la bola a los stumps con 65, y Jamie Smith cayó por 69 tras resistir con un dedo posiblemente fracturado. Tres golpes sólidos, ninguno convertido en el gran innings que el contexto pedía.

Aun así, el daño estaba hecho. La ventaja era gigantesca, el ánimo de Pakistán, minúsculo.

Robinson y Archer, verdugos del top order

Cuando Pakistán salió a batear en su segunda entrada, el escenario ya había cambiado. Las nubes grises habían cubierto el sol que había acompañado el festival inglés con el bate. Se encendieron los focos, pero lo que se veía con más claridad era otra cosa: lo que venía desde el otro extremo de la pista.

Ollie Robinson y Jofra Archer volvieron a abrir con la nueva bola y, con ella, reabrieron viejas heridas. Robinson, dueño absoluto de su verano, añadió dos wickets más a una serie que ya roza lo histórico: 28 wickets a 7,75. Números de otra era. Números que justifican la sensación de que cada vez que toma la bola, algo va a pasar.

Archer, por su parte, arrancó el último día con una seamer que se levantó y pasó el borde del bate de Shan Masood, una advertencia temprana de que la mañana no iba a ser amable para los visitantes.

Azan y Masood resisten… a medias

En el arranque de la jornada, Pakistán se aferra a lo que tiene: Azan Awais y Shan Masood. No es mucho, pero es lo único.

Archer aprieta a Masood, que mezcla dos amagos vacíos con un drive precioso por mid-off para cuatro y un pull interior que se estrella en su propio cuerpo y cae corto del propio lanzador. Cada over parece una pequeña batalla, y casi todas las gana la bola.

Al otro lado, Robinson cambia ángulos y ritmos para someter a Azan. Primero desde over the wicket, donde le bate tres veces en un maiden impecable. Luego, alrededor del wicket, obligándole a jugar más, metiéndolo en la trampa del ángulo.

Azan responde cuando puede: un pull firme delante del square para dos, alguna defensa sólida. Pero vive al filo. Robinson pasa el borde del bate dos veces seguidas, arranca un lbw que se cae por altura y cierra un over con una pelota maliciosa que se levanta desde buena longitud y le golpea en el pecho. Un recordatorio físico de quién manda.

En medio de esa presión, llega también el desorden: un intento de pull a una bola que se va por el leg side se convierte en cuatro byes. Jordan Cox, subido a los stumps, poco puede hacer. Las estadísticas castigarán a Jamie Smith, no a él, pero el efecto real está en el marcador: cualquier carrera que no implique riesgo para el bateador es oxígeno para Pakistán.

Para cuando el 19º over se completa, el sol vuelve a brillar y el marcador dice 67-2, con Azan en 32 y Masood en 29. Un partnership decente en otro contexto. Aquí, apenas un pequeño retraso en lo inevitable.

Un contexto que pesa: una serie para olvidar

El telón de fondo es demoledor. Pakistán promedia 15,90 carreras por wicket en la serie, la cifra más baja contra Inglaterra en una serie de tres Tests o más desde que New Zealand fue desmantelada por Tony Lock y Jim Laker en 1958. No es solo una mala racha, es una caída estructural.

En las gradas, el humor se tiñe de ironía. Un aficionado paquistaní recorre Edgbaston con una pizarra negra: “Free Imran Khan… and get him in the team”. Se acerca a la policía para “denunciar un crimen: los 11 jugadores en el campo”. Las risas son amables, pero el trasfondo es claro: incluso sus seguidores parecen desear que esta gira termine cuanto antes.

Un Edgbaston lleno… pero con la historia ya escrita

El viernes es el único día con entradas agotadas para este tercer Test. Otra paradoja de la serie: el ambiente promete, el resultado no. El duelo competitivo terminó con el colapso paquistaní del primer día y la posterior implacabilidad inglesa.

Joe Root y compañía tienen margen de sobra. El horario se ha ajustado para recuperar algo del tiempo perdido: comida a las 13.15 y té a las 16.10. El pronóstico meteorológico es bueno, el sol asoma y se esconde, pero no parece que vaya a ser protagonista. El trabajo, si Inglaterra hace lo que viene haciendo todo el verano, debería estar acabado bien antes del atardecer.

Lawrence se asienta, mientras el norte reclama sus Ashes

En medio del dominio colectivo, Dan Lawrence vive su propia historia. Tres medias centurias en cuatro entradas de Test este verano empiezan a justificar, por fin, ese potencial del que se hablaba desde hace años. Él mismo reconoce que “iba para una gran puntuación” antes de arrastrar la bola al stump persiguiendo un envío ancho. Se marchó con 65 y un gesto de rabia, pero también con la tranquilidad de saber que, esta vez, dejó huella.

Fuera del campo, el tablero del cricket inglés también se mueve. La ausencia de Ashes en el norte del país el próximo verano no es casualidad, sino la consecuencia de una disputa legal tras la asignación de sedes para la serie de 2023. Hampshire, que entendía tener la promesa de su primer Test de Ashes en el Rose Bowl, llevó el asunto hasta el punto de forzar al ECB a pagar alrededor de un millón de libras en daños. Las decisiones de despacho siguen marcando el mapa del gran cricket internacional.

Último día de curso

El ambiente en el vestuario inglés se parece al último día de colegio. Libertad de vestimenta, bromas, la sensación de que el examen ya está aprobado. Falta solo entregar el trabajo final: ocho wickets más.

Ollie Robinson, con una campaña que ya se describe como “lohmannesca”, parece encaminado a otro premio individual. Archer busca ritmo y continuidad. El resto del ataque sabe que, salvo un giro improbable, hoy es día de celebración.

Pakistán, mientras tanto, afronta la mañana con dos bateadores asentados pero un abismo en el marcador y una estadística que no perdona. Han tenido dos opciones durante toda la serie: competir o resistir. En Edgbaston, solo les queda la segunda.

La pregunta ya no es si Inglaterra ganará, sino cuánto dirá el marcador sobre la distancia real entre ambos equipos cuando caiga el último wicket y empiece, sin disimulo, la fiesta del 3-0.