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Isaiah Thomas: De ojeador a jugador en el extranjero

Isaiah Thomas tiene 37 años, un cargo oficial en los Boston Celtics y un asiento reservado en los despachos de la NBA. Pero su mente, y sobre todo sus piernas, siguen pensando como un jugador que no ha terminado el trabajo.

El dos veces All-Star ha empezado a preparar su vida después de las pistas, ya instalado como ojeador profesional y universitario de la franquicia de Boston. Sin embargo, su mensaje del 6 de septiembre en X dejó claro que el cierre definitivo de su etapa como jugador tendrá que esperar.

“Quiero jugar un año en el extranjero. ¡¡¡Quiero esa experiencia!!! Y cocinar a esos chicos al otro lado del agua”, escribió. No fue un arrebato aislado. Poco después remató: “Llevar este SLOW GRIND a otro país y volverme loco!!!!!!!!”.

No son palabras de nostalgia. Son un plan.

Un pie en los despachos, otro aún en la cancha

Su regreso a Boston en mayo, casi nueve años después de aquella inolvidable explosión como base estrella de los Celtics, parecía el inicio de su segunda vida en la liga. El Boston Globe detalló que el club le había contratado como ojeador, con base en su Seattle natal, para ayudar a evaluar talento en la Costa Oeste.

Thomas se metió de lleno en el proceso. Participó en el trabajo previo al draft y el asistente al gerente general, Mike Zarren, explicó que fue el propio Thomas quien llamó a la NBA para registrar la elección de Dillon Mitchell en el draft de 2026.

Era la imagen perfecta del exjugador que se recicla en ejecutivo. Pero él mismo ya había avisado, en mayo, en su pódcast “Point Game”, de que el cambio no estaba siendo sencillo.

“Esta no ha sido la transición más fácil, antes que nada, porque todavía puedo jugar a un nivel alto”, admitió entonces.

Sus últimos mensajes en redes no hacen más que subrayar esa idea. No se limita a recordar viejos tiempos: está verbalizando un siguiente paso concreto, una temporada fuera de Estados Unidos, mientras construye en paralelo una posible carrera a largo plazo en una oficina de la NBA.

Por ahora, no hay señales de que haya firmado con ningún club internacional ni de que esté negociando con alguno. Es una declaración de intenciones, no un anuncio. Pero es una declaración fuerte.

La llama competitiva que se niega a apagarse

Que Thomas siga buscando huecos para jugar no sorprende a nadie que haya seguido sus últimos años. Ha perseguido oportunidades con una insistencia casi obstinada.

Su etapa más reciente en la NBA llegó con los Phoenix Suns, al final de la temporada 2023-24. Disputó seis partidos de temporada regular con la franquicia del desierto. Para muchos, habría sido un epílogo digno. Para él, solo otro capítulo.

En enero de 2025 regresó a los Salt Lake City Stars, filial de G League de Utah Jazz. El propio equipo recordó entonces que, en su anterior paso por el conjunto en 2024, Thomas había promediado 32,5 puntos, 5,3 asistencias y 3,0 rebotes en cuatro partidos. Números de estrella, aunque fuese en la liga de desarrollo.

El salto al extranjero sería otra cosa. Un giro de guion. A lo largo de su carrera profesional, Thomas ha perseguido una y otra vez la puerta de la NBA, sin dar el paso a ligas internacionales. El medio Eurohoops informó el 6 de septiembre de que en el pasado se le había vinculado con opciones en la EuroLeague, pero nunca llegó a concretarse nada.

Ahora, al menos en su mente, esa puerta vuelve a abrirse.

El pico en Boston, la herida que nunca se cerró del todo

Todo esto adquiere un peso especial por el lugar desde el que habla: Boston. La ciudad en la que vivió su apogeo, y desde la que ahora se plantea su futuro.

Con 1,75 de estatura, Thomas se convirtió en una de las grandes historias de la NBA en la temporada 2016-17. Promedió 28,9 puntos y 5,9 asistencias, llevó a los Celtics hasta las Finales del Este y se ganó un puesto en el All-NBA Second Team. Noche tras noche, desafió la lógica y las etiquetas.

Su salida fue tan impactante como su ascenso. En agosto de 2017, Boston lo traspasó a Cleveland Cavaliers como pieza central del acuerdo por Kyrie Irving. A partir de ahí, los problemas de cadera irrumpieron en su carrera y nunca volvió a alcanzar aquel nivel deslumbrante.

Casi una década después, el círculo se ha cerrado a medias. Thomas ha vuelto a la organización, ahora con traje de ojeador y teléfono en mano en lugar de zapatillas y protector bucal. Pero su discurso deja claro que el retorno a los Celtics no equivale a la retirada.

Entre el presente y el último baile

Hoy Thomas ayuda a Boston a identificar al próximo talento, al siguiente base pequeño que quiera derribar puertas en la liga. Al mismo tiempo, insiste en que él todavía puede ser uno de esos jugadores.

Su realidad es dual: empleado de una de las franquicias más grandes de la NBA, pero con la mirada puesta en una aventura lejos de Estados Unidos. Una temporada para “cocinar” a rivales en Europa o en cualquier otra liga internacional, para comprobar si su instinto anotador sigue siendo tan afilado como él asegura.

La pelota está, por ahora, en el aire. No hay contrato, no hay equipo, solo un deseo públicamente expresado y una trayectoria reciente que demuestra que, cuando se trata de seguir jugando, Isaiah Thomas no se rinde fácil.

La pregunta ya no es si puede reinventarse en los despachos. Esa puerta ya está entreabierta. La cuestión es otra: ¿se permitirá a sí mismo colgar las zapatillas sin antes probar, aunque solo sea un año, cómo suena su nombre en un pabellón lejos de la NBA?