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El legado de Arjun Menon: un crimen sin respuestas en Malawi

Singapur — Para Prema Menon, su hermano Arjun no es, ante todo, el entrenador de críquet que conoció el mundo. Es el chico con el que jugaba en Neptune Court, el mayor de tres hermanos, el “cool kid” de la familia que vivía con una regla sencilla: nunca golpear hacia abajo, nunca abusar de quien tiene menos.

Con los años, la vida los fue dispersando como satélites. Ella en Australia, él en África, instalado en Malawi desde 2020 con la ilusión de levantar el críquet en un país que lo había adoptado, y la hermana menor en Singapur. Familias unidas por videollamadas, husos horarios y mensajes sueltos.

Hasta aquella mañana de domingo de mayo de 2025.

Iban en el coche, camino a ver una casa. Sonó el teléfono con un prefijo desconocido. Lo dejaron sonar. Volvió a sonar. Y otra vez. La hermana menor atendió. Al otro lado de la línea, los gritos de la esposa de Arjun: estaba muerto.

El entrenador de la selección nacional de críquet de Malawi había sido asesinado en su casa de Blantyre, la segunda ciudad más grande del país. Tenía 48 años. Los atacantes, desconocidos. El coche y la cartera, robados.

Para Prema, todo se ralentizó.

“Estaba en shock”, recuerda desde Melbourne, en una llamada de Zoom. “Mi padre solía decir que la mayor maldición es perder a un hijo, y yo solo pensaba en ellos. No me importaba yo. Solo pensaba: ¿qué voy a hacer? Mis padres han perdido a su hijo. ¿Cómo se vuelve de algo así?”.

Más de un año después, la pregunta sigue en el aire. La familia continúa buscando respuestas que no llegan. No hay detenidos conocidos. No hay una explicación clara. Solo un expediente que, desde Singapur, se siente inmóvil.

Un crimen sin respuestas

Prema voló a Malawi poco después del asesinato. Un viaje de unas 18 horas desde Singapur a un país sin mar en el sureste de África, donde su hermano se había sentido, hasta el último día, seguro y querido.

Sabía muy poco: el ataque ocurrió hacia las dos de la madrugada; el coche y la cartera habían desaparecido. Su padre, que hablaba a diario con Arjun, estaba convencido de que los agresores eran extraños. “Era muy querido en la comunidad”, le repetía. Y Arjun nunca le había mencionado amenazas ni miedos.

Prema pasó unos diez días en Malawi. Despidió a su hermano allí y trató de entender qué había pasado. Sin conocer el sistema local, la familia confió la comunicación con la policía al presidente de Cricket Malawi, donde Arjun trabajaba como jefe de operaciones de críquet.

Las noticias, cuando llegaban, eran siempre las mismas: “Siguen investigando”.

La familia pidió ayuda al Ministerio de Asuntos Exteriores de Singapur (MFA). Pero Singapur no tiene representación diplomática en Malawi. La embajada más cercana está en Sudáfrica. El margen de actuación era estrecho.

Según la propia información del MFA, el ministerio puede contactar a las autoridades extranjeras y facilitar, por ejemplo, una lista de funerarias si un ciudadano singapurense muere en el extranjero. No puede investigar el fallecimiento, ni dar asesoría legal, ni presentar denuncias policiales en nombre de la familia.

Prema también acudió a la policía de Singapur y a varios miembros del Parlamento. La Singapore Police Force explicó a CNA que había contactado a las autoridades de Malawi y que prestaría la ayuda posible dentro de las leyes singapurenses si recibía una petición formal. Hasta el 31 de agosto, no había llegado ninguna solicitud desde Malawi.

La policía malauí no respondió a las preguntas de CNA pese a varios intentos. El MFA declinó hacer comentarios.

Mientras tanto, el vacío se hacía más pesado.

Avances mínimos, tiempo que se escapa

En diciembre, seis meses después del asesinato, la familia sufrió otro golpe: la madre de Prema falleció. Ella decidió parar. Necesitaba respirar antes de seguir chocando contra puertas cerradas.

Retomó la búsqueda en julio. Esta vez, llamando directamente a los agentes de Malawi. Uno de ellos le aseguró que había enviado un informe a la embajada meses atrás. Cuando finalmente lo recibió a través del MFA, descubrió que el documento se había remitido el 31 de julio, después de su llamada.

El informe no aportaba nada nuevo. Solo una frase que ya se había convertido en rutina: la policía seguía investigando.

En agosto, por fin, algo distinto. Un nuevo investigador le explicó que habían revisado grabaciones de cámaras de seguridad y registros de llamadas. No habían encontrado nada relevante. Poca cosa, pero al menos una señal de que el caso no estaba completamente abandonado.

Prema subraya que la familia se identificó ante la policía de Malawi a través del MFA. Aun así, casi todas las novedades han llegado por su insistencia, no por iniciativas de las autoridades locales.

Moverse en un sistema desconocido, sin contactos establecidos, ha sido un laberinto. No saber qué departamento llamar, qué oficina visitar, qué nombre pedir. “Solo creo que necesitamos ayuda. Falta algo para llegar al siguiente nivel, y no creo que un ciudadano privado pueda hacerlo solo”, lamenta.

El duelo, a golpe de publicación

En julio, Prema decidió hacer público su camino. Abrió una cuenta en Instagram para documentar la búsqueda de justicia y, al mismo tiempo, ponerle palabras a su duelo.

“Ahora mismo, si tienes la mala suerte de perder a alguien en un país sin embajada de Singapur… lo vas resolviendo sobre la marcha, con llamadas, correos y mucho ensayo y error, como hice yo”, escribe.

Le preocupa que, a medida que más singapurenses se marchan a vivir y trabajar a destinos lejanos, historias como la de su familia se repitan. No culpa a una persona o institución concreta. Habla de un hueco en los sistemas actuales, de una realidad para la que nadie se ha preparado.

La cuenta también se ha convertido en una especie de altar digital para su hermano y para la vida que no podrán compartir.

“Él estuvo ahí desde el principio. Es tu primer amigo, tu hermano. Es muy distinto de perder a una madre, porque perder a un hermano es como perder una parte de tu cuerpo. Como si ya no estuviera”.

Desde que empezó a publicar, su bandeja de entrada se ha llenado. Mensajes de antiguos compañeros de equipo, de jugadores a los que entrenó, de amigos que lo conocieron en distintas etapas. Algunos envían notas de voz de cinco minutos. Otros escriben cómo Arjun cambió el rumbo de sus vidas.

A finales de agosto, sus amigos organizaron en el Singapore Cricket Club un torneo benéfico de críquet y fútbol en su memoria. Hasta la noche del 14 de septiembre se habían recaudado más de 13.000 dólares singapurenses en Give.Asia.

La mayor parte de los fondos se destinará al orfanato Maoni, en Malawi, y al Vivekananda Cultural Centre, en Singapur. Dos lugares que resumen las dos orillas entre las que se movió Arjun.

Un legado más allá del campo

Para muchos, Arjun Menon será siempre el jugador que vistió la camiseta de la selección de Singapur y el entrenador que llevó al país al oro en los SEA Games de 2017. Un hombre de resultados y medallas.

Para su hermana, ese es solo el prólogo.

Quiere que se recuerde también al hombre que se negaba a humillar a nadie, que sentía y quería con intensidad, que se empeñaba en ser amigo de todos. Al hijo que le dijo a su padre que, algún día, le gustaría retirarse en una granja. Al técnico que se marchó a Malawi no a hacer carrera, sino a construir comunidad.

Desde su fe hindú, Prema intenta encontrar consuelo. “Creemos que cuando tu tiempo se acaba, cuando tu propósito en este mundo se cumple, te llaman de vuelta. Así lo vemos”. Hace una pausa. “A veces me gusta creerlo, pero cuando escucho todas estas historias sobre él, es muy difícil. Siento que tenía mucho más por hacer”.

Por eso su deseo va más allá de una respuesta administrativa o un informe final. “Mi esperanza es que, tanto como Arjun amó Malawi, algo de ese amor vuelva hacia él”, dice.

Porque, si su muerte queda sin respuesta en el país que eligió y defendió, el final no será solo triste. Será una herida abierta para una familia que, desde tres continentes distintos, sigue esperando que alguien, en algún despacho de Blantyre, decida por fin contarles qué pasó aquella noche.