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Manoj Prabhakar: el all-rounder que llevó a India al límite

Hub, nuevo balón, y después, abrir la entrada con el bate. Durante años, India le pidió a un solo hombre que hiciera el trabajo de dos. Manoj Prabhakar caminaba primero hacia la marca de bolos y, cuando terminaba su turno, regresaba casi sin respiro para encarar a los lanzadores más frescos del rival. No fue un experimento ocasional. A lo largo de su carrera, abrió tanto el bateo como el bowling en 20 Tests y 45 ODIs. Un doble rol agotador, casi inhumano, que definió su figura.

El largo rodeo hasta el protagonismo

Nada en su camino fue lineal. Debutó con India en 1984 y luego se perdió en los márgenes del equipo nacional. Iba y venía, sin terminar de asentarse. Hasta que un año en el cricket doméstico cambió la conversación.

En la temporada 1988-89 de la Ranji Trophy, con Delhi en plena marcha hacia el título, Prabhakar firmó números imposibles de ignorar: 532 carreras con un promedio de 76 y 39 wickets, máximo cazador de la competición. Entre esas actuaciones se escondía un golpe de autoridad: 229* contra Himachal Pradesh, su mejor marca en primera clase. En el cruce de cuartos de final frente a Orissa, 6/65 y 4/42 para un total de diez wickets en el partido. En la final ante Bengal, otro estallido de cuatro wickets para apuntalar el título.

En realidad, las pistas ya estaban ahí desde antes. En la final de la Ranji Trophy 1983-84 contra Bombay, frente a un ataque que incluía a Sunil Gavaskar y Dilip Vengsarkar, fue promovido a abrir la entrada. Respondió con 122 en la segunda entrada de Delhi. Cinco días después de aquella final, debutó en ODIs frente a Sri Lanka: 2/16 en 10 overs. Un jugador capaz de cambiar partidos tanto con el bate como con la bola empezaba a tomar forma.

Renacer en Pakistán

Con esa temporada memorable a la espalda, la puerta de India volvió a abrirse. Los selectores lo llamaron para la gira de 1989 a Pakistán, una serie recordada sobre todo por el desembarco de Sachin Tendulkar en el cricket internacional. Mientras el adolescente de Bombay acaparaba miradas, Prabhakar reconstruía silenciosamente su propia carrera.

En Karachi tomó 5/104. En Faisalabad, 6/132. En territorio paquistaní, en la época de Imran Khan, Wasim Akram y el emergente Waqar Younis, Prabhakar se plantó como el nuevo líder del ataque con la nueva bola de India. No intimidaba por pura velocidad, sino por astucia. Hizo del swing su arma, mezcló cutters, cambios de ritmo y, con el tiempo, aprendió a sacar partido al reverse swing con la bola vieja. Ese repertorio le permitió sobrevivir en el más alto nivel sin la velocidad cruda que sí tenían muchos de sus contemporáneos.

Y cuando terminaba de lanzar, no se escondía. Volvía a escena con el bate.

El abridor que absorbía los golpes

Poco a poco, Prabhakar se convirtió en una opción real para abrir la entrada. En Nueva Zelanda, en 1990, se plantó frente a Richard Hadlee en sus condiciones y decidió no ceder. En Napier, resistió 268 bolas para anotar 95. En Auckland, más tarde en la serie, terminó 63* y compartió un stand inicial inquebrantable de 149 carreras con WV Raman para salvar el Test. No era un abridor diseñado para aplastar ataques. Su misión era casi la contraria: soportar los overs más duros, desgastar la nueva bola y dar aire al talentoso orden medio de India.

De vez en cuando, esa resistencia se transformó en algo más grande. Ya en 1987, en Jamshedpur, había firmado un siglo en ODI contra Pakistán, 106 de 121 bolas, suficiente para ser elegido Jugador del Partido pese a la derrota india. Su único siglo en Tests llegó en 1994, frente a West Indies en Mohali, con un 120 que coronó su evolución como bateador.

Cuando su carrera internacional se acercaba al final, las cifras dibujaban el perfil de un auténtico all-rounder. En Tests, 1.600 carreras a 32,65 y 96 wickets. En ODIs, 1.858 carreras y 157 wickets. Su hoja en primera clase, aún más contundente: 7.469 carreras a 41,49 y 385 wickets. Un jugador completo, forjado en el rigor del cricket doméstico y endurecido en giras imposibles.

El final oscuro y la noche del Mundial

Los últimos capítulos de su carrera quedaron marcados por la sospecha. Años después, los organismos que investigaron la corrupción en el cricket indio revisaron con lupa ciertos partidos. Uno de ellos, una persecución de marcador tan extraña como desconcertante, quedó pegado a su nombre. Nunca se probó que estuviera amañado, pero la duda se instaló y ya no se fue.

Y entonces llegó el Mundial de 1996. El escenario: Delhi. El rival: Sri Lanka. Sachin Tendulkar firmó una obra maestra de 137 para llevar a India hasta 271/3. A su lado, abriendo la entrada, Prabhakar se atascó: 7 carreras de 36 bolas. Una imagen de contraste brutal.

Con la bola, la noche se volvió pesadilla. Sanath Jayasuriya y Romesh Kaluwitharana salieron a golpear desde el primer over. Atacaron a los seamers indios sin piedad. Los primeros cuatro overs de Prabhakar costaron 47 carreras. Cuando volvió más tarde, el hombre que durante años había llevado la nueva bola de India se vio obligado a un recurso desesperado: dejó su seam habitual y se puso a lanzar off-spin mientras Sri Lanka se acercaba sin freno a la victoria.

Aquel partido fue su última aparición con India. La escena resultó casi cruel en su simbolismo. Un lanzador que había firmado cinco y seis wickets en Tests consecutivos en Pakistán, que había cargado con la nueva bola en condiciones hostiles y que había abierto la entrada con el bate para proteger a sus compañeros, terminó su carrera internacional renunciando a su principal oficio solo para intentar resistir unos overs más.

Así se cerró la historia en el campo de Manoj Prabhakar: un all-rounder extraño, exigido al límite, capaz de tocar la cima y de caer, cuya huella sigue atrapada entre la admiración por su versatilidad y la sombra de lo que vino después.