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Un partido de fútbol sin público ni comentarios: Irlanda vs Israel

El domingo se jugará un partido de élite del fútbol europeo que, en casi todo, se parecerá a cualquier cosa menos a una noche normal de Nations League. No habrá afición visitante. La televisión pública irlandesa ofrecerá una retransmisión desnuda, sin comentaristas ni tertulia. El estadio será neutral. Y el ruido más fuerte no llegará de la grada, sino de la calle y de los despachos.

La República de Irlanda viaja a Debrecen, en Hungría, para enfrentarse a Israel en un duelo de la Uefa Nations League que ha sobrevivido a un debate feroz en casa. Durante semanas, el propio hecho de disputar el partido estuvo en el aire. La Federación de Fútbol de Irlanda (FAI) se vio obligada a someter la cuestión a votación interna ante la presión de aficionados, analistas y políticos que reclamaban un boicot por la ofensiva militar israelí en Gaza.

Al final, 75 delegados votaron a favor de jugar. 32 se posicionaron por el boicot. El balón, por tanto, rodará.

Un “away” sin aficionados y una retransmisión en silencio

El contexto es inédito. No se han puesto a la venta entradas para aficionados irlandeses ni para el duelo de Debrecen ni para el que, teóricamente, será el partido “en casa” del 4 de octubre. Ese encuentro tampoco se disputará en Dublín, sino en Backa Topola, una pequeña localidad de Serbia elegida como sede neutral.

En Hungría, como ya ha ocurrido en otros compromisos “locales” de Israel, sí habrá un pequeño cupo de entradas para seguidores israelíes. El país centroeuropeo se ha consolidado como anfitrión habitual para Israel: mantiene lazos diplomáticos más estrechos que buena parte de Europa y ha mostrado disposición a garantizar seguridad y despliegue policial.

La televisión también se replegará. La cadena pública RTE emitirá solo lo imprescindible para cumplir su contrato. Sin anuncios. Sin patrocinio asociado al partido. Sin comentaristas ni análisis al descanso. Solo la señal del juego, casi desnuda, como si el propio medio quisiera marcar distancia con lo que sucede alrededor del césped.

El dilema de la FAI: sanciones deportivas o boicot político

Desde el sorteo de febrero, cuando la República de Irlanda quedó emparejada con Israel, Austria y Kosovo, la FAI vivió bajo presión. Colectivos de aficionados y voces del ámbito político y social pidieron desde el primer día que Irlanda se negara a jugar contra Israel, en línea con la fuerte solidaridad irlandesa hacia la causa palestina desde el inicio de la ofensiva en Gaza en octubre de 2023.

La federación planteó el dilema con crudeza: negarse a disputar los encuentros podía acarrear sanciones de Uefa, daños a largo plazo para el fútbol irlandés y la pérdida de millones de euros en ingresos. El voto de julio inclinó la balanza hacia el cumplimiento de los partidos, pero no apagó el debate.

La elección de sedes neutrales tampoco desactivó la tensión. La FAI justificó en verano que su “partido en casa” ante Israel se jugara en un estadio neutral por “retos operativos que podrían afectar a la celebración del encuentro en suelo propio”. Diversas informaciones apuntaban al temor de que las protestas en Dublín pudieran impedir que el choque llegara a disputarse.

No hubo explicación oficial para la selección de Backa Topola, aunque la lógica de seguridad es evidente: un escenario remoto, en un país con buenas relaciones con Israel, facilita el control policial y reduce la probabilidad de grandes movilizaciones. El propio ministro de Exteriores serbio, Marko Duric, llegó a describir a Israel como uno de los “amigos más cercanos y socios estratégicos” de Serbia, que en los últimos años ha adquirido drones y misiles israelíes.

Protestas, cartas abiertas y una selección en el ojo del huracán

La decisión de jugar no ha frenado la contestación. Gradas de distintos clubes irlandeses han exhibido protestas en las últimas semanas durante partidos domésticos. El lunes, más de 160 deportistas irlandeses firmaron una carta abierta, promovida por el colectivo Irish Sport for Palestine, en la que reclamaban el boicot a los encuentros frente a Israel. Entre los firmantes figuran nombres como el boxeador Tyrone McKenna y la ex campeona de Europa de atletismo Ciara Mageean.

Dentro de la propia estructura del fútbol irlandés, el malestar es palpable. El director de fútbol, John Martin, definió los partidos como “una situación muy incómoda para todos”. El director ejecutivo de la FAI, David Courrell, reveló la semana pasada que Uefa había rechazado una petición formal de Irlanda para que ambas selecciones no volvieran a coincidir en futuros sorteos.

El seleccionador, Heimer Hallgrimsson, ha intentado trazar una línea entre la decisión de jugar y la legitimación de la ofensiva israelí. Afirmó que disputar el encuentro no significa validar lo que definió como “genocidio” y dejó una frase que ha encendido todavía más la polémica: “No jugamos con el genocidio, jugamos contra el genocidio. Jugamos contra Israel, no jugamos con Israel”.

La respuesta de la federación israelí fue inmediata y furiosa, acusando a Hallgrimsson de “ignorancia, hipocresía y estupidez”.

Una rivalidad deportiva atrapada en una disputa mayor

No es la primera vez que selecciones irlandesas se ven obligadas a lidiar con este contexto. La República de Irlanda ya se midió a Israel en la fase de clasificación del EuroBasket femenino el pasado otoño y a comienzos de este año, tras lo que se describió como “deliberaciones exhaustivas” antes de aceptar jugar.

Pero el fútbol, por su magnitud y su escaparate, amplifica todo. Y lo hace en un país que se ha situado en primera línea europea de apoyo político a los palestinos.

Según el ministerio de Sanidad de Gaza, controlado por Hamas y cuyas cifras son consideradas fiables por Naciones Unidas, más de 73.000 personas han muerto por ataques israelíes desde el inicio de la ofensiva. El 7 de octubre de 2023, el ataque del grupo armado palestino Hamas en territorio israelí dejó alrededor de 1.200 muertos y 251 secuestrados, hechos que Israel esgrime para defender que su operación en Gaza responde a la “autodefensa”.

Irlanda ha ido mucho más allá del gesto simbólico. En mayo de 2024, junto a España y Noruega, reconoció oficialmente al Estado palestino. Más tarde se sumó al caso de genocidio presentado por Sudáfrica contra Israel ante la Corte Internacional de Justicia. Fue el primer país de la Unión Europea en prohibir la importación de productos procedentes de asentamientos israelíes ilegales en Cisjordania. Ha impuesto vetos de viaje a ministros del gobierno israelí. Y desde 2025 mantiene un boicot a Eurovisión por la participación continuada de Israel en el festival.

La ministra de Exteriores, Helen McEntee, lo resumió esta semana con una frase contundente: “La posición de Irlanda es clara: se está violando el derecho internacional. Estamos viendo un intento de borrar a una población”.

Un partido que ya no puede ser solo fútbol

En ese clima, la Nations League se ha convertido en algo muy distinto a un simple torneo de selecciones. La FAI insiste en que, al jugar, protege el futuro del fútbol irlandés y evita sanciones que podrían golpear a generaciones enteras. Sus críticos sostienen que, al hacerlo, envía un mensaje equivocado en un momento en que el país se ha definido como uno de los más firmes defensores de Palestina en Europa.

El domingo, cuando la República de Irlanda salte al césped de Debrecen, no habrá tifos masivos, ni color en la grada visitante, ni la habitual banda sonora de una noche internacional. Habrá silencio relativo, cámaras que solo cumplirán expediente y un partido que, pase lo que pase en el marcador, seguirá pesando mucho después del pitido final.

La verdadera pregunta, para Irlanda, es cuánto tiempo podrá seguir separando lo que ocurre sobre el césped de todo lo que arde alrededor.