logo

Razaullah brilla en Edgbaston y revive a Pakistán

Pakistán llegó al tercer día en Edgbaston como víctima anunciada. Dos derrotas contundentes en la serie, una alineación remendada a última hora, un vestuario sacudido por despidos y regresos apresurados. Todo apuntaba a otro trámite para una Inglaterra que había pasado por encima de los visitantes en Leeds y Lord’s.

Y, sin embargo, al caer la tarde, el estadio aplaudía de pie a un debutante de 21 años que hace una semana ni siquiera tenía pasaporte. Razaullah Khan, número 9 en el orden de bateo, se marchó con 81 carreras de 63 bolas, nueve seis que igualan el récord de más máximos en una entrada en Inglaterra, compartido con Ben Stokes en los Ashes de 2023 en Lord’s. Una irrupción brutal que transformó un partido que parecía sentenciado en una prueba de nervios para los locales.

De la crisis al contraataque

El contexto no podía ser más sombrío para Pakistán. En toda la gira no había alcanzado los 200 runs en una entrada ni logrado aguantar 50 overs. La primera entrada en este Test se quedó en 133. La respuesta de Inglaterra, 453, abrió una brecha de 320 carreras que parecía definitiva. El plan era sencillo: rematar en el tercer día, celebrar el primer 3-0 en una serie de tres Tests desde 2024 en este mismo escenario ante West Indies y cerrar la historia.

Pero Pakistán decidió, al fin, competir con el bate.

Desde la reanudación, la entrada paquistaní empezó a ganar cuerpo. Azan Awais y Shan Masood, dos zurdos con carácter, levantaron una asociación de 125 carreras que dio aire al vestuario y desconcertó a Inglaterra. El 0-2 con el que habían iniciado la entrada el jueves por la tarde parecía de otro partido.

Awais se fue por 59, tras una revisión que detectó un leve desvío hacia el wicket-keeper. Su 84 bolas incluyeron 10 fours y, sobre todo, un mensaje: Pakistán podía permanecer en el crease y construir. Masood, ágil de pies y agresivo cuando tocaba, sobrevivió a una caída en point antes de su medio siglo y se plantó en 95. Parecía destinado a la centena hasta que Dan Lawrence, a la altura del tobillo, firmó una toma soberbia en slips para darle a Gus Atkinson su primer wicket del encuentro.

Babar se queda a medias, Inglaterra se inquieta

Entre tanto, Babar Azam ofrecía la versión que Pakistán lleva tiempo esperando en Tests. Fluido, sereno, siempre con tiempo para el golpe. Durante un buen tramo dio la impresión de que la entrada giraba en torno a él. Buscaba su primer siglo en 20 Tests, un dato que pesa para un bateador de su talla.

Inglaterra, al fin, encontró una vía: la táctica del bouncer. Babar cayó en 69, pero el alivio inglés duró segundos. El sustituto Theo Wylie tocó la cuerda al intentar controlar la jugada y el capitán paquistaní volvió al crease. El aviso, sin embargo, estaba ahí. Poco antes del té, Josh Tongue lo hizo definitivo: Babar se marchó por 76, tras una acción acrobática del wicket-keeper Jordan Cox. El golpe emocional fue grande. El último bateador de referencia se alejaba de la centena y dejaba la entrada en terreno peligroso.

Saud Shakeel intentó estirar la resistencia. Superó los 2.000 runs en Tests mientras colocaba la bola una y otra vez justo fuera del alcance de los fielders. Parecía el tipo de jugador destinado a arruinarle la tarde a Inglaterra con singles y golpes incómodos. Pero un bouncer de Jofra Archer le cerró el espacio, y Shakeel cayó por 29. Con el marcador en 306-6, Pakistán perdía a su último bateador “reconocido”.

En ese momento, con un déficit todavía amplio y una cola de la alineación expuesta, el guion marcaba el final previsible. Atkinson, que apenas tenía un wicket en toda la serie, se apuntó los de Ghazi Ghori (312) y Mohammad Imran (318). Inglaterra olía la posibilidad de evitar siquiera tener que batear de nuevo. Pakistán se quedaba a dos runs de forzar a los locales a regresar al crease.

Entonces apareció Razaullah.

El huracán Razaullah

Hasta hace unos días era un nombre más en el circuito doméstico, un bateador con una centena en first-class y poco más. De pronto, en Edgbaston, se convirtió en el epicentro del partido.

Entró con la naturalidad de quien juega en el patio de su casa. Sin rastro de miedo. “Solo tenía que batear. Ustedes fueron los que lo disfrutaron”, dijo después a Sky Sports, en declaraciones traducidas. No sonó a frase hecha. Sonó a verdad. “Planeaba llevarlo largo y profundo. Lanzaron en la zona y la estaba esperando. Lo estoy disfrutando a fondo. En ningún momento tuve miedo”.

Su primer seis no fue un adorno; fue un giro argumental. Con ese golpe, Pakistán superó por fin el déficit y tomó la delantera en el Test. La presión cambió de lado. Inglaterra, que llevaba dos Tests jugando con red de seguridad, se encontró de repente mirando el marcador con inquietud.

Razaullah castigó a Gus Atkinson con tres seis en un solo over. Contra Archer, un quinto máximo le dio un fifty fulgurante en apenas 43 bolas. El siguiente seis, también a Archer, llevó a Pakistán a los 400 runs. Cada golpe levantaba al público y hundía un poco más el plan inglés.

A su lado, Mohammad Abbas firmaba la mejor entrada de su carrera: 42 runs, con dos seis y cinco fours. No fue un simple acompañante. Juntos construyeron una asociación de 121 runs en 123 bolas para el noveno wicket, la más alta contra Inglaterra desde 1984. Una cifra que habla tanto de la calidad del golpeo como del desconcierto del ataque local.

Cuando Abbas cayó, se marchó entre una ovación cerrada. No era solo respeto: era reconocimiento a un esfuerzo que había cambiado el tono del Test. Poco después, casi sobre la hora prevista para el final de la jornada, Razaullah salió de su crease, falló el contacto y quedó stumped por 81. El estadio se levantó otra vez. El debutante se retiraba, pero había dejado una marca imborrable.

“El primer día que lo sacan a jugar para Pakistán y enciende el espectáculo”, valoró Ramiz Raja en la BBC. “Esta es la actitud que hacía falta. Alguien con lenguaje corporal fuerte y que cree en sí mismo. Lo van a querer en todos los formatos porque es un natural”. Michael Vaughan fue igual de contundente: “Han descubierto una joya”.

Inglaterra, obligada a responder

Más allá del impacto emocional, los números son demoledores. Pakistán terminó con 449 runs, eliminado en el último over del día, y se aseguró una ventaja de 129. En total, 397 runs en 84 overs en la jornada, con las dos primeras asociaciones de cien de toda su gira. Un cambio radical respecto al equipo desbordado de los Tests anteriores.

El terreno también jugó su papel. El pitch se aplanó, la bola apenas se movió lateralmente pese a las condiciones grises y la disciplina del ataque inglés se resquebrajó. Hubo lanzamientos erráticos, dudas en la estrategia y miradas incómodas hacia la capitanía de Joe Root. Por primera vez en la serie, Inglaterra tuvo que trabajar cada wicket.

Ahora el escenario es muy distinto al imaginado al inicio del día. Inglaterra necesita 130 runs el domingo para cerrar el 3-0 y mantener intacto su dominio en casa. No es una persecución gigantesca, pero llega después de ver cómo un equipo al borde del colapso le marca 449 con la cola de la alineación golpeando a placer.

Pakistán, por su parte, se ha ganado algo más que una ventaja en el marcador. Recuperó orgullo, encontró un héroe inesperado y demostró que, incluso en medio del caos institucional, todavía puede morder. La serie puede que ya esté perdida, pero en Edgbaston, por fin, volvió a parecer un equipo de Test.

Queda una pregunta en el aire: ¿será este el día en que Inglaterra confirme su barrida… o el día en que recordemos que un joven sin miedo cambió el pulso de toda una serie?