Sobhana Mostary y el legado del cricket femenino en Bangladesh
El Asia Cup femenino 2026 ya rueda, y para Bangladesh el torneo vuelve a presentar un viejo desafío: medirse con la élite del continente y, en el horizonte, la posibilidad de cruzarse otra vez con India. Para Sobhana Mostary, sin embargo, la cita pesa distinto. Cada partido de este Asia Cup se juega también contra un recuerdo: el de 2018, el año en que Bangladesh dejó de soñar y empezó a ganar.
Seis años después de aquel título histórico, la bateadora sigue leyendo el presente a través de ese triunfo. Nada fue igual desde entonces. Ni para ella, ni para el vestuario, ni para el propio país.
“Después de 2018, le ganamos a India y ganamos el Asia Cup, así que fue un cambio enorme en el cricket femenino de Bangladesh. Todo cambió. Empezaron a darnos muchas facilidades, dinero, todo. Hubo muchos cambios”, contó a TimesofIndia.com antes del inicio del torneo.
Kuala Lumpur 2018: el día que cambió todo
La campaña de 2018 se ha convertido en un relato fundacional. Bangladesh no solo levantó el trofeo: derrotó a India dos veces en el mismo torneo. Primero, por siete wickets en la fase de grupos. Después, en una final de nervios en Kuala Lumpur que se estiró hasta la última bola.
India dejó 112/9. Bangladesh persiguió ese objetivo con una mezcla de coraje y calma que aún hoy se cita en cada concentración. La escena final sigue viva: Jahanara Alam corriendo los dos últimos lanzamientos, sellando la victoria por tres wickets y el primer título de Asia Cup para el país.
El impacto fue inmediato. La Bangladesh Cricket Board anunció una recompensa de 2 crores de taka para el equipo campeón. No era solo dinero. Era un mensaje político y deportivo: el cricket femenino había dejado de ser un apéndice.
Para Mostary, ese legado sigue marcando el presente. “Pensamos que en este Asia Cup peleamos por el título, porque si le ganamos a India, quizá el Asia Cup sea nuestro”, afirma. La ecuación es simple: vencer a India sigue siendo una puerta directa al sueño.
Un nuevo Asia Cup, un tablero distinto
El contexto, sin embargo, ha cambiado. Bangladesh llega a este Asia Cup encuadrada en el Grupo B, junto a Sri Lanka, Indonesia y Emiratos Árabes Unidos. India comparte el Grupo A con Pakistan, Tailandia y Hong Kong. El morbo del duelo directo queda reservado, como mínimo, para las rondas de eliminación.
No hay margen para la distracción. Bangladesh sabe que no puede vivir solo de la nostalgia de 2018. Pero también sabe que, si aparece India en el camino, la historia del torneo se reescribe.
De una academia de pueblo al escenario internacional
La historia de Mostary no nace en un gran centro de alto rendimiento, sino en una aldea. De niña jugaba a todo: fútbol, bádminton, cricket. A los 10 años, su padre la llevó a una academia de cricket en su pueblo. Medio año de entrenamiento bastó para abrirle la puerta que lo cambiaría todo: una prueba de acceso del Bangladesh Krira Shiksha Pratisthan (BKSP).
La seleccionaron. Y, con esa llamada, la vida dio un giro brusco. Mostary se mudó a Dhaka sin sus padres para perseguir una carrera en el cricket. Adolescencia en residencia, lejos de casa, con un solo objetivo: ganarse un lugar.
El debut internacional llegó muy pronto. Tenía apenas 16 años cuando se puso por primera vez la camiseta de Bangladesh. Pero salir al campo una vez no garantizaba nada. Lo duro vino después.
Pasó entre tres y tres años y medio viajando con la selección sin encontrar continuidad en el XI titular. Siempre en el grupo, pocas veces en la alineación. “Fue muy difícil. Siempre viajaba con el equipo, pero no podía jugar. Solo esperaba y pensaba que algún día llegaría la oportunidad y podría mostrar mi fuerza”, recuerda.
“Día a día, mejoro”
La paciencia, al final, comenzó a tener recompensa. En 2023, la ICC la señaló como una de las grandes promesas de futuro. Ella, sin embargo, se resiste a colgarse esa etiqueta como si ya estuviera cumplida.
“No creo que haya cumplido mi sueño ni ese futuro brillante todavía, pero día a día, mejoro”, afirma. No suena a tópico: en su caso, el progreso tiene cicatrices y kilómetros de banca.
Harmanpreet Kaur, la heroína del otro lado de la frontera
Resulta llamativo que una de las figuras que más la marcaron lleve otra camiseta. Su gran ídolo de infancia es Harmanpreet Kaur, la capitana de India. Una bateadora cuya presencia en el crease impactó a una niña bangladesí que encendía la televisión para verla dominar partidos.
Mostary tiene grabado un partido en particular: la semifinal del Women’s World Cup 2017 ante Australia, el día del 171* de Harmanpreet. “Ese partido me inspiró mucho, seguí su bateo, todo, cómo controla el partido, y ahora cómo capitanea. Seguí todo”, admite.
Quizá por eso, enfrentarse a India no la intimida. La estimula. “Para los aficionados bangladesíes, jugar contra India es un partido muy bueno. Están locos, y muchos seguidores vienen a ver. Es un partido normal, pero normalmente jugar contra India es muy interesante y siempre muy emocionante para nosotras”, explica.
Cuando le preguntan por una jugadora india a la que le gustaría enfrentarse, no duda: Deepti Sharma. Le fascinan la consistencia y los recursos de la all-rounder. “Deepti Sharma siempre es la mejor lanzadora del lado indio, ha jugado de forma consistente durante muchos años y ha mejorado día a día. Me encanta su bowling”, reconoce.
Un sueño de red quirúrgica que cedió ante el sonido del bate
Hubo un tiempo en que el plan de vida no pasaba por el cricket. Si no hubiera sido jugadora, dice, quizá hoy estaría estudiando medicina. “Tal vez doctora, porque mi madre quería que fuera doctora”, confiesa.
El destino eligió otra bata. A los 16 años dejó su casa para perseguir una carrera en el campo, y ahora suma años defendiendo a Bangladesh en el escenario internacional. “Luché durante tres o cuatro años, pero ahora he mejorado”, resume.
El Asia Cup 2026 se presenta como una nueva prueba, pero también como una oportunidad de cerrar un círculo. India vuelve a estar, de algún modo, en su camino. Y Sobhana Mostary sabe exactamente lo que significaría repetir la historia: otro título, sí, pero sobre todo la confirmación de que 2018 no fue un milagro aislado, sino el punto de partida de una generación que ya no se conforma con sorprender.




