Steve Smith y la carga de la trampa en el cricket
Steve Smith dice que quedó “traumatizado” por la reacción al acto de hacer trampa en un Test. La palabra no es menor. Australia vuelve a Sudáfrica para su primera serie larga allí desde el episodio que ya tiene nombre propio: sandpapergate. En 2018, en ese mismo país, Smith era el capitán y formó parte del plan para usar papel de lija y alterar la condición de la pelota, una violación directa a las leyes del juego.
No cayó solo. Su vicecapitán, David Warner, también fue sancionado. Desde entonces, la historia de ambos se ha contado casi como una fábula moral moderna.
El regreso del genio… entre abucheos
Cuando Smith volvió tras la suspensión, el cricket lo recibió con una mezcla de fascinación y rechazo. En el Test de Edgbaston, en los Ashes, la hostilidad del público inglés fue constante: abucheos, cánticos, recordatorios permanentes de la vergüenza. Él respondió con 144 en la primera entrada y 142 en la segunda. Terminó esa serie con 774 carreras, una cosecha monumental, construida en un ambiente que rozaba lo tóxico.
Un relato de agallas, temple y una obsesión casi enfermiza por batear. ¿Aquello fue el inicio de su redención o el último capítulo de una culpa que nunca se borrará del todo?
Warner vivió un guion muy distinto en esa misma serie. Sumó apenas 95 carreras en 10 entradas, fue despedido siete veces por Stuart Broad y se convirtió en un blanco fácil para las burlas. Más tarde, eso sí, firmó un 335* frente a Pakistán, la mayor anotación de un australiano contra ese rival. Un contraste brutal que no cambió del todo la percepción pública.
El escritor Geoff Lemon, autor de un libro sobre el caso del papel de lija, lo resumió con crudeza: la opinión general terminó por ver a Warner como el criminal y a Smith como el acompañante inocente.
Un genio atrapado entre el ego y la conciencia
Smith, dueño del mejor promedio entre los bateadores con más de 10.000 carreras en Tests (y durante mucho tiempo por encima de 60, solo superado por Don Bradman), es un grande de la era moderna. Eso ya no está en discusión. Lo que sí queda expuesto es otra cosa: cómo el foco se ha desplazado hacia lo que el escándalo le hizo a él, y no a su equipo ni al propio juego.
Ahí se abre una grieta incómoda entre la auto-obsesión y la verdadera autoconciencia.
El escritor Gideon Haigh lo explicó en televisión con una precisión quirúrgica. Lo extraordinario, dijo, no fue solo lo que hicieron, sino la facilidad con la que el equipo aceptó el plan y lo ajenos que Smith y Cameron Bancroft parecían estar, en la famosa conferencia de prensa, a las consecuencias reales de sus actos. No era una falta de disculpas. Era casi una falta de comprensión.
Ese estado mental encajaba a la perfección con el que llevó al delito deportivo original: una sensación de derecho adquirido, un “ganar a cualquier precio” alentado por una estructura directiva convencida de que la victoria traía interés público, y el interés, patrocinios. Mientras el equipo ganara, todo se perdonaba. Hasta que apareció una acción que, por su simbolismo y torpeza, ya no se podía barrer bajo la alfombra.
“Me lanzaron a los lobos”
En aquella conferencia, Smith se presentó también como víctima. “Me lanzaron a los lobos”, se quejó, tratando de despertar empatía por el trauma personal. La frase sonó extraña, casi ingenua, viniendo de alguien que había pedido a un jugador joven como Bancroft que ejecutara la parte sucia del plan, precisamente para eludir responsabilidades directas.
Es fácil entender cómo un bateador tan obsesionado con su oficio, tan condicionado por la idea de ganar, puede humanizarse a través del sufrimiento. Y es legítimo recordar que todo el mundo merece una segunda oportunidad, sobre todo cuando ha pagado el precio por una falta grave. El propio autor de la columna original admite que, en un primer impulso, pidió una sanción de por vida.
Con el tiempo llegó otra reflexión: el cricket es solo un juego. Un constructo artificial, por muy nobles que sean los valores que queramos proyectar sobre él. Aunque nos empeñemos en verlo como el espejo de lo mejor de la sociedad, su carácter artificial permite imponerle códigos de conducta ideales, incluso si resultan imposibles de cumplir en la vida real.
El “espíritu del cricket” y una época sin matices
El deporte, por sí mismo, es moralmente neutro. Lo que no lo es son los actos de quienes lo practican. El hecho de que el cricket haya tenido que añadir un “espíritu del cricket” como preámbulo a las leyes dice mucho: las normas no escritas, orgullo y esencia del juego, se estaban explotando de forma sistemática. Eso habla más de los jugadores y de la época que del propio deporte.
Muchos internacionales consideraron crueles las sanciones a Smith, Warner y Bancroft. Apuntaron también a la llamada “Australian way”, esa cultura agresiva, de límite difuso, que el propio sistema había alimentado.
Trevor Chappell, demonizado durante décadas por aquel lanzamiento bajo el brazo a un bateador de Nueva Zelanda para impedirle los runs del triunfo, lo explicó desde la experiencia propia. Contó que Smith y los otros arrastrarán esto el resto de sus vidas. Él mismo no ha podido desprenderse de su episodio en 37 años. En los buscadores aparece como el protagonista del “día más oscuro” del cricket australiano. Y confesó que fue un alivio poder, por fin, soltar ese título.
La pregunta queda flotando: si Chappell siente que se ha liberado, ¿quién aliviará a Smith y a Warner, ahora señalados como los nuevos portadores de esa etiqueta infame?
El castigo que no aparece en las planillas
Cuando Smith volvió a Sudáfrica para una gira de white-ball, la recepción fue relativamente suave. Nada comparable a la tormenta de 2018. Pero él sabe que, en cualquier estadio del mundo, siempre habrá una grada dispuesta a recordarle el papel de lija, el engaño, la caída. Un abucheo, un cántico, un gesto.
Ahí reside su verdadero castigo: no en la cifra de partidos de sanción, ni en las estadísticas que seguirá acumulando, sino en esa cicatriz pública que el tiempo atenúa, pero no borra. Y que lo acompañará, bata lo que bata, hasta el último día que tome un bate.



