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Varun Aaron: De jugador a arquitecto del bowling en Sunrisers

Cuando Daniel Vettori llamó, Varun Aaron no estaba buscando trabajo. Ni mucho menos un banquillo.

Recién retirado a comienzos de 2025, con 35 años, el antiguo velocista indio disfrutaba del micrófono, de las cabinas de transmisión, de una vida sin escáneres ni partes médicos. Había pasado media carrera peleando con su propio cuerpo; la idea de lanzarse de cabeza a la exigencia diaria de la élite no formaba parte del plan.

Y, sin embargo, atendió la llamada. Y dijo que sí a Sunrisers.

De “me he entrenado solo” a arquitecto de un ataque

Aaron no llegó a la pizarra desde cero. Llevaba años, casi sin darse cuenta, entrenándose a sí mismo y a los que tenía alrededor. Cada lesión le obligó a diseccionar su acción, a entender su espalda, su carga de trabajo, sus límites.

“Creo que me he entrenado mucho a mí mismo por la cantidad de lesiones que he tenido”, admite en conversación con Cricbuzz. Entre partido y partido con Jharkhand, compañeros y amigos le pedían opinión sobre sus lanzamientos. Él respondía, corregía, sugería. Disfrutaba de ese impacto inmediato: un pequeño ajuste, una gran diferencia.

Ese trabajo intuitivo se convirtió en algo mucho más estructurado con el tiempo. El nuevo High Performance Center de la MRF Pace Foundation fue, literalmente, su proyecto: diseño de la instalación, protocolos, programa de trabajo, renovación del campo y del gimnasio. Una forma muy concreta de devolver algo a la academia en la que se formó. Después llegó un rol como consultor de lanzamiento con la Jharkhand State Cricket Association.

Pero ni siquiera entonces se veía como entrenador a tiempo completo. Tras colgar las botas, no se marcó objetivos. No hizo listas. “No estaba pensando ‘quiero entrenar, quiero comentar’”, recuerda. Solo quería, por una vez, disfrutar sin que una resonancia magnética marcara el calendario. Hasta que sonó el teléfono y al otro lado estaba “Dan”, ofreciéndole un papel clave en Sunrisers.

Mano libre y ojo clínico en el mercado

El encargo para su primera temporada fue directo: construir un grupo de lanzadores y preparar a los jóvenes. No era un rol decorativo. Tuvo voz en la estrategia de subasta. Y ahí aparecieron dos nombres: Praful Hinge y Sakib Hussain.

Lo que le atrapó no fue lo que ya eran, sino lo que podían llegar a ser. “Lo que vi no fue lo que estaban haciendo, sino lo que podían hacer”, explica. Tenía una visión muy clara de ese techo y de cómo alcanzarlo.

El resultado fue inmediato y ruidoso. Ante Rajasthan Royals, tanto Hinge como Sakib firmaron sendos cuatro wickets en su primer partido de IPL. Una carta de presentación contundente para dos debutantes… y para su nuevo entrenador.

Nada de eso fue casual. Aaron llevaba semanas puliendo detalles con ellos, aunque su agenda parecía un rompecabezas. Al mismo tiempo estaba transmitiendo el T20 World Cup. Días de avión, cabina y red. A veces traía a Sakib a Mumbai, comentaba por la mañana y entrenaba por la tarde. O al revés. Cuando el calendario del Mundial se volvió asfixiante, tomó una decisión: enviar a Hinge y Saqib a la Rao Cricket Academy.

Allí mandaba alguien en quien confiaba a ciegas: SS Rao, su antiguo capitán en Jharkhand. “Tenemos una relación de hermanos”, cuenta Aaron. Quería a alguien que ejecutara el plan sin desviarse un centímetro. Les envió con una hoja de ruta muy clara: “esto, esto y esto”. Rao cumplió al detalle y sumó algo más: su experiencia, su presencia, su energía.

Hinge y Sakib fueron la punta del iceberg. Aaron también se deshace en elogios con Shivang Kumar, “increíble”, y menciona a Onkar Tarmale, que no llegó a jugar por lesión, pero al que ve capaz de tocar los 145 km/h. “Tuvimos elecciones muy buenas e interesantes”, resume.

En el corazón de ese proceso hubo algo que muchos entrenadores tardan años en conseguir: respaldo total. “Cuando el head coach y el dueño del equipo te empoderan de esa manera, tu trabajo se vuelve mucho más fácil”, reconoce. En su primer año, disfrutó de algo poco habitual: una mano casi libre para hacer lo que quería. Eso le permitió expresarse “creativamente” y, sobre todo, divertirse.

La velocidad, la simpleza y el cuerpo que dice basta

Pocas personas en India conocen mejor que Aaron el precio de la velocidad. Su nombre saltó al primer plano cuando marcó 153 km/h en la final de la Vijay Hazare Trophy 2010/11, en una época en la que los verdaderos “quick” eran rareza en el país. Desde entonces, el radar se convirtió en su sombra.

Los jóvenes que se le acercan hoy siguen preguntando lo mismo: “¿Cómo saco más velocidad?”. Él responde desde la experiencia y desde las cicatrices.

Para Aaron, el secreto no está en apretar más, sino en coordinar mejor. “El fast bowling va de timing”, explica. Igual que un bateador busca el movimiento inicial perfecto para quedar equilibrado y estable, el lanzador necesita que toda su secuencia llegue a su punto justo antes de soltar la bola. Si la sincronía es correcta, dice, has ganado la batalla: lanzarás tan rápido como tu cuerpo permita, sin lesionarte y con control.

Ese “como tu cuerpo permita” es la frase clave. Aaron pasó buena parte de su carrera intentando reconciliar el hambre de velocidad con una espalda que se rompía una y otra vez. Debutó en la Ranji Trophy en 2008/09 y sufrió tres fracturas por estrés en la espalda. Tras su estreno en Tests en 2011, otra lesión similar provocó un vacío de casi tres años hasta su segundo partido en 2014.

Esa tensión entre ambición y límite físico es hoy uno de los ejes de su trabajo con otros lanzadores. Sabe de qué habla cuando frena a un chico obsesionado con el radar. Sabe también cuándo empujar y cuándo proteger.

Curiosamente, de toda esa complejidad sale una idea que repite con insistencia: la simpleza. “El fast bowling es muy simple, pero como jugador lo complicas mucho”, admite. Al final, dice, todo se reduce a unos pocos principios básicos. Si consigues simplificarlos, o tienes a alguien que lo haga por ti, el camino se vuelve mucho más llevadero.

Un entrenador que rehúye las plantillas

Esa apuesta por lo sencillo no significa uniformidad. Aaron huye de las recetas universales. “No hay un método fijo para entrenar. Depende completamente del individuo”, insiste. Cada lanzador llega con un conjunto único de habilidades. Lo primero es identificar qué le hace distinto. Y amplificarlo. Después, corregir lo que le resta eficiencia.

Algunos tienen una acción “hermosa” y pueden ejecutar casi cualquier cosa. Otros arrastran historiales de lesiones o gestos poco ortodoxos que exigen más trabajo. “Cada lanzador se presenta de forma diferente”, subraya. Por eso, defiende que el coaching debe avanzar hacia una mirada absolutamente individual: distinta musculatura, distinta cabeza, distinta coordinación, distinta biomecánica.

Esa misma filosofía se traslada a cómo analiza el rendimiento. No le interesan las etiquetas rápidas. “No puedes mirar una actuación y decir ‘fue mala’ o ‘fue buena’ y ya está”, sostiene. El trabajo del entrenador, para él, es encontrar el porqué. Si fue buena, hay que asegurarse de que el jugador recuerde exactamente qué hizo bien. Si fue mala, hay que extraer una lección concreta. Lo que no acepta es la rutina vacía: lanzar, irse a casa, volver a lanzar, irse a casa… sin construir nada.

Entre la cabina y la red: dos oficios que se alimentan

En medio de todo este despliegue, Aaron intenta cuadrar algo más que horarios de vuelo y sesiones de video. También intenta cuadrar su vida personal. “Cómo equilibro todo eso es una pregunta que tienes que hacerle a mi novia, porque no está muy contenta: casi no estoy en casa”, reconoce con una sonrisa. Lo asume: es un ritmo frenético, pero lo disfruta.

Y hay un cruce interesante entre sus dos mundos. Entrenar le ha dado una ventana privilegiada a la mente del jugador. “Cuando entrenas, conoces las profundidades de su mente”, explica. Eso le permite anticipar, en plena transmisión, qué hará un lanzador bajo presión, cuál es su “go-to ball”, qué campo le gusta para cada entrega. Información fresca, de primera mano, que enriquece el análisis en directo.

La relación también funciona al revés. Al comentar torneos de todo tipo, ve a una enorme cantidad de jugadores, contextos, patrones. Esa mirada panorámica alimenta sus ideas como entrenador. Más datos, más referencias, más soluciones posibles.

El hallazgo inesperado

Lo más llamativo de esta nueva etapa es que nunca fue un objetivo. No había un plan de diez años. No había un “cuando me retire, entrenaré”. Y, sin embargo, en la vorágine de vuelos, sesiones, subastas y mundiales, Aaron ha descubierto algo muy sencillo sobre sí mismo.

“Me ha enseñado que entrenar me da una felicidad inmensa”, confiesa. Nada le llena más que hablar con un lanzador al final de una sesión y escuchar que ha logrado cada uno de los objetivos que se había marcado para ese día.

Para alguien que vivió la velocidad como una carrera contra el reloj de su propio cuerpo, no es poca cosa encontrar, por fin, un ritmo que quiere seguir manteniendo. Y la pregunta ya no es si quiere entrenar, sino hasta dónde puede llevar a la próxima generación de rápidos indios desde esta nueva trinchera.