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Varun Aaron: De jugador a entrenador en Sunrisers

Cuando sonó el teléfono, Varun Aaron no estaba buscando trabajo. Mucho menos un trabajo de entrenador.

Se había retirado a comienzos de 2025, con 35 años, después de una carrera atravesada por lesiones, y se lo estaba pasando bien frente a la cámara, en las cabinas de transmisión. Comentaba, analizaba, viajaba. El siguiente paso no estaba dibujado en ningún plan. Hasta que al otro lado de la línea apareció Daniel Vettori.

De “me entrené a mí mismo” a liderar a los quicks de Sunrisers

Aaron llevaba años coqueteando con la idea de entrenar sin llamarlo así. En Jharkhand, compañeros y amigos le pedían opinión sobre sus acciones de lanzamiento, sobre cómo cuidar el cuerpo, sobre cómo encontrar un par de kilómetros más sin romperse. Él respondía desde la experiencia más dolorosa posible: tres fracturas por estrés en la espalda, un debut en Ranji en 2008/09 seguido por largos paréntesis, casi tres años entre su primer Test en 2011 y el segundo en 2014.

“Creo que me he entrenado mucho a mí mismo por la cantidad de lesiones que he tenido”, admite en una charla con Cricbuzz. De tanto mirarse al espejo, terminó aprendiendo a mirar a los demás. A detectar patrones, a corregir pequeños detalles, a traducir la teoría de la biomecánica en algo que un rápido de 20 años pudiera entender.

Ese trabajo informal se fue volviendo más serio. El nuevo High Performance Center de la MRF Pace Foundation fue, en buena medida, su criatura: diseño de la instalación, protocolos, programa, remodelación del campo y del gimnasio. Un regreso a la academia que lo formó, esta vez para dejar huella como arquitecto del futuro. Después llegó un rol como consultor de bolos con la asociación de Jharkhand. Sin grandes anuncios. Sin campañas en redes. Solo trabajo.

Por eso la llamada de Vettori lo tomó con la guardia baja. “Después de retirarme, no me estaba marcando objetivos. No pensaba: ‘quiero entrenar, quiero comentar’”, cuenta. “Tras una trayectoria llena de lesiones, lo único que quería era disfrutar. Y que lo que viniera, viniera solo. Y un día Dan me llamó y me preguntó si estaba interesado en entrenar a Sunrisers”.

Un lienzo en blanco y dos diamantes en bruto

Su primera temporada con Sunrisers llegaba con una tarea clara: montar un grupo de lanzadores y preparar a los jóvenes. No solo para que llenaran huecos, sino para que impactaran de inmediato. El cuerpo técnico le abrió la puerta del auction. Allí, entre nombres más conocidos, Aaron puso el ojo en dos quicks: Praful Hinge y Sakib Hussain.

“No miraba tanto lo que estaban haciendo, sino lo que podían llegar a hacer”, explica. Veía potencial, no producto terminado. Velocidad por pulir, no solo números de hoy. Apostó a que ese techo se podía alcanzar.

La respuesta llegó rápido. En su primer partido de IPL, ante Rajasthan Royals, Hinge y Sakib firmaron cada uno cuatro wickets. No fue casualidad ni golpe de suerte aislado. Aaron llevaba semanas trabajando con ellos para que llegaran listos al torneo. El problema era el reloj: a la vez estaba transmitiendo el T20 World Cup.

Así que se organizó como pudo. Días de doble turno: llevar a Sakib a Mumbai, comentar por la mañana, entrenar por la tarde. O al revés. Cuando el calendario del Mundial se volvió una maraña de vuelos y horarios, tomó otra decisión clave: enviar a Hinge y a Saqib a la Rao Cricket Academy.

Allí mandaba alguien en quien confiaba ciegamente: SS Rao, su antiguo capitán en Jharkhand. “Tenemos una relación de hermanos”, dice Aaron. Quería un entrenador que siguiera el plan al pie de la letra, sin cambiar la esencia del trabajo. Les dio instrucciones claras, Rao las ejecutó. Su experiencia, su energía, su presencia hicieron el resto.

En paralelo, otros nombres se fueron sumando al radar de Aaron. “Shivang [Kumar] estuvo increíble”, señala. Y habla de Onkar Tarmale, al que una lesión dejó fuera de escena justo a tiempo para que casi nadie lo viera, pero al que él describe como un lanzador capaz de moverse a 145 km/h. “Tuvimos elecciones realmente interesantes”, resume.

Libertad, confianza y creatividad en el banquillo

La apuesta de Sunrisers no se limitó a firmar a Aaron. Le dieron poder real. “Cuando el head coach y el dueño del equipo te empoderan de esa manera, el trabajo se hace mucho más fácil”, reconoce. En su primer año, disfrutó de algo que pocos entrenadores novatos tienen: casi mano libre para hacer lo que creía correcto.

Ese respaldo le permitió algo que los rápidos suelen apreciar más que nadie: libertad para expresarse. Esta vez, no con el brazo, sino con las ideas. “Sentí que podía expresarme creativamente en todo lo que hacía. Y fue muy divertido”.

Claro que el crédito del club debía traducirse en algo más que buenas sensaciones. En el día a día, Aaron tiró de lo que había aprendido en una década y media de convivir con la velocidad y sus consecuencias.

“Fast bowling es muy simple, pero como jugador lo complicas mucho”, explica. Pruebas cosas, cambias, dudas. Para él, todo se reduce a unos pocos principios básicos. Cuanto más se simplifica, más disfrutable se vuelve el camino. Pero simple no significa uniforme.

“No hay un método fijo para entrenar. Depende completamente del individuo”, insiste. El punto de partida es detectar qué hace único a cada lanzador y amplificarlo. Después, pulir ineficiencias. Hay acciones “hermosas” que casi no necesitan retoques. Otras vienen cargadas de historial de lesiones, de gestos poco amigables con la espalda o las rodillas. Ahí empieza el trabajo fino.

Aaron reclama una mirada verdaderamente individual: musculatura distinta, mentes distintas, coordinación distinta, biomecánicas distintas. Nada de moldes únicos.

Más allá del radar: la ciencia del ritmo

En un país donde durante años los lanzadores realmente rápidos eran rareza, Aaron saltó a los titulares por el número que apareció en una pantalla: 153 km/h en la final de la Vijay Hazare Trophy 2010/11. Desde entonces, sabe que el radar hipnotiza a los jóvenes. Lo primero que le preguntan suele ser lo mismo: “¿Cómo corro más rápido?”.

Su respuesta rompe con el cliché. Para él, la clave no es solo fuerza bruta, sino timing. “Fast bowling va de timing”, explica. Igual que un bateador necesita que su movimiento inicial lo deje equilibrado y con la cabeza estable, el lanzador necesita que toda su secuencia llegue afinada al punto de liberación. Cuando el engranaje se alinea, ganas el duelo: lanzas tan rápido como tu cuerpo permite, apuntas donde quieres y reduces el riesgo de lesión. Ni un kilómetro más de lo que tu físico soporta. Ni uno menos por descoordinación.

Es la misma tensión que lo acompañó toda su carrera: el deseo de ir más rápido contra los límites de una espalda castigada. Hoy la gestiona desde el otro lado de la línea, ayudando a que otros no repitan su vía crucis.

El entrenador, el comentarista y el hombre que casi no para en casa

Su vida actual es un equilibrio precario entre dos mundos que se alimentan mutuamente: el banquillo y la cabina. Y una tercera esfera que reclama tiempo: su familia. “Cómo equilibro eso es una pregunta para mi novia, porque no está muy contenta: casi no estoy en casa”, reconoce con una sonrisa entre líneas. Intenta darle más tiempo a ella y a los suyos, pero el calendario es “bastante agitado”. Y, aun así, “muy disfrutable”.

La doble función le da una ventaja evidente. Como entrenador, accede a la mente de los jugadores, a sus miedos, a sus recursos bajo presión, a sus bolas de seguridad, a cómo arman un campo para cada tipo de lanzamiento. Ese conocimiento convierte al comentarista en alguien más preciso, más capaz de anticipar lo que viene. Y al revés: viajar, ver competiciones distintas, seguir a jugadores en contextos diversos nutre al entrenador con información fresca y comparaciones constantes.

Para alguien que nunca se propuso entrenar, el giro es profundo. Y, sin embargo, suena definitivo. “Lo que me ha enseñado de mí mismo es que el coaching me da una felicidad inmensa”, confiesa. No habla de títulos ni de contratos. Habla de algo mucho más íntimo: terminar una sesión, mirar a un lanzador que acaba de cumplir cada objetivo que se había marcado y saber que, esta vez, el cuerpo y la mente apuntan en la misma dirección.

Ahí, en ese diálogo al borde de la red, Aaron ha encontrado un lugar al que, por primera vez en mucho tiempo, no parece tener prisa por dejar.