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Venus Williams: La eterna invitada del tenis

Durante casi tres décadas, Venus Williams ha vivido donde el tenis es más cruel y más hermoso: en la pista central, bajo los focos, con la presión de la historia sobre los hombros. Cinco títulos individuales en Wimbledon, dos en el US Open, una carrera que cambió para siempre la dimensión del deporte. Hoy, a los 46 años, su realidad es otra. Llega a los grandes escenarios con una tarjeta distinta: la del comodín.

Su racha actual es implacable. Catorce derrotas consecutivas en individuales. Dieciocho tropiezos en sus últimos diecinueve partidos. Un único oasis: aquella victoria sobre Peyton Stearns en Washington el pasado julio. El ranking la ha empujado hasta el puesto 611 del mundo. Sin invitaciones, simplemente no estaría en los cuadros principales.

Y, sin embargo, ahí vuelve a estar. El USTA le ha concedido su duodécimo comodín del año para disputar el US Open, donde se medirá en primera ronda a otra campeona de Grand Slam, Sofia Kenin. El debate reaparece cada vez que su nombre figura en la lista de invitadas: ¿cuántas oportunidades son demasiadas cuando no llegan las victorias?

La respuesta del sistema es clara: no existe límite reglamentario para las campeonas de Grand Slam. La respuesta del negocio también: una Williams todavía vende. Y mucho.

El valor de un apellido

Karl Hale, director del torneo WTA 1000 de Toronto, fue uno de los que levantó la mano este año para ofrecerle una invitación. Lo explica con una frase que pesa más que cualquier estadística.

“Es bueno para el tenis tener estos iconos generacionales”, sostiene. Para él, el simple hecho de que los torneos sigan reservando plazas para Venus dice todo sobre su valor intrínseco para el circuito.

Hale no habla de nostalgia. Habla de mercado. En Toronto, decidió anunciar con antelación que tendría a “una de las hermanas Williams” en el cuadro. La reacción fue inmediata: más atención mediática, más ruido, más entradas vendidas. Y un detalle clave: las invitadas siempre juegan en primera ronda. Es decir, son caras conocidas garantizadas desde el primer día, cuando muchos torneos luchan por llenar las gradas.

“Venus abrió el torneo. Inauguró nuestra competición y eso añadió mucho valor”, resume el director.

La lógica se repite en medio mundo. Este año, directores de torneos en Nueva Zelanda, Australia, España, Alemania, Canadá y Estados Unidos han querido su nombre en el cartel. En cada evento, el dilema es el mismo: apostar por una leyenda global o por una jugadora local que busca despegar. La balanza, de momento, sigue inclinándose a favor de Venus.

Entre la competitividad y el recuerdo

El cuadro frío de resultados no hace concesiones. Venus no gana. Pero tampoco se derrumba. Su última victoria en un Grand Slam llegó en Wimbledon 2021, el mismo torneo que la vio por última vez clasificarse por ranking para un grande. Desde entonces, vive de invitaciones.

En los dos últimos majors, al menos, ha ofrecido resistencia. En el US Open del año pasado llevó a tres sets a la entonces cabeza de serie número 11, Karolina Muchova. En el Abierto de Australia de enero, volvió a caer en tres mangas ante Olga Danilovic. En dobles, alcanzó los cuartos de final en Nueva York el año pasado. No es una jugadora que se arrastre. Es una campeona que pierde, que ya es otra cosa.

En Cincinnati, sin embargo, la realidad volvió a ser áspera: derrota ante la clasificatoria Emiliana Arango, la número 18 en sus últimos 19 partidos. El marcador ante Kamilla Rakhimova en Toronto, 6-4 y 6-1, dejó una lectura mixta para Hale.

“En el primer set fue realmente competitiva. Sigue siéndolo, pero no está ganando esos partidos”, analiza.

Ahí se sitúa el punto de fricción. ¿Hasta cuándo un torneo debe reservar una plaza a una jugadora cuyo presente no acompaña a su pasado? ¿Cuándo hay que mirar a la lista de espera y apostar por una tenista mejor clasificada que intenta construir su carrera?

Comodines, intercambios y poder

Los comodines son un recurso limitado y codiciado. En los Grand Slams, ocho de las 128 plazas del cuadro individual se reservan para invitadas. En los torneos WTA y ATP, el número oscila entre cuatro y ocho, según el tamaño del cuadro. Cada una de esas plazas es una decisión política, deportiva y comercial.

La prioridad suele ser nacional: promocionar a jugadoras del propio país. Pero no es la única variable. Están las figuras que venden entradas, las que atraen cámaras, las que hacen que un lunes por la mañana el estadio no parezca vacío. Venus pertenece a esa categoría exclusiva.

Existen también los “intercambios” que menciona Hale. Acuerdos entre federaciones nacionales o agencias de representación como IMG para cruzar invitaciones y garantizar oportunidades a sus jugadores en distintos mercados. El ejemplo más evidente es el pacto recíproco entre USTA, Tennis Australia y la Federación Francesa de Tenis: cada una ofrece un comodín masculino y uno femenino a las otras dos, sabiendo que sus propios jugadores se beneficiarán cuando el calendario gire.

En ese entramado, una plaza para Venus no es solo un gesto de gratitud histórica. Es una apuesta consciente por un nombre que sigue teniendo peso en la taquilla y en la televisión.

¿Dónde está el límite?

Otros deportes han decidido marcarlo con claridad. El Open Championship de golf, por ejemplo, redujo hace años la ventana de sus campeones: antes podían jugar hasta los 65; ahora, solo hasta los 55. La medida abrió huecos para profesionales más jóvenes y mejor situados en el ranking. El mensaje fue nítido: el honor tiene fecha de caducidad.

El tenis no ha seguido ese camino. Martina Navratilova recibió un comodín para Roland Garros y Wimbledon en 2004, con 47 años. En Londres incluso ganó un partido. Nadie le cerró la puerta mientras siguiera siendo mínimamente competitiva.

Hale aplica ese mismo criterio con Venus. “Nunca quieres poner en pista a una jugadora sobre la que tengas dudas”, admite. Cree que ella todavía puede ganar partidos, aunque los resultados recientes digan lo contrario.

La pregunta, inevitable, se desplaza hacia el futuro: ¿debería haber un momento en el que el director de un torneo decida darle esa plaza a una jugadora mejor clasificada, con más proyección inmediata?

La respuesta de Hale es devolverle la pelota a Venus. “Cuando llegue el momento en que no sea competitiva en los sets, creo que ella misma tomará la decisión”, afirma. Para él, el derecho adquirido es incuestionable: “Venus y Serena han hecho tanto por el tenis femenino y por el deporte que deberían poder jugar todo el tiempo que quieran”.

El respeto del vestuario

La mirada desde dentro del circuito coincide. Katie Boulter, número uno británica, compartió pista con Venus en dobles en Madrid el pasado abril. La definió entonces como una “absoluta icono” y fue directa al grano: “Ha dado tanto a nuestro deporte que merece recibir lo que necesita a cambio. Tenemos que estar agradecidos de que siga ahí fuera, haciendo lo mejor que puede”.

No es una frase hueca. Para una generación entera, Venus no es solo una ex número uno o una múltiple campeona. Es la jugadora que abrió puertas, que normalizó ver a mujeres negras dominando en los grandes escenarios, que transformó el debate sobre igualdad de premios y visibilidad.

Cada vez que entra en una pista con un comodín, la estadística dice que probablemente perderá. La historia, en cambio, recuerda que sin ella el circuito actual sería distinto.

El US Open la espera de nuevo, esta vez como invitada, otra vez con la sensación de que cada partido puede ser el último en ese escenario. La cuestión ya no es si merece el comodín. La cuestión es cuánto tiempo más estará dispuesta Venus Williams a seguir entrando por esa puerta antes de decidir, por sí misma, que su legado ya no necesita más partidos para quedar intacto.