La vida de Fred Little: del trapero a Las Vegas a los 90 años
Fred Little aún se sorprende cuando repasa su propia historia. “Hijo de un trapero, tenía que pellizcarme al verme entre tantas superestrellas”, recuerda a los 90 años, después de una carrera extraordinaria en la que estuvo al mando de algunas de las noches más grandes del boxeo profesional.
Nacido en Barton Hill, en Bristol, Fred pasó de las calles castigadas por la guerra a los focos cegadores de Las Vegas. De los refugios antiaéreos al brillo de Tyson Fury, Frank Bruno o Ricky Hatton. De correr entre bombas a revisar guantes, camillas y ambulancias en veladas millonarias.
De los bombardeos al cuadrilátero
Su infancia quedó marcada por la Segunda Guerra Mundial. Las imágenes siguen nítidas.
“Corríamos calle abajo con los aviones en llamas y las bombas cayendo sobre las casas”, cuenta. “Ibamos al refugio antiaéreo comunal y todo el mundo lloraba y gritaba, era terrible”.
Aquel niño que huía del estruendo creció para trabajar con fuego de otro tipo. Se hizo soldador y acabó en plataformas petrolíferas por todo el mundo. Entre ellas, la Piper Alpha, frente a Aberdeen, poco antes del desastre de 1988 en el que murieron 167 personas.
“Estaba inconsolable”, admite. “Conocía a muchos de esos tipos”.
Un soldador que también fue entrenador
Su oficio le llevó lejos, pero no fue lo único. El fútbol también le abrió puertas. Tras dirigir a un equipo de St Pauls, en Bristol, hasta la victoria en un torneo de fútbol, se marchó cinco años a Estados Unidos para entrenar. Otra vida dentro de la misma vida.
Sin embargo, el deporte que acabaría marcando su nombre fue el boxeo.
El hombre que lo controlaba todo
En el British Boxing Board of Control, Fred fue escalando hasta convertirse en jefe de inspectores. No era el hombre de los focos, pero sin él no había pelea.
Su responsabilidad abarcaba desde los guantes hasta la preparación del ring. Seguridad, normativa, estándares médicos, presencia de ambulancias. Cada detalle pasaba por sus ojos.
Una de sus grandes noches llegó en Las Vegas. Allí presenció el combate entre Roy Jones Jr y Antonio Tarver, en un ambiente que solo define con una palabra: “increíble”.
Para alguien que había visto el cielo arder en Bristol, aquel otro tipo de fuego, el del boxeo de élite, suponía una recompensa inesperada.
Entre superestrellas del ring y del escenario
El trabajo lo puso cara a cara con algunos de los nombres más grandes del boxeo moderno: Tyson Fury, Frank Bruno, Ricky Hatton. Pero no solo. También trabajó en seguridad para estrellas de la música como Tom Jones, Shirley Bassey o UB40.
En uno de esos trabajos, vivió un gesto que no olvida: la cantante Elaine Paige le dedicó sobre el escenario la canción “Memories”. Un detalle íntimo en medio de una carrera hecha de noches multitudinarias.
Cuando mira hacia atrás, no duda: “He tenido la vida más increíble, he hecho todo lo que puedas imaginar”.
Respeto ganado a pulso
Su hija, Charlotte Maggs, lo ve como lo ve mucha gente en Bristol: una figura reconocible, alguien que forma parte del paisaje humano de la ciudad.
“Es una cara muy familiar en Bristol y es enormemente respetado en la comunidad y por la gran cantidad de personas que ha conocido a lo largo de su vida”, explica.
Ese respeto se ha reforzado con su capacidad para levantarse una y otra vez. Charlotte recuerda cómo la familia temió perderlo cuando sufrió una parada cardiaca, uno de los varios problemas de salud a los que se ha enfrentado en los últimos años.
Y aun así, sigue aquí. A los 90, lúcido, orgulloso, con la memoria llena de nombres, rostros y noches de combate.
Su última voluntad, dice, es sencilla. Nada de grandes epitafios ni frases rebuscadas. “Cuando me haya ido, en mi lápida poned solo: ‘He vivido’”.
Pocas palabras. Pero en su caso, abarcan una vida entera.




