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Wasim Akram y la rivalidad India-Pakistán: “Es solo un maldito juego”

En un momento en el que cada cruce entre India y Pakistán se convierte en una guerra de trincheras digital, Wasim Akram levanta la mano y pide calma. El mito del cricket pakistaní, uno de los grandes protagonistas de esta rivalidad durante los 90, lanza un mensaje directo a las dos orillas: dejen de arrastrar viejos conflictos al terreno de juego.

En el pódcast 1 Mint, Akram habló sin rodeos de un duelo que hoy se juega tanto en el campo como en las redes sociales. Y su veredicto fue contundente: hay demasiada gente confundiendo deporte con historia, resultado con revancha.

“Es solo un frikkin game. Al final del día, es solo un partido. Alguien tiene que ganar, alguien tiene que perder. Y pasar al siguiente”, soltó, cansado de ver cómo cada bola se carga de un peso que va mucho más allá del marcador.

La rivalidad, secuestrada por las redes

Akram sabe de lo que habla. Jugó algunos de los India–Pakistán más intensos de la historia, en estadios que parecían hervir. Pero lo que ve hoy le preocupa más que cualquier marcador.

“Lo que pasó hace muchas lunas todavía persiste. La venganza y todo eso es tan de 1970”, disparó, describiendo una mentalidad anclada en el pasado. Para él, el problema ya no es solo el ruido en los estadios, sino el eco interminable en las redes, donde cada comentario se convierte en munición y cada jugada en argumento político.

“Es el clásico ‘mente ociosa, taller del diablo’”, resumió. Demasiado tiempo libre, demasiada rabia acumulada, muy poca disposición a aceptar que, al final, el deporte no va de ajustar cuentas históricas.

Irfan Pathan, del fan al “tuitero” incómodo

En medio de esa reflexión sobre la rivalidad, Akram abrió una ventana a una historia más íntima: su relación con Irfan Pathan. El ex all-rounder indio creció admirando a los grandes zurdos pakistaníes y, cuando apareció en la escena internacional, las comparaciones con Akram fueron inevitables.

“Irfan me conoció en 2004 en su primera gira a Australia; yo estaba comentando. Era un gran fan. Creció viéndonos”, recordó el ex capitán pakistaní. “Le di algunos consejos aquí y allá, e hizo las cosas bien al principio de su carrera”.

El gesto no fue menor. Pathan tenía una acción de brazo que recordaba mucho a la de Akram, pero el paquistaní dejó claro que su ayuda no fue tanto técnica como mental. No se trataba de reconstruir al jugador, sino de pulir al competidor.

“Su acción era similar a la mía desde el principio. Pero cuando los jugadores te preguntan algo, lo que les dices tiene más que ver con la mentalidad”, explicó. A ese nivel, insistió, ya se da por hecho que el cuerpo está preparado. Lo que marca la diferencia es la cabeza.

Habló de muñeca, de lectura del bateador, del momento exacto para usar las variaciones y cuándo guardárselas. “Fue divertido. Irfan es un buen chico; sigue encontrándose conmigo”, añadió, dejando ver que la relación personal se mantiene, pese a las chispas que a veces saltan en público.

Ahí entró el otro lado de la historia. Akram, entre risas, mencionó que Pathan ahora suele publicar comentarios contra Pakistán en redes. “Es otra cosa que sigue tuiteando alguna que otra cosa contra Pakistán. Pero nuestros aficionados también están listos. No tienen la tendencia de ignorar. Tienen que responder”, comentó, retratando a dos hinchadas incapaces de dejar pasar nada.

Pathan, verdugo frecuente de Pakistán

La ironía es que, antes de los cruces en redes, los golpes de Irfan Pathan a Pakistán llegaban con la nueva bola en la mano. Sus números contra el eterno rival hablan por sí solos: 67 wickets en 36 internacionales, repartidos en 27 en Tests, 34 en ODIs y seis en T20Is.

Su obra maestra llegó en Karachi, en 2006. Primera over del Test, estadio en ebullición… y Pathan firmando solo la segunda hat-trick de un indio en la historia de los Tests, desmantelando a Salman Butt, Younis Khan y Mohammad Yousuf casi antes de que el público terminara de sentarse. Una declaración de intenciones en territorio hostil.

Aquella capacidad para hacer mover la bola nueva, para encontrar swing donde otros solo veían desgaste, alimentó las comparaciones con Akram. Con el tiempo, su versatilidad lo convirtió en un all-rounder clave para India en la década de 2000.

Desde su retirada, el escenario cambió. El verde del campo dio paso al brillo de los estudios de televisión y a la pantalla del móvil. Pathan se ha convertido en una de las voces indias más directas en redes y en los debates, sin miedo a apuntar a Pakistán o a sus excricketers, sobre todo después de partidos de alto voltaje entre ambas selecciones.

Akram, sin embargo, no dramatiza. Acepta el juego, el pique, el ida y vuelta. Pero marca una línea clara: el límite entre la competencia deportiva y todo lo demás no debería borrarse.

Ganar, perder… y seguir

En un ecosistema en el que cada India–Pakistán se convierte en plebiscito nacional, el mensaje de Wasim Akram suena casi contracultural. Él lo reduce a lo esencial, a lo que cualquier deportista de élite entiende y muchas veces el aficionado olvida.

“Alguien tiene que ganar, alguien tiene que perder. Y pasar al siguiente”, repitió. Sin épica forzada, sin dramatismo innecesario.

La pregunta es si, en una era dominada por la inmediatez, la viralidad y la necesidad constante de tener razón, los hinchas de uno y otro lado están dispuestos a aceptar algo tan simple como eso.