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Alexander Zverev conquista su primer US Open

Alexander Zverev necesitó un set para imponer su ley, tres horas y 33 minutos para doblegar a Ben Shelton y apenas unos segundos para darse cuenta de que, en realidad, ya era campeón del US Open. El alemán, primer cabeza de serie en un Grand Slam por vez primera en su carrera, derrotó al estadounidense por 6-3, 7-6(2), 5-7 y 6-2 en la Arthur Ashe y levantó su segundo grande del año tras Roland Garros. Un doblete que cambia por completo su lugar en la jerarquía del circuito.

El final fue tan insólito como revelador. En el punto de campeonato, el resto de Shelton se marchó largo. Zverev, convencido de que el marcador era 5-1 y no 6-1, devolvió las bolas al otro lado de la pista, preparado para seguir. Solo cuando levantó la vista hacia el videomarcador entendió lo que acababa de lograr. Ahí sí, se detuvo, respiró y empezó a celebrar.

Un inicio demoledor y una grada entregada a Shelton

Shelton entró en la pista con el rugido de 23.000 personas a favor. Buscaba algo enorme: convertirse en el primer estadounidense en ganar un grande desde Andy Roddick en 2003 y solo el segundo hombre negro en conquistar un Grand Slam tras Arthur Ashe en 1975. Lo hacía, además, en el estadio que lleva el nombre de Ashe. El escenario era perfecto. El guion, no.

Ganó el sorteo y eligió sacar. Mal negocio. En el primer juego, con 30-30, falló un golpe sencillo y encadenó una doble falta. Regalo inmediato del primer break. Marion Bartoli lo resumiría después: la diferencia de experiencia pesó como una losa desde el primer punto serio del partido.

Zverev, que había acumulado 19 horas y 38 minutos en pista camino de la final —el cuarto registro más alto para un finalista de Grand Slam desde 1991—, no mostró rastro de desgaste. Rompió de nuevo en la bola de set y se llevó el primero con apenas un error no forzado. Saque imponente, nervios de acero y una frialdad quirúrgica para apagar la atmósfera que empujaba a Shelton.

En los dos primeros parciales, el estadounidense ni siquiera dispuso de una bola de break. Cada intento de rebelión se estrelló contra el servicio del alemán, que manejó los turnos con autoridad y, en el tie-break del segundo set, jugó como un hombre que ya sabe lo que es ganar un grande. Agresivo, decidido, sin regalar nada. De repente, estaba a un set del título.

Shelton se agarra, la grada despierta

Shelton llegaba con una racha que invitaba a soñar: nunca había vencido a Alexander Zverev, tampoco a Stefanos Tsitsipas ni a Carlos Alcaraz… hasta este torneo. En Nueva York derribó todos esos muros y se plantó en su primera final de Grand Slam con la sensación de que el relato le pertenecía.

Durante dos sets, Zverev le negó esa narrativa. Pero el estadounidense no se descompuso. Ajustó el resto, se soltó al saque y, por fin, encontró resquicios en el muro alemán. El servicio de Zverev, tan sólido hasta entonces, titubeó. Shelton se fabricó tres bolas de set. Convirtió la segunda. El estadio explotó. El partido, por primera vez, pareció abrirse.

Tim Henman lo leyó así: Shelton hizo un gran trabajo para llevarse el tercer set, pero el primer juego del cuarto lo cambió todo. Y eso fue exactamente lo que ocurrió.

El cuarto set, el golpe definitivo

Cuando el duelo pedía continuidad al suspense, Zverev cortó de raíz cualquier conato de remontada. Rompió de entrada en el cuarto parcial. Ese break temprano, en palabras de Henman, lo asentó y le devolvió la energía. Desde ahí, jugó con una calma casi insultante para un hombre que estaba a un puñado de juegos de su segundo grande.

Shelton, que había alimentado a la grada con su tenis explosivo durante todo el torneo, ya no encontró la chispa. El alemán manejó la ventaja con oficio, sin dejar que el ambiente ni el contexto le temblaran el pulso. Incluso cuando recibió una violación de tiempo por su ya célebre ritual de bote de pelota —las estadísticas indican que pasó alrededor de tres de sus más de 23 horas en el torneo botando la bola entre saques—, no perdió el foco.

Punto a punto, juego a juego, se acercó a la línea de meta. Y, aunque él mismo olvidó el marcador en el último punto, su tenis no se despistó ni un segundo.

De “me conformo con uno” a dos Grand Slams en un año

El propio Zverev reconoció después que, si tres meses atrás alguien le hubiera ofrecido un solo título de Grand Slam en toda su carrera, lo habría firmado sin dudar. Hoy tiene dos en el mismo año. El estigma de “mejor jugador sin un grande” ha quedado enterrado bajo la arcilla de París y el cemento de Nueva York.

Su transformación no es solo estadística. Henman destacó cómo, en los últimos doce meses, su juego ha dejado de ir hacia atrás para volverse más agresivo, más incisivo. Ante Shelton, al que ya había derrotado cinco veces, mantuvo ese patrón: tomó la iniciativa, mandó con el servicio y no dejó que el estadounidense dictara el ritmo, salvo en ese tercer set en el que el partido se abrió.

Bartoli fue aún más tajante: con un Zverev que solo comete un error no forzado en el primer set y que domina los momentos clave, es casi imposible para un debutante en una final de Grand Slam, por muy arropado que esté por su público.

La madre, la diabetes y una carrera contra los pronósticos

Entre trofeos, focos y entrevistas, Zverev reservó el mensaje más emotivo para su madre, Irina, exjugadora profesional. Recordó cómo, cuando él tenía cuatro años y fue diagnosticado con diabetes tipo 1, los médicos advirtieron que su vida y el deporte estarían muy limitados. Ella se negó a aceptar ese destino.

Según relató el campeón, su madre decidió que la enfermedad no marcaría la vida de su hijo. Si quería ser tenista, lo sería. Si quería otra cosa, también, pero la diabetes no dictaría el guion. Zverev no dudó en llamarla la persona más fuerte e importante de su vida. El título en Nueva York, bajo esa luz, adquiere otra dimensión: no solo es la culminación de un año brillante, sino la victoria final sobre un pronóstico médico que apuntaba en otra dirección.

Respeto para Shelton y un aviso al futuro

En la ceremonia, Zverev también se detuvo con Shelton. Lo calificó de jugador y persona increíbles y le lanzó una predicción directa: volverá a esta pista muchas veces y, si tuviera que apostar todo su dinero, lo haría a que un día levantará este trofeo.

Shelton, que aún no había cumplido un año cuando Roddick ganó el US Open en 2003, devolvió el elogio. Felicitó al alemán por su segundo grande del año, destacó su forma de servir, moverse y trabajar —“más horas en pista que nadie”— y aseguró que él y su equipo hacen las cosas “de la manera correcta”. A la grada de Nueva York le dejó una promesa sencilla: esto es solo el comienzo, volveré.

La sensación, al caer la noche sobre Flushing Meadows, era clara. Zverev ya no persigue la élite, forma parte de ella. Shelton, con 21 años y una final de Grand Slam en casa, ha abierto una puerta que parecía cerrada para el tenis masculino estadounidense desde hace dos décadas.

La pregunta, ahora, no es si Zverev ha llegado tarde a la fiesta de los grandes campeones. La pregunta es cuántos trofeos más está dispuesto a arrebatar en escenarios como este. Y quién se atreverá a sacarlo de esa conversación.