Alexander Zverev conquista el US Open y silencia a Arthur Ashe
Alexander Zverev silenció a Arthur Ashe. No con un golpe milagroso ni con un punto imposible, sino con algo mucho más demoledor: oficio, calma y una final jugada como si llevara toda la vida en este escenario.
El alemán, primer cabeza de serie, apagó el sueño americano de Ben Shelton y de las 24.000 personas que empujaban al zurdo de Atlanta, para conquistar el US Open con un triunfo por 6-3, 7-6 (7-2), 5-7 y 6-2. Tres meses después de levantar su primer grande en Roland Garros, ya es campeón múltiple de Grand Slam. La etiqueta de “eterno aspirante” se le ha caído de golpe.
De las dudas al dominio
A comienzos de temporada, pocos habrían apostado por este giro. Zverev, 29 años, arrastraba tres finales de Grand Slam perdidas y la sensación incómoda de que su carrera podía quedarse a medio camino respecto a las expectativas que lo rodeaban desde adolescente.
El año, sin embargo, se abrió de forma inesperada. Las lesiones de Jannik Sinner y Carlos Alcaraz despejaron un tramo del camino. Alcaraz se perdió Roland Garros y Wimbledon; Sinner, el US Open. Entre ambos habían monopolizado los grandes de 2024 y 2025. Zverev vio el hueco y se lanzó.
En Nueva York, su arranque fue titubeante. Partidos largos, finales de madrugada, un nivel irregular que no invitaba precisamente a pensar en una coronación. Pero sobrevivió. Y a medida que avanzaban las rondas, fue afinando. No se cruzó con ningún top-20 hasta la final. Ahí lo esperaba Shelton, el cañonero local señalado desde hace tiempo como futuro ganador de grandes.
Shelton, mucho ruido y un inicio fatal
El ambiente era el que se esperaba: ruidoso, patriótico, hambriento de historia. Shelton, octavo cabeza de serie, perseguía un hito que en Estados Unidos se ha convertido casi en obsesión: ser el primer campeón de Grand Slam masculino desde Andy Roddick en 2003.
El problema es que la final se le torció desde el primer juego.
Nervios. Una doble falta en bola de break. Regalo para Zverev. Y contra el alemán, cuando le das la iniciativa tan pronto, es como empezar un maratón dos kilómetros por detrás. Con el primer servicio afilado y un plan clarísimo para castigar el revés de Shelton desde el fondo, Zverev se adueñó del ritmo. Mandó en los intercambios, manejó los ángulos, obligó al estadounidense a forzar cada golpe. El 6-3 inicial fue casi lógico: el set se cerró, simbólicamente, con otra doble falta de Shelton en punto de set.
El segundo parcial se jugó en el alambre. Shelton encontró algo más de primer saque, empezó a soltar la derecha, levantó al estadio con algún latigazo marca de la casa. Zverev, sin embargo, no le dio una sola grieta real. Cuando apareció el tie-break, el alemán cambió de marcha. Ahí se vio al campeón de Roland Garros: frío, quirúrgico, sin un gesto de duda. 7-2 en el desempate. Y una sensación inequívoca: esta vez no era el chico que dejó escapar dos sets de ventaja en la final del US Open 2020. Esta vez mandaba él.
El arreón americano y la respuesta del campeón
Arthur Ashe despertó en el tercer set. Shelton, también.
Por primera vez en toda la noche, el estadounidense empezó a presionar de verdad el servicio de Zverev. Restó más profundo, leyó mejor las direcciones, se soltó en los peloteos largos. El alemán, algo más errático, cedió finalmente el break en la tercera oportunidad de Shelton. El rugido del estadio fue inmediato, casi de liberación.
Ese quiebre cambió el tono. Shelton, crecido, sostuvo la ventaja y se llevó el set. El público olió la remontada. El relato perfecto estaba servido: el chico de casa, el cañón zurdo, remontando dos sets abajo ante el número uno del cuadro.
Zverev no lo permitió.
El alemán salió al cuarto set con una claridad brutal. Recuperó la puntería con el primer servicio, volvió a castigar el revés de Shelton y tomó de nuevo el control territorial de los puntos. El break temprano fue un jarro de agua fría para la grada. El segundo, una sentencia. El 6-2 final reflejó lo que se veía en la pista: un jugador hecho, con jerarquía, imponiéndose a un talento aún en construcción.
Un final extraño, un gesto liberador
El último punto tuvo algo de anticlímax y, a la vez, de símbolo. Shelton mandó largo el resto en bola de campeonato. Zverev, por un instante, no reaccionó. Miró al marcador, miró a su equipo. Fue su box quien le señaló la realidad. Entonces sí: sonrisa amplia, casi de sorpresa, y los brazos al cielo.
No era solo el US Open. Era todo lo demás.
En la ceremonia, se dirigió a su equipo, liderado por su padre Alexander senior y su hermano Mischa. Recordó los años de espera, de golpes duros, de finales perdidas. “Estuvimos 30 años sin ganar un título de Grand Slam y ahora hemos ganado dos en tres meses”, dijo, subrayando el peso de lo vivido. Para él, este 2026 es la consecuencia de todo ese recorrido, de todo ese desgaste.
Shelton, mientras tanto, se marcha con una mezcla de frustración y confirmación. No fue suficiente en su primera final de Grand Slam, pero dejó claro por qué muchos lo ven como campeón futuro: potencia descomunal, carisma, valentía para pegar cuando quema. Le faltó temple en los momentos clave. Justo lo que a Zverev le sobró.
La pregunta, ahora, se desplaza hacia el circuito: con Sinner y Alcaraz recuperándose, y Zverev ya instalado en la categoría de campeón múltiple, ¿quién se atreverá a discutirle este nuevo lugar en la cima cuando todos vuelvan a estar sanos?




