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Alexander Zverev conquista el US Open y frustra el sueño de Shelton

Alexander Zverev se plantó en el Arthur Ashe Stadium con la serenidad de quien ya conoce el vértigo de las grandes citas y salió de allí con su segundo título de Grand Slam, el primero en el US Open, tras imponerse a Ben Shelton por 6-3, 7-6(2), 5-7 y 6-2. En el camino, apagó la ilusión de un país que llevaba más de dos décadas esperando a un campeón local.

El alemán, de 29 años, manejó la final como un veterano curtido en noches largas. Shelton, 23, debutaba en un escenario así. La diferencia de millas acumuladas se notó en los momentos que queman.

Un inicio alemán, un estadio americano

Desde el primer juego quedó claro el guion inicial: Zverev al servicio, casi impecable, y Shelton tratando de encontrar un resquicio donde apenas lo había. El alemán se adueñó del ritmo, marcó los tiempos, castigó con primeros saques pesados y se llevó el primer set por 6-3 con una frialdad quirúrgica.

El público, volcado con Shelton, empujaba cada punto del estadounidense como si fuera bola de partido. No bastaba. Zverev, metódico, no regalaba nada.

Shelton tardó, pero despertó. En el segundo parcial empezó a leer mejor el saque del alemán, a soltarse en los restos, a pegar esas derechas explosivas que lo han convertido en uno de los jugadores más electrizantes del circuito. La confianza crecía a la vez que subía el ruido en las gradas.

Forzó el ‘tie-break’. Parecía el momento para que el partido cambiara de manos. Zverev no lo permitió. Ajustó el visor, subió una marcha en el desempate y lo cerró por 7-2, clavando un golpe psicológico que habría tumbado a muchos.

Shelton, no.

El orgullo de Shelton y un tercer set que encendió el Ashe

Con dos sets abajo y el sueño colectivo tambaleándose, el estadounidense decidió que no se iba a ir en silencio. Empezó a jugar más dentro de la pista, a arriesgar en las devoluciones, a mirar a Zverev de frente. El alemán, por primera vez en la noche, dudó.

El tercer set se convirtió en una batalla emocional. Shelton, empujado por un estadio que rugía cada vez que levantaba el puño, consiguió romper el saque de Zverev y estirar la final. 7-5. El Arthur Ashe vibraba como en las grandes remontadas de este torneo. El relato del héroe local empezaba a tomar forma.

Zverev se tomó su tiempo, respiró hondo y se aferró a su experiencia. No era la primera vez que se veía en una final grande con el viento en contra. Ya había jugado cinco antes de esta. Sabía que un par de juegos sólidos podían devolverle el control.

La reacción del campeón

El cuarto set trajo tensión y un punto de polémica. Zverev recibió una violación de tiempo en el saque y protestó con vehemencia. No consiguió que el juez cambiara la decisión, pero sí dejó claro que no iba a dejarse sacar del partido por un detalle arbitral.

Lejos de descentrarse, el alemán utilizó el incidente como combustible. Rompió pronto para ponerse 3-1, silenció a buena parte del público con su consistencia y, cuando vio la herida, apretó aún más. Otro quiebre para el 5-2 y servicio. El resto fue trámite: cerró el encuentro con autoridad, sin titubeos, como lo hacen los campeones que ya han aprendido a sufrir.

En la ceremonia, con el trofeo de Tiffany & Co. en las manos entregado por la leyenda Jimmy Connors y un cheque de 5,5 millones de dólares, Zverev no habló de táctica ni de rankings. Miró más atrás. A los cuatro años. A su diagnóstico de diabetes. A su madre.

Recordó cómo ella se negó a ponerle techo a su futuro. “Si quiere ser tenista, será tenista”, contó que le dijo entonces. Después, la definió como “la persona más importante y más fuerte” que conoce. El título en Nueva York llevaba mucho más que su nombre grabado.

Fe, familia y una noche histórica para Shelton

Shelton, derrotado pero entero, se agarró a sus convicciones. Agradeció a Dios y describió la experiencia como un regalo, más allá del marcador. “Mis éxitos son un regalo, los fracasos son un regalo, y estar aquí jugando delante de ustedes es un regalo”, afirmó ante un público que lo ovacionó como si hubiera ganado.

En la grada, Trinity Rodman, futbolista del Washington Spirit, lucía una camiseta con el apellido Shelton. Horas antes había sido titular en la derrota de su equipo por 3-0 ante Boston Legacy en casa. Aun así, encontró la forma de estar en Nueva York para acompañar a su pareja en la noche más importante de su carrera.

La final no fue solo un partido. Fue un símbolo. Shelton llegaba como posible primer campeón estadounidense desde Andy Roddick en 2003 y, además, como aspirante a convertirse en el segundo hombre negro en levantar el trofeo del US Open, después de Arthur Ashe en 1968. Precisamente en la pista que lleva su nombre.

Más de 50 años después, el peso histórico era evidente. Tracie Saundera, aficionada entrevistada antes del encuentro, lo resumía con emoción: era la primera vez en su vida que veía a un hombre negro en esta final; la última había sido en 1972, antes de que ella naciera. Para ella, Shelton no solo era historia. Era puro espectáculo. Un jugador “con tanta pasión y energía”, “divertidísimo de ver”, decía, encantada de ver cómo una nueva generación toma el relevo de sus viejas referencias.

Un impulso para el tenis estadounidense

El camino de Shelton hasta la final explica parte del fervor que lo rodeaba. Se dejó el alma en un maratón de 4 horas y 28 minutos ante el dos veces campeón del torneo, Carlos Alcaraz, en cuartos. Un duelo que comenzó tarde el martes y terminó a las 3:33 de la madrugada del miércoles, con el español visiblemente al límite, hasta el punto de parecer vomitar en una toalla en un momento del partido.

Después, el estadounidense se impuso con autoridad a Frances Tiafoe en semifinales, 4-6, 6-3, 6-3, 7-5, en otra noche que confirmó que el tenis masculino de Estados Unidos vuelve a tener rostros reconocibles, carismáticos y competitivos.

Junior Pulayya, seguidor de la University of Florida, condujo desde Florida hasta Nueva York solo para verlo. Había en su viaje algo de peregrinación. Lo decía claro: durante años, el país había sufrido una sequía de jugadores masculinos “realmente sólidos”. Shelton representa, para él, un punto de inflexión. Una figura capaz de enganchar a “una nueva generación de chicos” que quieran seguir y practicar este deporte.

Shameka Littles, veterana aficionada de Maryland, se preguntaba cómo se sentiría Shelton al pisar la Arthur Ashe como el primer finalista negro del US Open en más de medio siglo. Para ella, el logro iba más allá de la piel. Lo que más le impresionaba era ver a tantos estadounidenses colarse en cuartos y semifinales. Lo definía como “inspirador” y deseaba que este torneo sirviera como una gran inyección de energía y ambición compartida.

Zverev, en racha; Shelton, en camino

Zverev aterrizaba en Queens con viento de cola tras conquistar Roland Garros en junio. Sufrió en las dos primeras rondas, pero a partir de ahí no volvió a ceder un set hasta la final. Su triunfo en Nueva York consolida un año que puede marcar un antes y un después en su carrera, el de su madurez definitiva en los grandes escenarios.

Shelton se marcha sin el trofeo, pero con algo que a veces vale más que un título a los 23 años: la certeza de pertenecer a este nivel y de arrastrar detrás de sí a un país entero. No levantó la copa, pero levantó expectativas, referencias e ilusiones.

El US Open ya tiene nuevo campeón. La pregunta es cuánto tardará en volver Shelton a esta misma pista con otra oportunidad de cambiar la historia.

Alexander Zverev conquista el US Open y frustra el sueño de Shelton