Zverev conquista el US Open y silencia a Shelton
Alexander Zverev no solo ganó el US Open. Lo arrebató. Lo arrancó de las manos de un estadio volcado con Ben Shelton y lo convirtió en su segundo título de Grand Slam del año, con un 6-3, 7-6(2), 5-7, 6-2 que apagó la ilusión de ver al primer campeón local desde Andy Roddick en 2003.
Lo hizo a su manera: imponiendo peso de golpe, experiencia y una frialdad que solo se quebró en el momento más insólito de la noche. Cuando la devolución de Shelton se marchó larga en la bola de partido, el alemán siguió jugando como si nada. Devolvió las pelotas al otro lado de la pista, preparado para sacar de nuevo. Solo al mirar la pantalla gigante entendió que todo había terminado. Era campeón del US Open… y él aún pensaba que el marcador iba 5-1.
“Pensé que era 5-1. Sabía que le había roto el saque dos veces, pero creía que él solo había ganado un juego”, explicó después. “Los profesores siempre te decían que te olvidaras del marcador, así que lo hice”.
Un inicio asimétrico: la experiencia manda
La final enfrentaba a un Zverev en su sexta final de un grande contra un Shelton debutante en estas alturas. Y se notó desde el primer pelotazo.
Shelton salió a la pista central, abarrotada con 23.000 espectadores entregados a su causa, ovacionado en un estadio que lleva el nombre de Arthur Ashe y que siempre ha tenido debilidad por los suyos. Entre el público, una constelación de rostros conocidos, con Pierce Brosnan captado por la realización cuando el reloj del partido marcaba 0:07, guiño inevitable a su pasado como James Bond.
Pero el joven estadounidense, más que inspirado, arrancó tembloroso. Doble falta en el primer juego para entregar el break. Doble falta en la bola de set para entregar el primer parcial. Zverev, primer cabeza de serie, no perdonó: se adelantó 6-3 casi sin despeinarse.
Shelton, octavo favorito, ni siquiera dispuso de una bola de break en los dos primeros sets. Cada turno de saque del alemán fue un martillazo. “Le pegó a sus saques como si quisiera arrancar la pelota del cordaje”, se podría decir sin exagerar. El alemán dominaba el ritmo, el marcador y el ambiente.
El tiebreak que marcó territorio
Shelton había llegado al torneo sin haber ganado jamás a Zverev en cinco intentos. Tampoco había podido con Stefanos Tsitsipas ni, sobre todo, con Carlos Alcaraz. En Nueva York rompió todos esos techos. Por eso, pese al 2-0 en sets, nadie se atrevía a descartarle.
Zverev, ya liberado del peso de ser “el mejor jugador sin Grand Slam” tras su triunfo en Roland Garros este mismo año, manejó el segundo set con autoridad. El tiebreak fue una declaración de poder: agresivo, seguro, dominante. 7-6(2) y sensación de partido encarrilado.
Shelton, sin embargo, se negó a desaparecer. Se agarró al encuentro, apretó los dientes y encontró por fin la grieta en el saque del alemán. De repente, tres bolas de break y de set. El servicio de Zverev, hasta entonces casi intocable, titubeó. El estadio rugió cuando el estadounidense aprovechó la segunda oportunidad y se llevó el tercer parcial. El US Open, por unos minutos, volvió a creer.
El golpe definitivo
El impulso parecía cambiar de lado. El público se levantaba con cada punto de Shelton, olía la remontada. Pero el partido, como tantas veces en el tenis, se decidió en un instante.
Zverev quebró pronto en el cuarto set. Un break temprano que cayó como un jarro de agua fría sobre la grada. El alemán, que este año ha sabido sacar partido de las lesiones y ausencias a cuentagotas de figuras como Alcaraz o Jannik Sinner, no estaba dispuesto a dejar escapar otra final. Con el marcador a favor, volvió a su libreto: saque demoledor, derecha pesada, presión constante.
Su ritual de boteo de pelota, casi hipnótico, también dejó huella en el torneo: las estadísticas reflejaron que pasó alrededor de tres de las más de 23 horas en pista estas dos semanas simplemente botando la bola entre servicios. En la final, ese tic le costó finalmente una violación de tiempo. Ni siquiera eso le descentró.
Tres horas y 33 minutos después del primer punto, Zverev cerró el partido, esta vez sí consciente de lo que había logrado. Segundo Grand Slam del año. Primero en Nueva York. Una temporada que cambia su narrativa para siempre.
Un campeón con aguja en la pierna
El título tuvo, además, un matiz muy personal. Diagnosticado de diabetes tipo 1 en la infancia, Zverev tuvo que inyectarse insulina en la pierna durante el cuarto set. Un gesto que, en plena batalla por un grande, retrata tanto como cualquier estadística.
Tras el triunfo, el alemán recordó lo que significó aquel diagnóstico: “Cuando a tu hijo de cuatro años le dicen que tiene diabetes y los médicos te aseguran que su vida y el deporte serán muy limitados, hace falta una madre muy fuerte para decir: ‘mi hijo será lo que quiera ser’.”
En la otra mitad de la pista, Shelton digería la derrota con la misma mezcla de desilusión y determinación que le ha traído hasta aquí. “Este es mi lugar feliz y ojalá este torneo no terminara nunca”, confesó. Agradeció a la ciudad de Nueva York, a los aficionados que llenaron las gradas y a los que se quedaron hasta las cuatro de la mañana en sus partidos anteriores. Y dejó un aviso que sonó a promesa más que a consuelo: “Apenas estoy empezando y volveré.”
Zverev ya ha cumplido con su parte. Ha dejado de ser una promesa eterna para convertirse en un múltiple campeón de Grand Slam. La pregunta, ahora, es cuántas veces más tendrá que mirar al marcador para creer lo que está escribiendo en la historia del tenis.




