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Alcaraz se impone a Paul y avanza en el US Open

Carlos Alcaraz ya no está volviendo. Ya ha vuelto. El español se metió en los cuartos de final del US Open con una victoria seca, autoritaria, por 6-4, 6-3, 6-4 ante el estadounidense Tommy Paul, 20º cabeza de serie, y dejó la sensación de que en Flushing Meadows vuelve a mandar el mismo de siempre.

Cinco meses fuera por una lesión de muñeca derecha. Dos Grand Slams ausentes. Dudas lógicas sobre cuánto tardaría en recuperar el filo competitivo. Todo eso quedó reducido a ruido de fondo en una noche en la que su tenis sonó más fuerte que cualquier interrogante.

Un latigazo a 164 km/h como declaración de intenciones

El partido se rompió pronto en el segundo set. Hasta entonces, Paul había resistido con su velocidad endiablada y su capacidad para contraatacar desde cualquier rincón. Pero Alcaraz encontró la brecha con una derecha cruzando la pista como un látigo: 164 km/h marcó el radar. Winner paralelo. Punto que levantó al Arthur Ashe Stadium y que, sobre todo, envió un mensaje claro: la muñeca está entera.

Ese misil fue solo uno de los 33 golpes ganadores que firmó el murciano. Otro derechazo, igual de violento, le dio la bola de partido en una pista que ya siente como suya desde aquel primer título grande hace cuatro años. Aquí, donde ha alcanzado los cuartos en cinco de sus seis participaciones, su tenis se expande.

“Creo que sí”, respondió cuando le preguntaron si ya está de nuevo a su mejor nivel en Nueva York. Y lo demostró punto a punto, sin necesidad de adornar la frase.

Paul corre, Alcaraz manda

El marcador puede engañar. Paul no se rindió en ningún momento. Volvió a lucirse con otro golpe alrededor del poste, el segundo de este torneo, una especialidad de la casa que arrancó aplausos incluso de quienes iban con el local. Se estiró, corrió, buscó ángulos imposibles.

Alcaraz ni pestañeó. Se aferró a su plan: dominar con la derecha, subir cuando olía sangre, cambiar alturas y ritmos para sacar a Paul de su zona de confort. “Solo intenté jugar mi juego”, explicó después. Y se notó. Quiso ser agresivo en todo momento, especialmente al resto, donde apretó lo suficiente como para robarle tiempo al estadounidense y, de paso, ganar calma en los momentos calientes.

La batalla que esperaba se convirtió en un pulso que siempre se inclinó hacia el lado del número dos del cuadro. Paul ponía el esfuerzo; Alcaraz, la jerarquía.

El Ashe se rinde… al visitante

Buena parte del público buscaba un héroe local. Es Nueva York, es un estadounidense en la pista grande, es el deseo de una historia patriótica. Pero el espectáculo manda. Y Alcaraz se adueñó del escenario con su tenis desinhibido, lleno de riesgos calculados, dejadas inesperadas y cambios de ritmo que descolocan a cualquiera.

Con esta victoria, el español se coloca al borde de un registro llamativo: está a un paso de mejorar su balance a 13-0 ante jugadores estadounidenses en torneos de Grand Slam. Un muro para los locales en su propia casa.

Por momentos, el partido entró en modo crucero. Alcaraz se permitió bajar medio punto de intensidad cuando el duelo parecía encarrilado. En la recta final, titubeó un instante, dejó una rendija abierta. Pero reaccionó como lo hacen los campeones: apretó de nuevo, afinó el saque, recuperó la precisión con la derecha y cerró el encuentro sin dramatismos.

Cuartos a la vista… y un cuadro que se calienta

El triunfo le abre las puertas de un nuevo cruce de alto voltaje. En cuartos de final le espera el ganador del duelo entre el estadounidense Ben Shelton y el griego Stefanos Tsitsipas, dos perfiles muy distintos, pero un mismo denominador: ambos saben que se medirán a un Alcaraz que ya huele a “plena potencia”.

En el otro lado del cuadro, Frances Tiafoe se medía a Daniil Medvedev con la intención de montar un duelo completamente estadounidense en cuartos frente a Alex Michelsen, que se ganó su sitio tras derrotar al argentino Tomas Martin Etcheverry, 27º cabeza de serie, por 7-6(8/6), 6-4, 6-4.

El torneo se estrecha, las historias se cruzan y la presión sube. Alcaraz, mientras tanto, juega como si todo esto fuera lo más natural del mundo: cinco meses fuera, 18 victorias seguidas en Grand Slams y un título en Nueva York que, a este ritmo, nadie le va a regalar.