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Ben Shelton y Carlos Alcaraz: Un combate épico en el U.S. Open

NUEVA YORK — En Arthur Ashe Stadium no se jugó un simple partido de tenis. Fue una velada de boxeo a raqueta limpia, un combate de pesos pesados que se estiró hasta el amanecer y que dejó una marca en la historia del U.S. Open.

Ben Shelton contra Carlos Alcaraz, estilos opuestos, personalidades que se crecen bajo los focos. Un acróbata estadounidense de 23 años, eléctrico, desbordante. Al otro lado, un virtuoso del juego, capaz de dibujar golpes que parecen de otro deporte. El primer pelotazo salió de la raqueta a las 23:05, hora local, con casi 24.000 espectadores acomodados para lo que parecía un evento de pago por visión. Nadie imaginaba que el último punto caería a las 3:33 de la madrugada, el final más tardío en la historia del torneo.

Shelton cerró la noche con un rugido y un cañonazo: 6-7(5), 6-1, 6-3, 1-6, 7-6(10-7), sellado con un saque a 146 millas por hora. Su golpe fetiche, el servicio, lo llevó esta vez a un territorio donde nunca había estado: superar a un campeón de la magnitud de Alcaraz.

“Fue una guerra. Partido épico. Muy físico”, dijo Shelton. Y no exageraba.

Un inicio de guantes arriba

El duelo arrancó como mandan los manuales de las grandes noches: intercambio de golpes, sin concesiones, sin que ninguno lograra encadenar la combinación definitiva. Saques, restos, derechas profundas, miradas desafiantes. Todo en equilibrio.

Hasta que apareció ese momento que suele marcar los partidos de Alcaraz. O, mejor dicho, de sus rivales.

Con 5-5 en el primer set, Shelton mantenía el pulso a un Alcaraz algo más errático de lo habitual. Bastaron un par de errores, algún primer servicio que no entró, y el español encontró el break. Parecía la secuencia conocida: el campeón aprieta, el otro cede.

Pero Shelton devolvió el golpe de inmediato. Un contrabreak poco habitual cuando enfrente está un siete veces campeón de Grand Slam. Dos derechas de Alcaraz se marcharon descontroladas, muy lejos de la línea. Llega de casi cinco meses de baja por una lesión de muñeca; en cualquiera otro sería normal, en él resultaba extraño, sobre todo después de cuatro partidos en los que había recuperado sensaciones.

El desempate fue un intercambio de errores y genialidades, coronado por un punto de circo: estiradas imposibles, improvisación sobre la marcha y un globo suave de Shelton que dejó a Alcaraz deslizándose de espaldas a la red. Parecía el momento del estadounidense. Mandaba 5-3.

Entonces apareció el Alcaraz demoledor. Uno de esos parciales que destrozan almas. Apretó al resto, forzó un error de revés de Shelton, luego encadenó una derecha a pista abierta, otra bala paralela y cerró el set con un punto de pista completa, lleno de reflejos y defensa suicida. Shelton resistió con un tweener salvaje, pero solo retrasó lo inevitable. Primer set para Alcaraz.

Un mazazo. Más de una hora de esfuerzo y nada que enseñar en el marcador. Una película que Shelton ya había visto contra el propio Alcaraz y contra Jannik Sinner.

El campeón se vacía, el retador se enciende

Lo que vino después cambió el guion. Shelton perdió la batalla inicial, pero algo se quedó en el cuerpo de Alcaraz.

Los siguientes 80 minutos fueron un vendaval del estadounidense y un desfile de errores del español. Solo en el segundo set, 17 fallos no forzados por parte de Alcaraz, por apenas 8 golpes ganadores. Shelton olió la sangre. Le rompió el saque una vez. Luego otra. Y una tercera. El 6-1 cayó como un martillazo en el marcador. De repente, todo estaba igualado.

La inercia continuó en el tercer parcial. Shelton mandaba. Se adueñó de la pista, atacó de frente, castigó con saques al cuerpo, derechas profundas a las esquinas, obligando a Alcaraz a correr detrás de la pelota. Un break temprano le dio ventaja y, durante varios juegos, el español pareció aturdido, buscando aire y sensaciones.

Solo a mitad de set empezó a agitar el puño, a gritarse, como si intentara despertarse de una siesta a destiempo. Hubo un último arreón cuando Shelton servía para cerrar el parcial. Con 30-30, ambos se lanzaron a otra de esas jugadas de locos: dejadas anguladas, carreras desesperadas, defensa y contraataque. Alcaraz la ganó con una derecha retorcida, en carrera hacia el fondo, que se clavó en la línea.

Era el tipo de punto que suele encender sus remontadas. Shelton lo sabía. Caminó hacia la toalla. En el trayecto, su padre y entrenador, Bryan, se inclinó sobre el videomarcador y le tendió la mano. Un gesto sencillo: vas bien, sigue corriendo.

Shelton chocó la mano. Mensaje entendido. Tres saques, tres errores del otro lado. Set en el bolsillo. A solo uno de la meta.

El cuarto set, la oportunidad perdida

Alcaraz se sentó con la cabeza entre las rodillas, exhausto. Cuando se levantó para el cuarto set, parecía caminar en piloto automático. Un error de derecha le dio a Shelton una opción de golpe definitivo. La desaprovechó con un revés largo. Otra pelota mal tocada por el español ofreció una nueva oportunidad. Esta vez el fallo llegó con la derecha del estadounidense.

No se alteró. Alcaraz estaba regalando mucho. Más opciones llegarían. Solo que no llegaron.

El español, que había vagado por la pista durante buena parte de la noche, encontró de pronto un hilo al que agarrarse. Se fue a la red con un saque y volea de dejada tras un resto agresivo, forzó un error más, soltó un grito y despertó. El partido cambió de color en minutos.

Shelton, que rozaba el control total, perdió de golpe la brújula. Alcaraz olió el bajón, lo movió de lado a lado, lo desgastó en intercambios de esquina a esquina y le rompió el saque por primera vez desde el final del primer set. El 6-1 del cuarto devolvió el combate a su máxima tensión.

Eran casi las dos de la madrugada. Quedaban unas 10.000 personas en las gradas. Shelton estaba contra las cuerdas y la noche prometía irse al límite. En teoría, nada bueno pasa después de las dos. Salvo cuando dos tenistas de otro planeta deciden despertar a esas horas.

Quinto set a vida o muerte

Quinto set. 2-2. Alcaraz conecta una derecha brutal y se gana una bola de break. Huele a sentencia. Shelton dice que no. Retrocede dos pasos, salta y aplasta un smash que manda al suelo al español. Después, servicio demoledor, juego al saco, raqueta al aire para agitar a la grada. El “U-S-A” retumba en Arthur Ashe.

Son las 2:45. Bryan Shelton está de pie, tenso, orgulloso. A las 2:51, el partido supera el récord de final más tardío del U.S. Open, aquel duelo de 2022 entre Alcaraz y Sinner que se convirtió en un viaje al futuro del tenis y terminó reescribiendo su presente.

Ahora tocaba otra fuga épica. Shelton tuvo tres oportunidades de quedar a un juego de servir para ganar. En la primera, dudó. En vez de atacar a fondo, tiró una dejada flotada desde el centro de la pista. La pelota besó el suelo y, al mismo tiempo, las luces rojas del poste de la red se encendieron. Punto nulo. No esta vez.

En la siguiente, Alcaraz sacó un passing cruzado en carrera, marca de la casa. En la tercera, Shelton estampó un revés en la red. Eran ya las 3:00. El reloj no perdonaba.

A las 3:20, casi 14 horas después del primer partido del día en la pista central, solo quedaba una última batalla: un superdesempate a 10 puntos para decidirlo todo. “Let’s go Ben” tronaba en las gradas. Aplausos, gritos, algún bostezo escondido. Y, entre los silencios, el pitido de los camiones de basura preparando el Billie Jean King National Tennis Center para el amanecer y otra jornada de tenis.

Shelton se adelantó 3-1. Y se enredó. Tres errores en cuatro puntos, combinados con un derechazo de Alcaraz, devolvieron el equilibrio y silenciaron el cántico.

Entonces empezó a fallar el español. “Let’s go Ben” volvió a bajar en cascada. Shelton estampó un saque ganador. Alcaraz mandó una derecha larga. Dos puntos para la gloria.

Con 8-7 y servicio, el partido estaba en su raqueta. Saque al cuerpo. 9-7. Una pelota más. Ace. Nocaut.

Shelton se convirtió en el hombre de la noche más larga. Y el dato que retumba: ningún estadounidense ha levantado un Grand Slam masculino en 23 años. El domingo, uno estará en la final después del choque entre Shelton y Frances Tiafoe.

En Nueva York, quizá la fiesta solo acaba de empezar.