Ben Shelton derrota a Carlos Alcaraz en la final más tardía del US Open
A las 3.33 de la madrugada en Nueva York, con el reloj del Arthur Ashe marcando una hora más propia del metro vacío que de un estadio de tenis, Ben Shelton tuvo en la mano la bola que podía destronar al campeón del US Open.
Sacó. 146 millas por hora. Un misil. Carlos Alcaraz, exhausto, ni se movió.
El punto selló un marcador de época: 6-7 (5), 6-1, 6-3, 1-6, 7-6 (10-7). Cuatro horas y 28 minutos de combate y el partido que ya entra en los libros como el de final más tardío en la historia del torneo.
Shelton, con 21 años y una desfachatez que encaja perfecto con la noche neoyorquina, lo resumió sin adornos: estaba agotado. “Fue una guerra”, dijo. Y lo pareció desde la primera pelota.
El campeón cae de madrugada
Alcaraz defendía título y una racha de 18 victorias consecutivas en Grand Slams. Llegaba de ganar el Australian Open y reaparecía en competición por primera vez desde abril, tras una lesión en la muñeca derecha. Le faltaba ritmo, no coraje.
El español empujó hasta el límite. Luchó de noche y amanecida, incluso después de vomitar antes del inicio del quinto set. Aun así, se aferró al partido como lo hace un campeón que no entiende de excusas. Forzó el superdesempate, se adelantó 5-3 en ese desenlace a 10 puntos y parecía que el peso de su experiencia iba a imponerse.
Entonces el estadio se volcó con Shelton. El estadounidense se agarró a su arma principal: el saque. Bombas por encima de las 140 millas por hora, primeros servicios que limpiaban líneas y errores inesperados de Alcaraz cambiaron el guion. Punto a punto, Shelton remontó hasta el 10-7 final que tumbó al campeón.
Alcaraz, sin trofeo pero con discurso de veterano, se marchó con la cabeza alta. Recordó que el objetivo, en un torneo que marcaba su regreso tras la lesión, era sumar partidos y salir sano. El título se le escapó, pero no la sensación de seguir en la élite.
Noche eterna en el Arthur Ashe
El US Open vive de sus sesiones nocturnas. Y esta, incluso para los estándares de Flushing Meadows, fue distinta. Tres de los cuatro cuartos de final individuales se resolvieron en superdesempate. El día había arrancado con Aryna Sabalenka sufriendo para eliminar a la campeona de Wimbledon, Linda Noskova, y mantener vivo su sueño de un tercer título consecutivo en Nueva York.
Horas después, ya en plena madrugada, miles de aficionados seguían en sus asientos. El Arthur Ashe, quizá todavía a un tercio de su capacidad, rugía como si fuera horario estelar. Shelton se alimentó de ese ruido. El público coreaba su nombre y el clásico “USA! USA!” incluso frente al carisma global de Alcaraz.
“Siempre digo que esta es la mejor ciudad deportiva del mundo; este es el mejor estadio del mundo”, lanzó Shelton, entre la euforia y la incredulidad. Solo bromeó con un detalle muy terrenal: esperaba que su mejor amigo y su hermana, presentes en la grada, no tuvieran que fichar a las seis de la mañana.
En la pista, el partido fue una montaña rusa. Shelton encadenó nueve juegos consecutivos desde el inicio del segundo set hasta ponerse 3-0 en el tercero. Alcaraz respondió con un cuarto set arrollador, 6-1, para forzar el quinto. El campeón parecía haber encontrado la marcha que le faltaba. Pero el estadounidense se negó a ceder el protagonismo en su noche grande.
Curiosamente, Alcaraz ya había sido protagonista del anterior final más tardío del US Open, aquel maratón de 2022 ante Jannik Sinner que terminó a las 2.50 de la madrugada, en el camino hacia su primer grande con solo 19 años. Esta vez, el desenlace fue distinto.
Tiafoe firma otra remontada y asegura finalista local
El triunfo de Shelton no fue el único giro dramático del día. Frances Tiafoe, cabeza de serie número 11, también necesitó cinco sets y un superdesempate para meterse en su tercera semifinal del US Open. Derrotó a Alex Michelsen por 5-7, 3-6, 7-5, 6-3, 7-6 (10-6) en otro partido que cambió de dueño cuando parecía sentenciado.
Michelsen, número 46 del mundo, llegaba lanzado. No había perdido un solo set en todo el torneo y dominaba 2-0 en el marcador. Sirvió 5-4 para cerrar el encuentro en el tercer set. No pudo rematar. Ahí se abrió una puerta y Tiafoe se coló sin pedir permiso.
El estadounidense reconoció que arrancó el duelo lento, plano. Lo pagó caro durante dos sets. Pero en un formato al mejor de cinco, el tiempo juega a favor de quien sabe reaccionar. Tiafoe apretó, cambió el tono del partido y, cuando el duelo se fue al quinto, el historial pesó: Michelsen cayó a 0-6 en encuentros que se definen en la quinta manga.
El superdesempate final fue una extensión de la remontada. Tiafoe, ya dueño del pulso emocional, cerró el choque y se ganó otra cita con las alturas del torneo.
Su próximo rival será Shelton. Ese cruce garantiza algo que el tenis estadounidense lleva años persiguiendo: un jugador local en la final masculina de un Grand Slam. La última vez que un hombre de Estados Unidos levantó un grande fue en 2003, cuando Andy Roddick conquistó precisamente el US Open.
Nuevo campeón asegurado en Nueva York
El cuadro ofrece otra certeza: este año habrá nuevo campeón en Flushing Meadows. En el otro lado del sorteo, liderado por el número uno Alexander Zverev, ninguno de los cuartofinalistas sabe lo que es ganar este torneo.
La noche más larga dejó un campeón destronado, un héroe local en ascenso y una semifinal íntegramente estadounidense. En un US Open que se alimenta de historias, la pregunta ya no es si habrá relevo, sino quién se atreverá a adueñarse de este escenario que no perdona ni el sueño ni el miedo.




