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Carlos Alcaraz y Serena Williams brillan en el US Open

En el arranque del US Open, la Arthur Ashe volvió a vivir una de esas noches que explican por qué este torneo es distinto a todos. Carlos Alcaraz, vigente referente de la nueva generación, y Serena Williams, símbolo eterno del deporte, compartieron lado de la red en uno de los dúos más llamativos que ha visto el tenis reciente. Mismo equipo, mismo color: ambos saltaron a la pista con un llamativo conjunto morado y un objetivo claro, divertirse… y ganar.

Del otro lado, Erin Routliffe y Lloyd Glasspool. Buen nivel, buen tenis, pero poca respuesta ante el imán mediático y competitivo que suponía ver juntos a Alcaraz y Williams. El resultado acompañó: victoria para la pareja estelar y una atmósfera de exhibición grande, pero con aroma a partido serio cada vez que la pelota volaba un poco más rápida de lo previsto.

Alcaraz, a los mandos, no escondió lo que significaba para él esa experiencia. “Estoy jugando al lado de la única e inigualable Serena Williams, ¿qué más puedes hacer? Solo disfrutar… Intentar hacer las cosas que ella me dijo que hiciera”, confesó. Cuando le preguntaron si de verdad seguía los consejos de la leyenda estadounidense, no dudó: “Obviamente”. La pregunta viajó entonces hacia Serena, que respondió entre risas: “Sí, lo hace”.

Un regreso con emoción en ambos bandos

La noche tenía carga emocional para los dos. Para Alcaraz, este US Open supone el primer torneo en meses tras una lesión de muñeca que lo mantuvo apartado de la competición durante casi cinco meses. El murciano llevaba tiempo contando los días para volver a sentir el cemento neoyorquino bajo sus zapatillas.

“Absolutamente, después de un par de meses recuperándome de mi lesión, echo de menos todo. Echo de menos este lugar, echo de menos al público, echo de menos a los recogepelotas”, explicó tras uno de sus entrenamientos. No era una frase hecha: el gesto, la voz y la energía con la que se movía por la pista confirmaban que el parón le había tocado por dentro.

En el caso de Serena Williams, la carga era distinta, pero igual de intensa. Se trataba de su primera aparición en el torneo en cuatro años. Para alguien que ha construido buena parte de su leyenda en estas pistas, el regreso tenía algo de viaje en el tiempo. “Siempre es un lugar increíble para estar”, aseguró. “Nunca esperé volver a esta pista, así que es un momento realmente genial. Nunca pensé que esto sucedería”. La grada entendió el mensaje y la recibió como lo que es: una figura que trasciende el marcador.

Nervios de campeón

Ni los títulos ni la fama blindan contra los nervios. Alcaraz lo dejó claro con una honestidad que también forma parte de su encanto competitivo. Jugar al lado de Serena no es cualquier cosa, ni siquiera para quien ya sabe lo que es reinar en Nueva York.

“Creo que todo el mundo pudo verlo… Hice doble falta en el primer punto, así que sí, estaba muy, muy nervioso”, reconoció. Un gesto técnico sencillo, pero revelador: la presión del momento se coló en el brazo del español. Después, como acostumbra, el juego fluyó, las sonrisas aparecieron y el espectáculo se adueñó del partido.

El propio Alcaraz admitió que el parón había sido largo, demasiado largo para alguien que vive del ritmo, de la repetición, del vértigo de la competición: “Estuve fuera cuatro meses y medio, casi cinco meses, casi me olvido de cómo se siente pisar la pista de nuevo”. Su manera de celebrarlo fue clara: ganar, disfrutar y dejar claro que su muñeca está lista para retos más duros.

Lo que viene en Nueva York

La exhibición con Serena fue el aperitivo. El plato fuerte para Alcaraz llega este fin de semana, cuando continúe su andadura en el cuadro individual del US Open frente a Roman Safiulin. Un rival incómodo, de pegada limpia, perfecto termómetro para medir hasta qué punto el español ha recuperado sensaciones y confianza tras la lesión.

Serena, por su parte, no disputará el torneo en la modalidad individual. Su presencia se limita a este tipo de apariciones especiales, suficientes para encender una pista y recordar por qué su nombre sigue pesando tanto en cada esquina del recinto.

Entre el presente de Alcaraz y el legado de Williams, Nueva York se encontró, por una noche, con el cruce perfecto entre lo que fue y lo que está por venir. La pregunta ahora es sencilla y brutal: ¿hasta dónde puede llegar el murciano en el mismo escenario donde una vez reinó la mujer a la que hoy mira, literalmente, desde el mismo lado de la red?

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