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Clasificación caótica en Interlagos: lluvia frena la F1

La clasificación del Gran Premio de Brasil 2026 apenas había respirado cuando ya estaba detenida. Dos minutos. Ni una vuelta lanzada en condiciones normales. Solo un muro de agua cayendo sobre Interlagos y una bandera roja inevitable.

La lluvia estaba en todos los partes meteorológicos del sábado, pero lo que cayó sobre São Paulo fue otra cosa. Un aguacero brutal que convirtió el asfalto en un espejo traicionero justo cuando los primeros coches se lanzaban al circuito.

Ocho pilotos se atrevieron a salir con neumáticos intermedios: los Mercedes de Kimi Antonelli y George Russell, el Ferrari de Charles Leclerc, el Red Bull de Isack Hadjar, los Alpine de Pierre Gasly y Franco Colapinto, el Aston Martin de Fernando Alonso y el Cadillac de Valtteri Bottas. Sobre el papel, una decisión lógica. En la pista, una aventura al límite.

Bastaron unos metros para entender que aquello no era pilotar, era sobrevivir. Las repeticiones mostraron a Lando Norris coqueteando con el muro, salvando por centímetros un incidente que habría encajado con el guion de la tormenta. Antonelli y Hadjar, conscientes de lo absurdo de la situación, se lo tomaron con humor por radio, entre risas nerviosas y comentarios sobre lo ridículo de las condiciones y la necesidad de impermeables.

Gabriel Bortoleto puso palabras a lo que todos sentían: «Cuando salga del coche, tengo que cambiarme de ropa, estoy completamente empapado». No hacía falta más análisis. El circuito se caía a pedazos de agua.

En el otro lado del garaje, la experiencia mandó. Max Verstappen y Lewis Hamilton ni siquiera cruzaron la línea del pit lane. Se quedaron bajo techo, secos, mirando cómo el cielo castigaba a quienes se habían aventurado. No era prudencia, era instinto de veterano.

La bandera roja llegó sin discusión. No había visibilidad, no había agarre, no había margen para el error. Y no había, de momento, hora de reinicio. La lluvia seguía golpeando el asfalto sin piedad.

A Nico Hülkenberg le avisaron por radio: al menos diez minutos más de lluvia intensa. El mensaje llegó a las 18:08, hora del Reino Unido. La FIA respondió con un comunicado: se esperaban esos diez minutos de precipitaciones fuertes y, cuando la situación ofreciera un respiro, el coche médico saldría a evaluar el nivel de agua estancada sobre el trazado.

El reloj siguió corriendo. Treinta y cinco minutos después de la hora original de inicio de la clasificación, el coche de seguridad apareció por fin en pista. Era una señal de esperanza. Los pilotos volvieron a enfundarse los cascos, se acomodaron en sus monoplazas y el paddock contuvo la respiración.

Dos vueltas de reconocimiento del coche de seguridad. Un vistazo rápido al estado del asfalto. Y de nuevo, el mazazo: otra banda de lluvia se acercaba, aún más densa. Los pilotos volvieron a bajarse de los coches. Mono empapado, paciencia al límite.

La tarde en Interlagos se convirtió en una batalla contra el cielo, con la F1 atrapada en boxes, esperando que la tormenta diese una tregua. En un campeonato decidido tantas veces por milésimas, esta vez mandaba algo mucho más simple y contundente: la lluvia. Y no parecía dispuesta a levantar el pie.