Dane Sweeny sorprende y vence a Lorenzo Musetti en el US Open
En un solo día, la vida deportiva de Dane Sweeny dio un giro brutal. El australiano, número 123 del mundo, tumbó al 13º cabeza de serie, Lorenzo Musetti, y se abrió de golpe la puerta grande del US Open. La etiqueta que le colgaron nada más terminar el partido lo dice todo: “la mayor victoria de su vida”.
No fue un partido perfecto del italiano, lastrado físicamente en varios tramos, pero eso no resta peso al logro. Sweeny se mantuvo firme, leyó bien los momentos clave y no se encogió cuando olió sangre. Aprovechó la oportunidad y no la soltó.
De casi dejarlo todo a un premio millonario
La dimensión del triunfo no es solo deportiva. El jugador de Penrith, que a lo largo de toda su carrera había acumulado poco más de un millón de dólares en premios, se asegura ahora al menos 402.000 por alcanzar la tercera ronda en Nueva York. Esa cifra más que duplica lo que llevaba ganado en toda la temporada.
Tiene 25 años y, hace no tanto, estuvo a punto de desaparecer del mapa. Se marchó del circuito durante dos meses, cansado de no ver resultados, con la duda clavada de si valía la pena seguir.
“Tennis puede cambiar en un abrir y cerrar de ojos, solo tienes que seguir perseverando, y eso fue lo que hice”, explicó tras el encuentro. “No estaba consiguiendo resultados durante mucho tiempo, pero por pura probabilidad sabía que en algún momento iba a girar a mi favor si continuaba. Y seguí. Ahora estoy aquí. La mejor decisión que tomé fue volver después de esos dos meses”.
Emoción desbordada en pista
Al terminar, Sweeny apenas encontraba palabras. Se le notaba en la mirada, en la voz quebrada, en el gesto incrédulo de alguien que de repente se ve compitiendo y ganando a un top del torneo.
“No sé… estoy tan agradecido de poder competir en grand slams, he puesto muchísimo trabajo”, dijo sobre la pista. “Tennis es una auténtica montaña rusa, estoy increíblemente agradecido de jugar delante de este público y de poder saborear esta victoria… es increíble”.
El estadio respondió como se responde a las historias que conectan: con ruido, con calor, con la sensación de estar asistiendo al nacimiento de algo. Un jugador que se había marchado sin hacer ruido volvía ahora con una victoria que lo cambia todo.
Un día de batalla para los australianos
Mientras Sweeny celebraba, otros compatriotas libraban sus propias guerras en la pista.
Tristan Schoolkate, por ejemplo, se vació ante el quinto cabeza de serie italiano, Flavio Cobolli. Llegó al 5-5 en el cuarto set y ahí se rompió el equilibrio. “Uh oh”, pensó más de uno cuando el australiano cedió su saque en ese juego crítico. Cobolli manejó el momento con frialdad: Schoolkate se llevó el primer punto, pero luego llegaron dos errores forzados —incluido un derechazo que se fue por milímetros— y dos golpes ganadores del italiano sellaron el quiebre.
Schoolkate había buscado su truco de magia, ese conejo de la chistera que a veces aparece en los grandes escenarios. No lo encontró. Cobolli, que ya venía de despachar a Andrea Guerrieri en sets corridos menos de 24 horas antes, remató el trabajo con autoridad. Tuvo dos puntos de partido, solo necesitó uno: un saque abierto, demoledor, que cerró el duelo. El apretón de manos en la red fue sincero, de respeto mutuo tras una batalla larga.
En otro frente, Alexei Popyrin y Alejandro Tabilo se enredaron en una pelea de desgaste. Popyrin se apuntó el primer set por 6-2, pero luego se vio atrapado en dos desempates consecutivos que cayeron del lado del chileno con marcador casi calcado. El cuarto set se jugaba sin quiebres, con tensión en cada turno de servicio.
Los números contaban una historia curiosa: Popyrin ya sumaba 22 aces y un 70% de primeros saques, pero solo ganaba el 72% de los puntos con ese primer servicio. Tabilo, más eficiente, se iba hasta el 85%. El partido olía a quinto set, a maratón.
Un futuro que de repente se abre
En medio de ese paisaje de esfuerzo, golpes y pequeñas tragedias deportivas, el nombre que se queda grabado es el de Dane Sweeny. No solo por el ranking del rival, ni por el cheque que le espera, sino por el recorrido que hay detrás: el jugador que se fue, el que dudó, el que volvió a apostar por sí mismo.
Ahora le aguarda una tercera ronda inédita, un escenario nuevo, otra presión. Ya no será el desconocido del cuadro, ni el que llega sin nada que perder. La pregunta es inevitable: ¿hasta dónde puede llegar un tenista que ya sabe lo que es mirar al abismo y decidir seguir adelante?




