Harriet Dart rompe su sequía en Grand Slams en Nueva York
Harriet Dart llevaba 19 meses arrastrando una losa. Casi dos años sin ganar un solo partido de cuadro principal en un Grand Slam. En Flushing Meadows, con su familia desperdigada por las gradas y un nuevo equipo a su espalda, por fin la rompió.
La británica remontó un inicio pésimo para imponerse a la estadounidense Peyton Stearns por 3-6, 6-3 y 6-2 y meterse en la segunda ronda del US Open. No fue un triunfo bonito. Fue uno de esos que se recuerdan porque se sufren.
De la frustración al desahogo
El primer set resumió los fantasmas de Dart. Cuatro bolas de break en el juego inaugural, ninguna convertida. Una oportunidad ideal, desperdiciada. Stearns apretó el puño, se aferró a su servicio y no volvió a darle otra opción en la manga.
La estadounidense, más de 75 puestos por encima de Dart en el ranking, empezó a mandar con autoridad. Castigó el segundo saque de la británica, se hizo con el break en el octavo juego y cerró el set con sensación de superioridad. Para Dart, otro arranque cuesta arriba en un escenario que no perdona.
La película pareció repetirse al inicio del segundo parcial: nuevo break en contra en el primer juego, más presión, más dudas. Pero algo cambió. Stearns, que acabaría el duelo con 40 golpes ganadores pero lastrada por 47 errores no forzados, comenzó a desordenarse. Sus tiros seguían siendo agresivos, pero cada vez menos controlados.
Ahí se agarró Dart.
Leyó mejor los intercambios, varió alturas, ritmos y direcciones, y empezó a devolver una bola más, y otra, y otra. Rompió dos veces el servicio de la local, dio la vuelta al marcador del set y se ganó un tercer parcial que hace apenas media hora parecía lejano.
El sello de Bartoli y el peso del entorno
Dart, número 131 del mundo, no está sola en este renacer. Desde enero trabaja con Marion Bartoli, campeona de Wimbledon en 2013, que ahora forma parte de su equipo y que vivió el triunfo desde la grada. La influencia se nota en los detalles: en cómo gestiona los tiempos, en cómo no se descompone tras un mal juego, en cómo administra la energía en partidos largos.
La británica llegó a Nueva York tras alcanzar los cuartos de final en el Challenger de Vancouver en julio y superar la fase previa en Cincinnati en agosto. Nada espectacular, pero sí una línea ascendente que ahora encuentra premio en un escenario mayor.
Y luego está la otra parte, la que Dart llama “comunidad”. Sus padres, su tío, varios primos. Algunos viven en Nueva York, otros han cruzado el Atlántico para acompañarla. Su madre lleva en la ciudad desde la fase previa; su padre aterrizó la noche anterior al partido. Para Dart, no es un detalle menor. Lo siente como una red, como un respaldo emocional en un circuito que acostumbra a ser solitario.
En cuanto ganó, no dudó: sprint directo hacia su box para fundirse en abrazos. El desahogo de quien llevaba demasiado tiempo chocando contra la misma pared.
Un tercer set de nervios y carácter
El desenlace fue tenso, irregular, lleno de altibajos. El tercer set se convirtió en una sucesión de breaks, tres seguidos, que reflejaban tanto la presión como el desgaste. Stearns seguía buscando líneas; Dart, sosteniendo el intercambio y castigando cada error.
El punto de inflexión llegó en el sexto juego del parcial decisivo. Dart defendió su servicio tras ese tramo de intercambios de breaks y firmó un juego clave, tanto en el marcador como en lo anímico. Ahí se estabilizó. Ahí empezó a mandar.
Con la estadounidense cada vez más errática y el público dividido entre la jugadora local y la historia de resistencia de Dart, la británica manejó el tramo final con la frialdad que tantas veces le había faltado. Necesitó cuatro bolas de partido, síntoma de los nervios acumulados, pero cerró la victoria en algo menos de dos horas y media.
No fue un cierre limpio. Fue uno trabajado, apretado, casi a contracorriente. Precisamente por eso supo distinto.
Segunda ronda y un reto mayor
La recompensa no es menor: en segunda ronda espera la cabeza de serie número 25, Marie Bouzkova. Un perfil muy diferente al de Stearns, menos cañón, más sólida, con menos concesiones gratuitas. Un examen serio para medir hasta dónde llega este nuevo impulso de Dart.
Lo que está claro es que la británica aterriza en ese duelo con algo que le había faltado en los últimos grandes: confianza respaldada por resultados. Desde aquel paso por la segunda ronda del Abierto de Australia 2025, había encadenado cuatro Grand Slams sin siquiera superar la fase previa y dos derrotas consecutivas en primera ronda de Wimbledon con invitación.
En Nueva York, esa narrativa se ha roto. Dart ya no es solo la jugadora que lucha en las previas y se despide pronto. Al menos por unos días, vuelve a ser una presencia en el cuadro.
Se suma así a Toby Samuel y Katie Boulter como representantes británicos en segunda ronda. No es una revolución, pero sí un pequeño síntoma de vida para el tenis británico en el US Open.
Para Dart, sin embargo, es mucho más que eso. Es la prueba de que, con una campeona como Bartoli en su esquina y una grada llena de familia en su “casa lejos de casa”, todavía tiene margen para escribir capítulos que hace un año parecían fuera de su alcance. La próxima página se llama Marie Bouzkova. Y esta vez, Harriet llega con la pluma afilada.




