Las hermanas Williams y su emotivo regreso al US Open
En el US Open casi nunca un dobles femenino abre la sesión nocturna. Para eso están las grandes estrellas del cuadro individual. Pero las reglas cambian cuando se trata de Serena y Venus Williams.
Entre las dos suman 90 años. Y, sin embargo, cuando caminan juntas hacia la pista central, el tiempo se detiene.
La noche en el Arthur Ashe Stadium fue suya, aunque el marcador dijera otra cosa. Las hermanas perdieron, sí, en su regreso tan esperado a un Grand Slam: 6-3, 6-7 (6-8), 7-6 (10-7) ante las 14ª cabezas de serie, Hao-Ching Chan y Maya Joint. Pero el resultado solo cuenta una parte de la historia.
Un regreso que sonó a homenaje
Cuatro años después de su última aparición juntas en esa pista, Serena y Venus reaparecieron en el escenario donde han levantado ocho títulos individuales y dos de dobles. El recibimiento fue atronador, casi reverencial.
Durante el primer set, el rugido se transformó en un murmullo inquieto. Las locales no encontraban ritmo, superadas por la solidez de Chan y Joint. El 6-3 inicial recordó, por un momento, la derrota clara que sufrieron en Ashe en 2020 ante Lucie Hradecka y Linda Noskova.
Pero con las Williams nunca conviene sacar conclusiones tan pronto.
“Fue increíble lo competitivo que fue el partido”, resumió Chanda Rubin, exjugadora y ahora comentarista, que sabe de lo que habla: perdió contra ellas en la final de dobles del US Open 1999. “Después del primer set te preguntabas si Serena y Venus serían capaces de encontrar su ‘mojo’, pero vaya si lo hicieron”.
El estadio despierta
En el segundo parcial cambió el tono. Cambió la energía. Cambiaron ellas.
Venus sostuvo el pulso desde el fondo, Serena empezó a afinar los golpes, y el público, que parecía haber bajado el volumen, volvió a rugir. Chan y Joint dispusieron de cuatro bolas de break en el quinto y séptimo juego. Las desperdiciaron. Las hermanas resistieron, apretaron y llevaron el set al ‘tie-break’.
Allí emergió la versión competitiva que marcó una era. Ajustes mínimos, miradas cómplices, pasos hacia delante. Set para las Williams. El Arthur Ashe, de pie.
La atmósfera, en ese momento, ya no era la de un simple primer partido de dobles. Era una celebración. Un reencuentro. Casi un acto de gratitud mutua entre jugadoras y aficionados.
El último giro del guion
El tercer set parecía escaparse pronto. Chan y Joint se adelantaron 4-1, silencioso aviso de que la fiesta podía acabar sin épica. El ambiente se enfrió, como si el estadio se negara a aceptar el desenlace.
Entonces apareció la marca registrada de las Williams: resistencia.
Punto a punto, juego a juego, las estadounidenses remontaron hasta forzar el ‘match tie-break’. Y allí, cuando el partido se convirtió en una carrera a 10 puntos, ofrecieron un último destello de grandeza: 5-0 arriba, la grada en ebullición, la sensación de que la segunda ronda era cuestión de trámite.
Pero esta vez el golpe final no llegó de sus raquetas.
Chan y Joint se negaron a desaparecer. Encadenaron puntos, se agarraron al partido y aprovecharon dos dobles faltas, una de cada hermana, que pesaron como piedras. Del 5-0 se pasó al 10-7 para las 14ª cabezas de serie. Remontada silenciosa, ejecutada en el ruido ensordecedor de un estadio que quería otro final.
“Fue surrealista”, confesó después Joint. “Nunca habíamos vivido algo así, y jugar contra leyendas de este calibre fue algo súper especial”.
Más que un partido, un símbolo
Derrota al margen, el nivel de las Williams fue mucho más que digno. Golpes sólidos desde el fondo, movimientos más que respetables para su edad, instinto competitivo intacto. Obligar a una pareja asentada como Chan y Joint a sobrevivir en un ambiente tan hostil dice mucho de lo que aún tienen dentro.
También dice mucho del peso que siguen teniendo en el deporte.
Tres décadas después de irrumpir como adolescentes que sacudieron los cimientos del tenis, el circuito continúa girando la cabeza cada vez que sus nombres aparecen en un cuadro. Entre las dos suman 30 títulos de Grand Slam en individuales y 14 en dobles como pareja. Cifras que definen una dinastía.
Este verano, el regreso de Serena, campeona de 23 grandes en individuales, encendió la imaginación de quienes las vieron dominar y de quienes solo las conocían por vídeos y relatos. Venus, con siete ‘majors’ en su palmarés, nunca “evolucionó lejos” del tenis, como definió su hermana pequeña su propia retirada en 2022. Ella siguió, enlazando invitaciones y apariciones esporádicas, pese a las críticas que eso generó en algunos sectores.
En Flushing Meadows, casi nadie discutió que estuvieran. Más bien al contrario: se sintió como algo necesario.
Su intento de volver antes, en Wimbledon, se truncó por la lesión de rodilla de Serena en su partido de individuales, precisamente ante Joint, entonces una rival de 20 años que hoy ya sabe lo que es derrotarlas en dobles. La primera escala real del regreso conjunto llegó en Cincinnati, donde cayeron en el ‘match tie-break’ ante Marta Kostyuk y Peyton Stearns. El mismo desenlace las esperaba en Nueva York.
Silencio, respeto y un adiós que suena a interrogante
Durante los puntos, el Arthur Ashe vivió algo poco habitual: silencio. Un silencio cargado de respeto de parte de un público famoso por su tendencia a la distracción, a la charla constante, al ruido de fondo.
La imagen de las dos hermanas compartiendo pista en el US Open, quizá por última vez, imponía.
Al final, tras la derrota, llegó la despedida. Larga ovación, móviles en alto, caras emocionadas en las gradas. Un homenaje espontáneo, sin discursos ni ceremonias. Solo ruido y aplausos.
Las preguntas, inevitablemente, se dirigieron al futuro. Serena, en una entrevista reciente en Good Morning America, dejó caer su deseo de volver a jugar en individuales. Venus, tras su eliminación en singles el lunes, dijo que no debería “tener que” pensar aún en lo que vendrá después del dobles.
Esta vez no hubo respuestas. Las hermanas, según informaron los organizadores del US Open, decidieron no estar disponibles para la prensa tras el partido.
El estadio se vació despacio, como si nadie quisiera ser el primero en irse. La sensación flotaba en el aire: quizá no vuelvan a jugar juntas en esta pista. O quizá sí.
Con las Williams, la historia siempre se ha escrito a contracorriente. La única certeza es que, mientras sigan entrando en una pista con una raqueta en la mano, el tenis seguirá parando el reloj para mirarlas.




