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Jack Grealish: Del ícono del City al enigma en el Everton

En Atlanta, mientras Inglaterra se acurrucaba cada vez más cerca de su propia área, casi invitando a Argentina a rematar la semifinal del Mundial, la conversación se repetía en bares, salones y redes sociales: ¿qué le pasa a este equipo? ¿Qué puede hacer Thomas Tuchel?

Perdió 2-1 tras ir ganando 1-0, hipnotizado por Lionel Messi. Y, entre tantas explicaciones, surgió un nombre que hace no tanto tiempo era imposible ignorar en la élite europea.

Faltaba un Jack Grealish sano, centrado y con el balón pegado al pie.

De fichaje récord a pieza clave del triplete

Jack Grealish pasó de ídolo de culto en el Aston Villa a símbolo de la opulencia del Manchester City: 100 millones de libras en el verano de 2021, récord británico. Su primer curso fue de adaptación, de entender los automatismos de Pep Guardiola, de aprender a moverse entre líneas en un equipo que exige precisión quirúrgica.

El segundo año fue otra cosa. Grealish se convirtió en un engranaje esencial de la máquina del triplete. Pocos futbolistas en el mundo manejaban como él la posesión en espacios reducidos: recibir, proteger, girar, conducir, bajar pulsaciones o acelerar ataques. Era la válvula de escape perfecta para un equipo que vivía en campo contrario.

En una selección inglesa que sigue sin tener un jugador con ese perfil, su ausencia en la lista de Tuchel para los compromisos de noviembre vuelve a doler. Y llama la atención que tampoco el propio Manchester City disponga ya de esa versión de Grealish. Hoy, el único club que lo tiene en nómina es el Everton… y lleva dos partidos ganando con él apartado del grupo.

El caso Everton: enfermedad, sanción y silencio

La caída reciente tiene un punto de inflexión claro. Grealish se perdió la derrota por 2-0 del Everton ante el Arsenal, vigente campeón de la Premier League, el 24 de octubre, oficialmente por enfermedad. Cinco días más tarde, tampoco apareció en la victoria por 3-1 ante el Newcastle en la Carabao Cup. Esta vez, el motivo fue más grave: “incumplimiento de la disciplina del club”.

Desde entonces, la puerta se cerró. No participó en el triunfo liguero por 1-0, de nuevo ante el Newcastle, y David Moyes confirmó que tampoco estaría disponible para la visita del Coventry City al Hill Dickinson Stadium.

“Jack no está disponible”, dijo el técnico en la rueda de prensa previa. “No voy a contaros el plan, pero volveremos a trabajar con Jack pronto”.

Cuando le preguntaron si el jugador seguía presente en las instalaciones del club, Moyes cortó: “Prefiero no responder. Desde el principio, espero que hayáis captado mis palabras. Dije que era un asunto del club y sigue siéndolo”.

El mensaje era claro: el tema ha subido a los despachos.

Una noche más larga de la cuenta

Everton ha blindado la información, pero ha admitido que no se trata solo de una decisión deportiva de Moyes, sino de un caso en el que la directiva está plenamente implicada.

Los informes coinciden en el detonante: una ausencia no autorizada en un entrenamiento la semana posterior al partido frente al Arsenal. Un episodio que, por desgracia, encaja con un patrón conocido alrededor de Grealish: una vida social intensa que a veces se cruza con su agenda profesional.

El 19 de octubre, el jugador asistió a los premios Pride of Britain en Londres. Según publicaron medios británicos, la noche continuó en Bam Karaoke Box, en Victoria, pleno centro de la capital. Al día siguiente se entrenó con el Everton y más tarde vio el Paris Saint-Germain–Barcelona de Champions en un pub de Cheshire junto a varios compañeros, entre ellos Jordan Pickford.

El miércoles era día libre para la plantilla. Nada fuera de lo normal, dentro de ciertos límites. De acuerdo con las crónicas, Pickford se marchó pronto; Grealish se quedó más tiempo.

No es una amistad nueva. Ambos son uña y carne desde hace años. En marzo de 2025, por ejemplo, compartieron una tarde en un club social durante el descanso de Grealish tras un partido de FA Cup con el City ante el Plymouth Argyle. El atacante dejó 500 libras pagadas en la barra para los habituales del local, un gesto que reforzó su imagen de tipo cercano, alejado de la distancia que a menudo se le atribuye a las estrellas.

Ese lado humano, sumado a su talento, siempre le ha generado simpatías. Y también indulgencia.

Un talento que muchos han protegido… hasta cansarse

La realidad es contundente: Grealish lleva más de dos años sin jugar con Inglaterra y encadena su segunda cesión consecutiva en el último año de contrato con el Manchester City. Para cuando se produjo aquella salida nocturna de marzo de 2025, su etapa con Guardiola estaba prácticamente agotada. No rompía ninguna norma grave en su tiempo libre, pero el técnico que más lo defendió en público dejó de verlo como una pieza fiable.

Pequeñas lesiones, molestias, ausencias, minutos que se evaporan. Un desgaste silencioso.

La narrativa fácil diría que su etapa en el City se resume en seis meses brillantes durante el triplete rodeados de poco más. No es del todo cierto. Incluso en sus dos últimas temporadas, el equipo solía funcionar mejor cuando Grealish estaba en forma y disponible. El problema era precisamente lograr eso.

En el tramo medio de la campaña 2023-24, con la plantilla golpeada por las lesiones, ayudó a sostener la carrera hacia el histórico cuarto título consecutivo de Premier League y fue clave en la conquista del Mundial de Clubes. Pero se fue apagando. Desapareció de las convocatorias en el tramo final, no entró en la lista de la final de FA Cup perdida ante el Manchester United y se quedó fuera de la Euro 2024 con Inglaterra.

El punto más cruel llegó en febrero de 2025. Guardiola no lo había alineado de inicio en ningún partido de Premier en todo el año natural, pero decidió apostar por él en la banda ante el Real Madrid, un viejo conocido en Champions. Grealish respondió con una actuación magnífica, incluyendo el pase que originó el gol de Erling Haaland. Y, a los 30 minutos, se lesionó. El City perdió 3-2. Solo fue titular una vez más en liga, en una alineación plagada de rotaciones ante un Leicester condenado al descenso.

Un miembro del entorno del club lo resumió así para The Sporting News aquel verano: los problemas de Grealish no eran técnicos ni tácticos, ni tenían que ver con la confianza de Guardiola. Eran “de otra naturaleza”. Y sí, era “una lástima”.

Imágenes incómodas y dudas internas

Hubo más señales. En abril, los fotógrafos captaron a Grealish dormido en un bar de una azotea de Manchester. En ese momento se recuperaba de la lesión en el pie que había frenado una primera temporada prometedora con el Everton en 2025/26.

Dentro del club, la discusión fue intensa. No todos los dirigentes veían con buenos ojos repetir la cesión para un segundo año, pese a que la marcha de Iliman Ndiaye al City abría un hueco evidente para su regreso a Merseyside.

En Manchester, el relevo de Guardiola, Enzo Maresca, se deshizo en elogios hacia él en su primera comparecencia como técnico del City: habló de un futbolista con “un gran corazón” y “muy buena persona”. Le dio minutos en la Community Shield ante el Arsenal y en el triunfo liguero frente al Bournemouth en agosto. Grealish respondió destacando el cariño que sentía por Maresca, antiguo asistente en la temporada del triplete. Pero la reconciliación plena nunca estuvo realmente sobre la mesa.

El recuerdo de lo que fue

Fuera del día a día de club, muchos compañeros siguen viendo en él algo único. Declan Rice lo expresó con crudeza en octubre de 2024, después de que ambos marcasen en el 3-1 de Inglaterra ante Finlandia en la Nations League.

“¿Sabéis lo bueno que es Jack?”, lanzó Rice, ya entonces pieza capital del Arsenal campeón de la Premier y nominado al Balón de Oro. “Lo ves en los entrenamientos y en los partidos y tiene algo realmente especial. La forma en que recibe bajo presión, cómo toca y te quita presión como equipo es increíble. Cuando tenemos a un Jack Grealish feliz, sonriente y jugando bien, es un impulso enorme para Inglaterra”.

Desde entonces, Rice se ha afianzado en la cima. Grealish no ha vuelto a vestir la camiseta de la selección.

Hoy, esa versión “feliz, sonriente y jugando bien” parece un recuerdo lejano, casi borroso. La pregunta que planteó Rice se ha dado la vuelta: ¿sabe Grealish realmente lo bueno que es… y lo respeta?

En el City, al principio, se le vio algo abrumado compartiendo vestuario con figuras como Kevin De Bruyne. Ahora parece atrapado en un bucle de mala suerte y autoboicot. Directores deportivos, entrenadores, compañeros: muchos, en momentos distintos y con reservas distintas, han decidido darle otra oportunidad.

¿Última llamada?

Ahora mismo, la sensación es otra. Da la impresión de que Grealish necesita toda la ayuda posible para llegar a un punto básico: convencerse de que merece la pena el esfuerzo, de que el talento que asombró a la Premier y sostuvo al City del triplete no está condenado a ser solo un destello fugaz en los vídeos de recuerdo.

Porque el fútbol ya ha demostrado de lo que es capaz. La cuestión, a estas alturas, es si él está dispuesto a demostrarlo de nuevo. Y si el próximo club que apueste por Jack Grealish será el que vea al genio… o al problema.