Kim Birrell rompe su maldición en el US Open
Kim Birrell amaneció en Nueva York con una sola idea en la cabeza: no podía volver a irse del US Open en primera ronda. No otra vez. No después de tres estrenos fallidos seguidos en Flushing Meadows y de una noche cortada por la lluvia, los nervios y un punto de partido en contra flotando en la memoria.
Volvió a la pista 7 tras una espera de 14 horas y convirtió el agobio en carácter. La australiana remontó a la croata Petra Marcinko por 3-6, 7-6 (7-4), 6-3 y firmó, por fin, su primera victoria en el cuadro principal del US Open, en su cuarta participación.
No fue un giro suave. El domingo por la noche, antes de que la lluvia lo interrumpiera todo, Birrell ya estaba al borde del abismo: set abajo, contra las cuerdas en el segundo parcial y defendiendo un punto de partido en el duodécimo juego. Lo salvó. Pero ni siquiera eso le garantizaba nada. Entró al tie-break todavía por detrás, con un mini break en contra, y allí empezó a cambiar la historia.
La presión, esta vez, no la aplastó. La alimentó.
Desde ese desempate, Birrell empezó a desgastar a Marcinko, a estirarle cada intercambio, a obligarla a pegar un golpe más. La croata, que ya la había derrotado con claridad en hierba en Eastbourne hace apenas dos meses —entonces la australiana cayó en sets corridos—, vio cómo el guion se le escapaba de las manos. En su primer duelo del año, en Texas en febrero, Birrell había comenzado encajando un 6-0 antes de reaccionar y ganar. En Nueva York repitió el patrón esencial: aguantar el chaparrón y devolver el golpe cuando parecía demasiado tarde.
Con el segundo set en el bolsillo, la tercera manga se jugó a la medida de Birrell: largas secuencias, cabeza fría y un tenis sólido, sin estridencias pero sin concesiones. Cerró el 6-3 definitivo con la sensación de haberse quitado un peso de encima que llevaba tres años acumulándose en este mismo torneo.
El premio no es menor. La espera le entrega ahora un cruce de alto calibre: se medirá a la rusa Ekaterina Alexandrova, número 19 del mundo, en segunda ronda. Pase lo que pase, Birrell ya tiene asegurado un cheque de 190.000 dólares estadounidenses, una cifra que puede crecer todavía más si logra otro golpe el miércoles (jueves en horario AEST).
Australia, entre la alegría y el golpe
Mientras Birrell se ganaba su sitio, Aleksandar Vukic no pudo completar su propia remontada en un duelo igualmente marcado por el clima. Su partido ante el japonés Rei Sakamoto también se reanudó tras la interrupción por lluvia, pero el desenlace fue muy distinto.
Sakamoto había retomado el quinto set con un break de ventaja y no dejó escapar la oportunidad. Encadenó seis puntos seguidos con su servicio, sin ceder ninguno, y cerró una batalla de cinco mangas por 6-4, 6-7 (5-7), 6-4, 3-6, 6-4. Vukic se quedó a un paso de la remontada completa; Sakamoto, en cambio, aprovechó cada centímetro del margen que le había dado la noche anterior.
La jornada, sin embargo, apenas empieza para la legión australiana en Nueva York.
Alexei Popyrin, Rinky Hijikata, James Duckworth y Maya Joint saltarán a la pista en el segundo día de competición en busca del mismo objetivo que ya ha alcanzado Birrell: un billete a la segunda ronda.
El camino no será amable. Popyrin se mide a un nombre ilustre, Grigor Dimitrov, antiguo semifinalista del torneo que esta vez ha tenido que pasar por la fase previa tras un periodo marcado por las lesiones. Hijikata, por su parte, se enfrenta a un muro: el tercer cabeza de serie, Felix Auger-Aliassime.
Duckworth tendrá enfrente al italiano Matteo Arnaldi, mientras que Joint se cruza con una rival señalada como aspirante seria a hacer ruido en el cuadro, la poderosa Liudmila Samsonova.
Y aún falta por entrar en escena la gran referencia australiana del momento. El número siete del mundo, Alex de Minaur, abrirá su campaña el martes (miércoles AEST) ante el italiano Andrea Guerrieri, procedente de la fase previa. Llega como candidato, llega como bandera y llega sabiendo que, en estas pistas, un mal día borra meses de trabajo.
Birrell ya ha demostrado que una noche larga, un punto de partido en contra y un historial lleno de tropiezos no dictan el futuro. Ahora la pregunta es cuántos australianos seguirán su ejemplo cuando la lluvia, la presión y Nueva York empiecen a apretar de verdad.




